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Para tener una máquina del tiempo necesitas ser muy rico

Los clientes de Steve Varsano solían estar en sus setentas. Ahora, es más probable que tengan menos de 40. El hombre que vende a los millonarios el último símbolo de estatus le cuenta a Ben Machell, del Sunday Times, sobre su nuevos, jóvenes clientes, y cómo su primer trato terminó con él teniendo una pistola apuntada a la cabeza.

Imagina por un momento que eres rico. Realmente rico. Quieres comprar un jet. Un gran jet. Un jet que te puede llevar a ti y a tu séquito a donde desees con estilo y confort, cortando en el aire como una flecha, el apenas audible murmuro del motor zumbando debajo del tintineo y la efervescencia de los vasos de champaña siendo rellenados a 40 mil pies de altura.

Tienes un presupuesto – £30 millones, £40 millones, £50 millones – y solo para reiterar, realmente quieres el jet. Claro que lo quieres. Si hay algo que te puedo decir de los jets, es que una vez que empiezas a imaginar cómo sería tener uno –esperándote en la pista, brillando bajo el sol, recién cargado y totalmente a tu disposición– no pasa mucho para que la idea comience a atormentarte. Yo no puedo costear un jet, sin embargo, toda la última semana mis pensamientos continúan regresando a la posibilidad, y he estado repitiendo los nombre de fabricantes y modelos en mi cabeza como una letanía: un Falcon 7X. Un Gulfstream G650. Un Challenger 850. Un Global 6000. Y continúo. Y así sigo. ¿Pero tú? Tú puedes comprar un jet. Y quieres uno. ¿Entonces, a dónde vas? Esa es una pregunta capciosa. Porque mientras que hay muchos agentes y vendedores a los que puedes llamar y hablar sobre convertir tus sueños en realidad, solo hay un lugar en el mundo donde puedes simplemente entrar de la calle.

Se llama Jet Business, y está en Park Lane en Londres, al lado del Hilton, frente a Hyde Park. Es difícil que pase desapercibido. Ahí está mostrado en el largo y elevado aparador, una gran sección de un fuselaje de Airbus A319. Literalmente, una rebanada de un jet de lujo, para que cualquiera que pase por ahí lo vea. Si estiras tu cuello, puedes ver un poco del interior del avión, que bañado de una suave luz, emana un callado y seguro RITZ: cómodos sillones de piel crema, alfombrado gris aterciopelado, toques art decó en negro y gris. Hay un gabinete de bebidas con una cubierta de vidrio. Un set de backgammon en una mesa de centro pequeña. Una pesada silla giratoria color crema, como algo del centro de comando de la Empresa Starship. Los individuos súper ricos que se pasean de arriba a abajo en Park Lane en sus Bentleys o Ferraris pasan frente a este aparador día tras día. Y finalmente, quizás después de una semana, o un mes, o un año, se quiebran. Y se orillan. Y entran. Porque quieren comprar un jet.

Serán recibidos por Steve Varsano, un hombre alto de 61 años de Nueva Jersey. Él ha estado vendiendo jets durante casi 40 años. En ese tiempo, él calcula que ha movido al menos 300 aeronaves, que representan como cuatro mil millones de dólares en ventas, aunque él dice que ambas de estas figuras son estimados conservadores. “Dejas de contar después de un rato”, dice, casi un poco avergonzado.

Varsano tiene una voz rica y sonora, un notorio bronceado y rasgos fuertes, sin dejar atrás su atractiva nariz. Viste un traje a rayas de Ozwald Boateng azul marino y zapatos cafés. Podría ser un senador romano o una estrella de baseball retirada o un cantante de jazz de Rat Pack (comparación que le hacen seguido). De hecho, cuando tenía 24, o quizás 25, le vendió a Frank Sinatra un Learjet, experiencia que fue “más que surreal, como un sueño”. Alrededor de este tiempo, Varsano produjo muchas playeras con el eslogan “Happy Holidays, Happy New Year, stop apologizing for your success, buy a jet!”. (“¡Felices fiestas, feliz año nuevo, deja de disculparte por tu éxito, compra un jet!”) Él se las repartía a amigos y clientes. “Aún tengo algunas en mi oficina”, dice. “sería un placer darte una”.

