hi

Vamos a la tiendita

Fabián medía 1.50 metros, tenía el cabello largo y esponjado, no era precisamente caucásico y siempre vestía pantalones de mezclilla entubados, tenis de marca apócrifa y camisetas con el logo de algún grupo de heavy metal. Pero Fabián tenía algunas ventajas: sabía hablar inglés, francés e italiano, era el personaje más agradable de toda la tienda de discos en la que trabajábamos y, sobre todo, sabía de música. Ergo, él se ligaba a todas las extranjeras que acudían a Zorba Zona Rosa en busca de discos y salían con algo más.

 

Con la muerte de los vinilos, los cassettes y ahora los CD se mienta la nostalgia por el sonido, el arte, el aroma del celofán, la portabilidad (era más difícil perder 100 cassettes que una USB), la capacidad de hacer mezclas personalizadas, etcétera, pero pocas veces se hace referencia a la experiencia de ir a la tienda de discos.

 

 

Llámese Aquarius, La Manzana Verde (en Guadalajara), Discos Zorba, El Gran Disco, HIP 70, Yoko, Tower Records, etcétera, para quienes preferían gastar su dinero en música y no en una novia remolona que no entendía el vicio, las tiendas de discos eran como un segundo hogar y se trataba, si venías de buena cuna, de una costumbre tradicional y heredada.

 

Si no menciono aquella tienda que tiene cierto parentesco nominal con el disco Mixed up de The Cure es porque la experiencia resulta poco gratificante ante la carencia de especialización de los dependientes. Trabajar en esa tienda es algo tan cercano a trabajar en un McDonalds.

 

Es cierto que al viejo coleccionista de música le gustaba desplazarse solo y con tranquilidad entre los anaqueles, nunca estaba de más una ayudadita proveída por ese vendedor que pastoreaba al cliente a discreción. Entonces cada vendedor poseía al menos conocimientos generales de música, o bien era versado en géneros específicos, una habilidad que le permitía abordar al cliente en tres fases: ponerse a sus órdenes y alejarse; buscar algún ejemplar solicitado; ofrecer algo más caro y por ende con mayor calidad. En la tercera fase se activaba la trampa.

 

Cuando era vendedor en Zorba Zona Rosa (1994), por puro gusto personal se me ocurrió solicitar una colección variada de discos de cyberpunk –o como lo llamaban antes “rock industrial” (¡háganme el favor!)–; el gerente me hizo prometer que los vendería todos. No fue tan difícil cuando cayó el primer industrioso despistado con ropas negras y cartera abultada que pidió algo de Information Society y, activando la trampa, le ensarté dos de Skinny Puppy y uno de Einstürzende Neubauten. La fórmula era dejar que el cliente traveseara y olisqueara por ahí para después, ante la primera mirada de desconcierto, caerle con las garras en ristre.

 

Cada vez que llegaba material extraño, limitado y morbosamente atractivo para el conocedor se ocultaba de la mirada del cliente y, llegado el momento de la seducción, se ofrecía como espejos a los Aztecas. Era, como bien dijo Cerati, un juego de seducción.

 

Dicha habilidad humana fue copiada casi a la perfección por los programadores de las tiendas virtuales cuando se permite escuchar unos minutos del track y, como añadido, se sugieren grupos similares para ir poniendo en contexto al cliente. No obstante, esa relación cliente-vendedor tenía el plus de la familiaridad porque te convertías en un dealer, en el Dr. Feelgood del yonqui musical y, en todo caso, en una especie de cómplice de sangre, un mercenario capaz de convencer al gerente de encontrar una grabación de los Beatles en vivo versionando a los Stones (por señalar alguna exageración).

 

 

Los viejos DJs, aquéllos que despuntaron su arte en los primeros años de la octava década, podrán confirmar que Zorba Zona Rosa era su mejor punto de encuentro porque la tienda contaba con una cabina especializada en vinilos y remixes que podían ser escuchados al momento incentivando su gusto y sus ganas.

 

Pero más allá de eso, las tiendas de discos no tenían que parecer el área aséptica y colorida de los perfumes en Sears sino un lugar semejante a tu propia casa, un sitio de poder y relajación en donde podías sentirte a gusto y en confianza para elegir algo que engrosara tu colección musical.

 

Las buenas tiendas de discos, como podemos ver en películas clásicas como Pretty in Pink, High Fidelity o Empire Records eran sitios gemelos de la habitación de cualquier adolescente con posters, dibujos, bocinas, una tornamesa, una pletina para cassettes, una cama (por si las dudas) y con la privacidad necesaria para despedazarse las neuronas escuchando a volumen bestial el Lick it up! de Kiss.

 

Aquello para el cliente, porque el vendedor era el verdadero monarca, el hombre poderoso dentro de su reino. El vendedor especializado rompía el paradigma de “el cliente tiene la razón” y presionaba hasta conseguir dos metas: vender más de lo normal y hacer una especie de servicio a la comunidad compartiendo algo poco elemental pero que enriquece el alma. Así, el cliente imbuido por El Circo de Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio terminaba llevándose un disco de Madness o de The Specials; o el afanoso de Bob Marley acababa adquiriendo algo de The Fugees. Y, en casos como el del buen Fabián, el vendedor pegaba un batazo de cuatro esquinas porque también se llevaba a la clienta extranjera a dar una vuelta por Reforma con promesa de desayuno interracial mientras le adobaba el momento contándole alguna anécdota de Café Tacvba en LUCC.

 

¡Ésa era la magia de las tiendas de discos!

 

Así, finalmente, ¿cuál fue su sitio en esa especie de cadena alimenticia?, pero, sobre todo, ¿cuál era su tienda favorita?

-->