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2016: El año que heredamos a Roger Waters

La calma de la oficina donde reposo mis huesos editando una revista de salud en la colonia Roma se vio perturbada por el ansia desbocada de una millennial que iba de escritorio en escritorio con una petición extraña para quien no está familiarizado con ese tipo de urgencias. Sus ojos temblorosos e inyectados casaban perfectamente con el tono de ruego con el que pedía prestada una tarjeta de crédito.

 

-¿Tendrá algún problema? –preguntó alguien con preocupación.
-Oh, sí –dije regresando mis ojos al haz azuloso de la pantalla sin mostrar sorpresa–, uno verdaderamente importante.
-¿Algún pariente enfermo?
-No, algo peor –alcé la vista y me despojé de las gafas con la teatralidad del psiquiatra–. Hoy comienza la preventa para el concierto de Roger Waters. 

 

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Con los momios en contra, aquella atractiva millennial experimentó un viaje relámpago del drama a la esperanza tras saber que los boletos se habían agotado pero que se abría una nueva fecha para la recién nacida Ciudad de México.

 

Todo el día y en todas partes escuché hablar de Roger Waters. Algún amigo me preguntó vía inbox si pensaba ir. Para no agobiarlo con la letanía del cuarentón que reza “acabo de pagar la inscripción de mi hijo”, le dije que iba a pensármelo. Ya he visto a Waters y a Pink Floyd, aunque en décadas diferentes, así que fusionarlos en el recuerdo no me resulta difícil. Recién el año pasado escribí un artículo para la revista Black sobre el aniversario 50 de Pink Floyd y sus distintos rostros, así que mi dosis de esa suerte de mastodonte de acero inoxidable se había cubierto sin remordimientos. No ver a Waters puede ser doloroso pero hasta para eso hay anestesia.

No obstante, lo que llamó mi atención fue advertir que quienes secuestraban la música y la promesa inminente del nacido en Surrey eran chicos cuyas edades iban de los 22 a los 28 años; jóvenes rumiando la herencia paternal y, quizás, amasando la posibilidad de comprar entradas extra para sus progenitores.

 

Lo que no resultó extraño fue la cantidad de pifias con que los millennials aderezaban sus argumentos: “es el bajista de Pink Floyd”, “fue el cerebro seminal del grupo”, “¿cuántas cuerdas tiene un bajo?”. Entonces pensé que quizás a esta nueva avanzada juvenil le falta rascar un poco en la historia de la banda. Waters YA NO ES el bajista de Pink Floyd, el líder primigenio fue Syd Barret antes de ganarse una membresía en el psiquiátrico a causa de un torzón mental que dejó su cerebro hecho un guiñapo, y hay bajos de seis, cinco y cuatro cuerdas.

 

Lo extraño fue advertir que mis colegas de generación, en una postura casi budista por no decir comatosa, estaban más interesados en el draft del futbol nacional que en la visita de Mr. Waters. ¿Estaremos perdiendo gas? ¿Qué jugadores de Pumas estarán a la venta?

Y yo que creía que la música de Pink Floyd ya no tenía mucho que decir a estas nuevas generaciones acostumbradas a las noticias veloces y cuyo umbral de sorpresa es reducido.

 

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Acostumbrado a renegar de quienes con desconocimiento se suben a las noticias frescas en redes sociales, cuando murió David Bowie el 10 de enero de este año tiré de la rienda y sentencié que quienes no tenían idea de quién fue sí tenían el derecho de conocerlo y dejarse llevar por su magia. Lo mismo sucede con Roger Waters.

En una época en la que el facilismo musical puede afectar el apetito de los oídos vírgenes es necesario que abramos paso a la curiosidad porque, quizás, aquel viejo bajista al que el tiempo parece darle tregua necesita cómplices menos acostumbrados a su tótem para catar una de las muchas aristas seminales de las que surge la tonada que escuchan ahora. A nadie se le niega un trago de champaña.

 

Bienvenidos sean pues Roger Waters y su cerdo, y bienvenidos sus nuevos asociados.

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