La cumbre de la vida profesional de Varsano ha sido pasada entre la esfera más alta del estrato de los súper, súper, súper-ricos. Nadie conoce la industria de aviación privada –y a los clientes que le dan vida– mejor que él.

Durante nuestro tiempo juntos, su teléfono apenas dejaba de vibrar. “Las personas siempre me están mandando emails, y whatsapps”, dice. “Siempre estoy al teléfono porque la gente exitosa y poderosa, quiere respuestas instantáneas. Y si no las obtienen, buscan a alguien que sí se las pueda dar. No quieres perder ese momento de oportunidad”.

Nos sentamos juntos dentro de la rebanada del Airbus A319. Varsano toma la silla giratoria de Star Trek, yo tomo un sofá. Un asistente trae charolas con aperitivos y bebidas. Por la ventana, alcanzo a ver un Lamborghini verde pasando por el tráfico. El trabajo de Varsano esencialmente es aquel de un agente. Él mantiene el registro de todos los jets privados y comerciales que salen al mercado –solo hay alrededor de siete mil jets de genuino lujo– y registros de los individuos y organizaciones que son propietarios.

Cuando alguien quiere comprar o vender un avión, Varsano llama a sus contactos. Esto es lo que la mayoría de los vendedores de jets hacen. Pero, a diferencia de muchos agentes, a diferencia de cualquier agente, él tiene un recinto físico donde los clientes pueden acudir. Hay pocos lugares en el mundo donde atrayendo clientes que pasan pueda llevar a la compra de un bien de 50 millones de libras. Pero Park Lane es una de ellas. “Es por eso que estamos aquí”, dice Varsano. “Queremos que la gente entre”. ¿Qué, y que solo compre un avión? “Bueno, nadie solo entra y dice, ‘Quiero comprar un avión. ¿Qué tiene? Me lo llevo ahora’”, dice. “El principio detrás de este concepto es llegar cara a cara con más gente que si solo tuviéramos un bloque de oficinas. Aquí conocemos gente que jamás conoceríamos. La gente no sabe que existimos”.

En el avión, el hombre sostuvo una pistola en la cabeza de Varzano y dijo, “No, iremos a Venezuela’”

Desde que abrieron Jet Business en Park Lane hace cuatro años, casi 120 multimillonarios –no millonarios, sino genuinos multimillonarios– han pasado por estas puertas para discutir sus necesidades aeronáuticas. El “showroom” de Varsano es una pared gigante de pantallas de alta definición. En esta pared, él puede proyectar un plan a escala de casi cualquier jet en el mercado, para que clientes potenciales puedan ver cuánto espacio podrán obtener a cambio de su dinero. También puede proyectar secciones transversales de los jets, y alienta a sus clientes a acercarse a la pantalla para ver cuánta altura les daría.

Después, con el simple uso de un botón, hará que aparezca un mapa gigante del mundo para que los clientes puedan comparar los diferentes jets. Tal vez tienen que ir de Londres a Nueva York sin parar una vez a la semana. ¿Pero qué si también quieren la opción de ocasionalmente ir a pasar el rato en Abu Dhabi? ¿Cuáles son tus opciones entonces? ¿Y después qué hay de los costos operativos? Algunos jets necesitan de un millón de libras al año para funcionar. ¿Quieres ese ajetreo?

