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Black Mirror: Bienvenidos a la involución social

¿Recuerdan aquella escena en The Truman Show’ (1998, Dir: Peter Weir) en la que Truman Burbank (Jim Carrey) se queda observando al espejo de su baño y a su vez a los productores del reality? Si no es así, pueden recordar que hace unos años el modelo de Big Brother era de los programas más rentables dentro de la televisión, tanto que ciertas compañías de televisión por cable ofrecían costosos paquetes para ver dicho show las veinticuatro horas del día. ¿Qué era tan excitante en ese momento y que ahora simplemente ya no funciona? ¿Habrá sido admiración hacia dichos personajes o simplemente que a contraste con sus vidas, las nuestras podrían parecer aburridas? ¿Alguna vez sintieron culpa de invertir tanto tiempo en alguien que no conocían, como los productores de ‘The Truman Show’, en vez de invertirlo en ustedes?

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Hoy en día tenemos la certeza de que lo atractivo de los reality shows es la cercanía. El creer conocer a alguien es un vicio satisfactorio para nosotros, que nos ciega y que no nos hace ver lo terrible que es espiar a otra persona. Para colmo, hemos usado los avances tecnológicos y las redes sociales para reducir cada vez más la proximidad que ahora no son tipos random elegidos por un productor, sino tu vecino, tu compañera de trabajo o tus propios hijos. En este momento ‘The Truman Show’ podría ser considerada una simple parodia de nuestra situación actual.

Son estas perversiones las que alimentan al escritor y productor Charlie Brooker desde 2011 para traernos ‘Black Mirror’, una antología que muestra el reflejo de una sociedad cuando la pantalla del computador o de cualquier equipo de comunicación se apaga. El creador de la serie de culto se define a sí mismo como un misántropo, por lo que no es raro ver que en el programa se presente una conclusión tan fatídica de la humanidad y su obsesión con los gadgets por hacer nuestras vidas más fáciles, como si se comenzaran a ver los desperfectos de esta cuarta Revolución Industrial.

A primera vista cada capítulo deja un vacío interno tremendo, todo gracias a su simple estructura: semblanza del personaje, la tecnología como factor de empatía entre el protagonista y el espectador, y giro tras giro argumental. Sin embargo, nos deja esa falsa sensación de que hemos sido adoctrinados como si fuera un curso de seguridad online y que con ponerle una cinta adhesiva a nuestra webcam o evitar stalkear a alguien hemos superado todo.

Pero entre tercera y cuarta temporada han sucedido eventos tan escabrosos que nos deberíamos preguntar si realmente le hemos aprendido algo a la serie. Por ejemplo, el desprestigio que han sufrido servicios como Uber y Cabify por la ola de secuestros que han surgido a través del uso de la aplicación a tal grado que Uber ha tomado la mala decisión de poner dentro de sus términos y condiciones que no se hará cargo de la seguridad del cliente.

China está en plena experimentación de un nuevo sistema de crédito social, cuya base es una aplicación que determina tu raiting como ciudadano. A partir de 2020, China vivirá en Nosedive, el primer episodio de la tercera temporada: la aplicación será un referente del modo de pago que tenga el usuario en el sistema de crédito, además de dar una visión general de la ética de la persona ante la sociedad. A su vez esto determinará las oportunidades de trabajo, escuela, préstamos, entre otros de las personas. Suena impactante pero esa clase de status cibernético han existido desde la invención del like en Facebook.

Hemos llegado a tanto que inclusive toda está involución tecnológica ha entrado en campos como la pornografía: un usuario de Reddit quien se autonombra “deepfakes” utilizó un algoritmo de intercambio de rostros para poner a celebridades como Gal Gadot y Emma Watson dentro de videos pornográficos. “No todos los héroes llevan capa” suelen escribir los internautas a este tipo de situaciones pero estamos a un paso de que el software sea una de las herramientas de chantaje y extorsión más grandes de la historia, hasta que alguien se aburra y vaya más allá.

Inclusive los usuarios menos experimentados tenemos la capacidad de abrir una cuenta en change.org, comenzar una petición absurda con la finalidad de que despidan a alguien de un medio de comunicación o de un cargo público porque simplemente no nos gusta su opinión. Estamos en un proceso de volvernos impersonales, en donde todos seamos esa foto de Instagram donde sonreímos, en donde todos usamos el filtro para ser iguales.

Hay que entender que ‘Black Mirror’ no presenta a un protagonista que sufre las consecuencias de la tiranía de la tecnología sino que presenta a personas como nosotros, que simplemente no saben cómo usarla y que las enfrascamos sólo para situaciones inútiles, perjudiciales. El reflejo del “espejo negro” comienza desde el primer segundo del programa y cuando realmente se presenta, con los créditos estorbando, termina siendo un grito satírico anunciando que todos ya somos parte de eso.

‘Black Mirror’ da un efecto de clarividencia: vivimos en un mundo donde una sociedad perfeccionista intenta eliminar imperfecciones, como en ‘Oso blanco’ (segunda temporada); donde cualquiera siente que puede gobernar una entidad, un estado o una nación, como ‘En el Momento de Waldo’ (segunda temporada); donde las relaciones sentimentales se dan a través de aplicaciones, como en ‘Hang the DJ’ (cuarta temporada)… pero realmente sólo es una réplica a la banalidad de la nueva interacción social.

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