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‘Llámame por tu nombre’: una oda a la vida con sabor a nostalgia

‘Llámame por tu nombre’ sin duda se inscribirá en la lista de las obligadas del cine con temática gay; sin embargo, para hablar de uno de los temas más impactantes de la película, poco importa que los protagonistas del romance sean dos hombres. Se trata de una película coming-of-age con una historia de amor universal, que invita a darle una lectura, más que de género, de época, enfocándonos en la experiencia humana.

Es el verano de 1983. Los Perlman y su único hijo, Elio (un chico de 17 años, a quien es imposible no relacionar con el Tadzio de ‘Muerte en Venecia’), están de vacaciones en su idílica propiedad en el norte de Italia. Como cada año, recibirán a un estudiante de arqueología para que ayude al señor Perlman en su investigación. En esta ocasión “el usurpador” —como lo llama Elio— resulta ser Oliver, un bronceado y hercúleo estadounidense, parecido a las bellas estatuas de la Grecia clásica que tanto admiran ambos arqueólogos. El universitario pronto comienza a generar en el adolescente una atracción acompañada del característico rechazo provocado por la confusión.

En el somnoliento transcurrir de los paseos en bici, las comidas al aire libre, los bailes nocturnos, los chapuzones y las horas y horas en los prados, Elio y Oliver se aproximan y se evitan. Lentamente, sin prisa, Luca Guadagnino (el director) nos va integrando en el ambiente veraniego, nos va seduciendo, cautivando cada uno de nuestros sentidos con colores, sabores, sonidos, texturas y olores. Son los 80: nadie mueve el pulgar o el índice revisando el timeline, ningún celular interrumpe una conversación, ningún WhatsApp impide que dos miradas cargadas de significado se encuentren. Sólo hay música, libros, sol, árboles, albercas, frutas.

Los días se alargan entre diversión y aburrimiento, placer y sopor, frescura y sudor, pero hay algo que va aumentando en contrapunto: el deseo de Elio. Su inquietud, su confusión, su deseo, contagian al ya embriagado espectador, quien también ansía que se consume el anhelado romance.

Una vez que obtiene lo deseado, Elio comienza a temer perderlo. La languidez del verano que al principio transcurría en momentos interminables, ahora avanza angustiosa hacia un final temido, pero inminente: la separación, que llega rápida y brutal. Oliver debe volver a su vida en América. El verano terminó.

Later”, solía decir Oliver cada vez que salía de la casa, lo que causaba gracia a la políglota familia, excepto a Elio, a quien, sin saber por qué, le incomodaba la expresión como si intuyera una promesa en el aire, una promesa que al final se esfumará, dejándolo con la marca indeleble de una experiencia humana, algo cada vez más raro en la época de las relaciones higiénicas, en la que los amigovios, los amigos con derechos y toda la parafernalia de opciones para “no involucrar sentimientos” y tener relaciones “más sanas”, “más prácticas” y “menos peligrosas” nos alejan cada vez más de aquel libre fluir de la vida en el que no existía la obsesión por no involucrarse ni por salir ileso.

Esas lesiones son una de las tantas cosas que nos hacían humanos y que hoy tratamos de eliminar, negándolas. Cada quien llevaba sus cicatrices y sus gratos recuerdos, y eso lo hacía único, le otorgaba su individualidad, su historia, lo definía. El deseo (sexual y no sexual) es una expresión del ser mismo, y como afirma Guadagnino, “te hace entender quién eres y te permite cambiar y transformarte en una nueva persona, en una mejor”.

El miedo a vivir nos hace hoy en día relacionarnos tras la protección de una pantalla, tras la aparente seguridad de frases como “sólo diversión”, “nada serio”, “sin sentimientos de por medio”. Para protegernos, amputamos sin miramientos parte de nuestra humanidad, no nos permitimos sentir para no sufrir y así nos creemos invulnerables, nos creemos entes sólo capaces de disfrutar y divertirse. Estupendo espejismo, pero no deja de ser ilusión. ¿Qué ocurre en nuestro interior en realidad? Como sabiamente dice el papá de Elio en su discurso final: “llegamos en bancarrota a los 30 y tenemos ya muy poco que ofrecer”, porque matamos el dolor, y junto con él se mata la dicha.

Quizá si alguna vez, durante un verano, soltamos el celular y levantamos la vista, el sol, los colores, los sonidos, una mirada o una sonrisa nos recuerden que vale la pena rasparse, que vale la pena vivir.

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