¿O quieres algo un poco más económico? Estas son las preguntas que Varsano, sentado a tu lado, viendo la pantalla, te invita a considerar. Durante 15 minutos, pretendemos que tengo 30 millones de libras para gastar, y agonizo genuinamente. Le digo que quiero poder llevar a mi familia a América para visitar a mi hermana que vive en Washington DC. Creo que quiero un Gulfstream G450. Varsano gentilmente denota su costo anual de 1.7 millones de libras. “Estás obteniendo un gran avión, ¿pero realmente lo necesitas? Puede ser demasiado”, dice. Me muerdo los dedos. Al final, me decido por un Falcon 7X, que es ligeramente más pequeño pero más económico al usar y tiene un rango más largo. Vemos que estás disponible y encontramos un modelo relativamente económico a la venta por 22 millones. Estoy feliz con ello, y Varsano está feliz de que yo esté feliz. “Puedes volar eso directamente del aeropuerto de la ciudad de Londres a Washington DC. ¿Ves? Estás listo”.

Pero antes que cualquier cliente potencial llegue a este paso, antes de entrar hay un tiempo de espera de alrededor de dos minutos en un área de recepción separada. Durante este tiempo, uno de los empleados de Varsano hace un rápido chequeo de fondo, aunque sea solo googlear sus nombres. “Si busca comprar un avión, habrá algo sobre él”, dice Varsano. “Intentamos aprender un poco sobre ellos para que no estemos ciegos”.

¿Alguna vez tiene gente que pierde su tiempo, personas que claramente no pueden pagar, por ejemplo, 40 millones para comprar un Gulfstream G650 de tres años, que puede llevar ocho pasajeros con siete mil millas náuticas a una velocidad de Mach 0.85? “Sucede rara vez, pero sí sucede”, dice Varsano, mostrando una blanca pero simpática sonrisa. “Ocasionalmente, si llegamos a tener a alguien que es un… un buen soñador. Pero no toma demasiado darse cuenta que no son capaces de hacerlo. Pero eso está bien. Es parte de la realidad de tener algo así”. En otras palabras, cuando vendes un sueño, es posible atraer soñadores. “Prefiero tener unas cuantas personas soñadoras entrando que no tener a nadie entrando”.

Varsano creció en la clase trabajadora de Nueva Jersey. “Crecí en un vecindario bastante rudo”, dice. “No era Mayfair”. Mi madre crió a cuatro hijos sola, siempre trabajando al menos dos turnos. Y desde una edad muy corta, Varsano le ayudaba. “Cuando tenía siete años, trapeaba el piso de un salón de belleza donde ella trabajaba”, recuerda. “Cada que podía salir y hacer un ingreso extra, lo hacía. Hacía malteadas en cafés. Repartía periódicos. Lo que fuera”.

Cuando Varsano tenía 14, fue invitado a dar un paseo en avión. El hermano de su amigo estaba teniendo una clase de vuelo en un aeródromo local, y habían dos asientos extras. “Entonces estaba sentado en la parte trasera de este pequeño avión para cuatro personas, despegamos y solo nos elevamos”, dice, imitando un enchufe atorado a la base de su columna, ojos abriéndose. “Desató algo en mi cuerpo. Eres tan libre cuando estás en un aeroplano. Como un pájaro. Tenía 14, estaba trapeando pisos y repartiendo periódicos, y aquí estoy en un avión. ¡Que lujo! Me sentí como el chico más rico del mundo, parte de la élite”.

Varsano comenzó a tomar trabajos extras para poder ahorrar y tomar lecciones de vuelo. En tres años, tenía licencia de piloto. Tomó “préstamos de estudiante hasta la cabeza” para poder ir a la Universidad Aeronáutica Embry-Riddle en Florida. Después de la graduación en 1978, comenzó como cabildero en Washington DC, trabajando para una organización de comercio que representaba pequeñas manufactureras de aeroplanos. “Era un gran trabajo pero pagaba muy poco”, dice.

Entonces él brillaba como portero en una disco local. Él se dio cuenta que uno de los hombres que asistía al antro usaba un pin de corbata en forma de un Learjet. “Entonces le pregunté qué hacía y me dijo que vendía aeroplanos. Solía mostrarme sus cheques de comisión. Después de unos meses pensé, de acuerdo, necesito descubrir donde trabaja. Suena como un trabajo divertido, vendiendo jets”.

Aunque nunca había vendido nada en su vida, Varsano convenció a la compañía de darle una oportunidad. “Fui a la entrevista con el mejor traje que pude encontrar, pero todos ahí estaban en shorts cortos, playeras, sandalias y barbas abultadas”, dice. “¿Vendes aviones?¿Cómo lo haces luciendo así? Y ellos me dijeron, ‘Nunca conocemos a nuestros clientes. Todo se hace por teléfono’”. Varsano luce horrorizado “Recuerdo haber pensado que ¿cómo era eso posible, cómo compras algo tan caro por teléfono?” Dice que ahí resolvió que siempre haría sus negocios cara a cara. Le tomó siete meses vender su primer jet, y tomó un segundo trabajo como mesero para pagar sus cuentas. “A las 4pm estaba intentando vender un aeroplano por 3 millones, y después a las 7pm alguien me está gritando porque no había rellenado su taza de café. Fue un periodo muy formativo”.

Hasta que finalmente logró vender un jet Westwind II a una compañía operando en Venezuela. Recuerda haber estado sentado en el jet con dos hombres representando la compañía mientras viajaban a Miami habiendo cerrado el trato en Carolina del Norte. “Me sentía como un rey”, dice Varsano, recostado, brillando. “Ahí estoy. Tengo 23. He vendido un aeroplano. Un jet. Increíble. Tengo mi traje puesto, estoy bebiendo whisky. Sentí que era un paso mayor en mi vida”.

Sólo entonces, los dos hombres representando la compañía venezolana, “que estaban sentados más cerca de mi de lo que tú estás ahora”, casualmente le informaron que querían discutir la comisión. Varsano estaba confundido. ¿La comisión? ¿Qué comisión? Ellos representaban al comprador. ¿Por qué necesitaban una comisión? Intentó explicar esto, pero ellos movieron la cabeza. Querían una parte de la comisión de Varsano. Y cuando se negó, ellos sugirieron, casualmente que todos fueran a Caracas para arreglar las cosas. “Yo dije, ‘No, ustedes están mal. Ésta transacción ya terminó. Ustedes son pagados por su jefe. Yo soy pagado por mi jefe. Cuando lleguemos a Miami, yo me voy a Washington DC y ustedes tomarán un avión a Venezuela’”.

Sus clientes solían estar en sus setentas; ahora son niños de 17 años que crearon aplicaciones.

Fue en este punto que uno de los hombres sacó de sus pantalones una pistola y apuntó a la cabeza de Varsano. “Él dijo, ‘No, Steve, vamos a ir a Venezuela y cuando nosotros tengamos nuestro dinero, tú te vas a casa. Y si no obtenemos nuestro dinero, nunca te irás a tu casa’”.

“Mi corazón fue de 35 mil pies al suelo. Fui de ser el rey del mundo a un pequeño ratón. Estaba temblando. No sabía qué hacer. ¿Qué se hace? Todo lo que pensaba era, voy a irme a Venezuela y me va a cortar en pedacitos y me mandará de regreso a mi madre en una caja”. Varsano estaba, en este punto, efectivamente secuestrado. La manera en la que lo describe, todo pudo haber sido escrito y dirigido por los hermanos Coen. Aterrizaron en Miami. No había ninguna seguridad en la terminal de los jets privados, entonces el hombre con la pistola lo llevó hasta una cabina de teléfonos para que llamara a su jefe y arreglara un pago para los dos venezolanos para que él no acabara desapareciendo en Caracas. Su secuestrador se distrajo por medio segundo y Varsano escapó. “Salté en un taxi y vi al hombre corriendo detrás de mí”, dice. “Pensé que me iba a comenzar a disparar”. Abordó su vuelo de vuelta a Washington DC, logrando su escape, y decidió dejar su trabajo inmediatamente. Se ríe, aún con nervios, del recuerdo. “¿Acaso de eso se trata este negocio? Olvídalo. No quiero nada que ver con el”. Pero no renunció. Decidió vender un jet más. Y después otro. Y después otro. Para el comienzo de los ochentas, ya no trabajaba como mesero. A mitad de los ochentas, manejaba un Ferrari con las placas “BUYAJET” (COMPRAUNJET) y aparecía en Cosmopolitan como el Soltero del mes, lo que él dice que fue vergonzoso. “Muy vergonzoso. Sólo salió. No podía detenerlo”.

Hoy Varsano vive en Londres y recientemente adquirió ciudadanía inglesa. Su novia, Lisa Tchenguiz, es hermana de los empresarios Robert y Vincent Tchenguiz, que valen 850 millones de libras. “Lisa es muy social, entonces salimos seis noches a la semana”, dice. “Eventos de caridad. Cenas. Bodas. Siempre hay algo”. Les gusta viajar, dice. Resulta que, él no tiene un jet. De hecho, frecuentemente recomienda a la gente no comprar uno. “Si no viajas más de 150-200 horas al año, realmente no deberías tener un avión”, dice, mirándome seriamente, como si yo estuviera en riesgo de cometer este error. “Deberías de simplemente rentar uno o volar de manera comercial o algo similar”.

Aunque el nacimiento de un jet privado en la industria se remonta a los principios de los sesentas, con la introducción de los primeros Learjets, fue en los ochentas que realmente tuvieron su auge. Fue un auge no provocado por las celebridades, sino por corporaciones.

Por primera vez, había un sentido financiero para que negocios operaran flotas de aeroplanos. Y Varsano remarca la utilidad del aeroplano que ayuda a las personas a adquirir. “Son herramientas corporativas muy importantes”, dice. “Elevan la eficiencia y la productividad de un ejecutivo corporativo”.

Si el tiempo es el único recurso que estas poderosas compañías no pueden controlar, entonces un jet privado es simplemente un medio para tener un poco de soporte. “Una máquina del tiempo, si me lo permiten”.

Esta es una buena línea, y él lo sabe. ¿Quién no quiere una máquina del tiempo? Varsano, creo, se preocupa de que el público general vea los jets como un lujo, una frivolidad, un juguete conspicuo. No ayuda que muchos de nosotros ahora estemos acostumbrados a ver celebridades publicando en Instagram fotos de ellos en aviones así, o escuchar a raperos decir “G6”, sobrenombre para el Gulfstream G650. En realidad, el costo es tan alto que la mayoría de los actores o estrellas de hip-hop no podrían tener uno. Definitivamente no uno de los lujosos en los que posan. “Recuerdo haber visto algo que decía, ‘Sabes que eres lo suficientemente rico cuando puedes volar en un jet privado y no publicar una foto de ello”, dice Varsano. “La mayoría de las personas que poseen un avión no publica fotos en las redes sociales”.

Para Varsano, el CEO que viaja en su propio jet no es parte de la élite de alguna torre marfil. En lugar de eso, son personas que necesitan las cosas hechas, volando por las noches para llegar a juntas a primera hora en la mañana, o cruzar continentes para mantener sus negocios funcionando, para fortalecer la economía, para mantener gente empleada.

Donald Trump, volando de reunión a reunión en su Boeing 757 de 100 millones de dólares, adoptó esta imagen para sí mismo durante la campaña presidencial de Estados Unidos y, seguido de su elección, se situó en ofrecer deducibles de impuestos a los dueños de jets.

Varsano admite que Trump ha sido bueno para el negocio, y no solo desde una perspectiva legislativa, sino también desde una perspectiva cultural más grande. Los jets, más que nunca, sintonizan esfuerzo y éxito. De nuevo, piensa en las campañas televisivas, donde su aterrizaje era anunciado por el rugido de los motores gemelos del jet Force One de Trump. Estas cosas tienen un efecto.

“Si estás esperando a que alguien llegue en un jet, estás pensando, wow, esta persona debe ser muy exitosa. Su tiempo debe ser muy importante para ellos para volar aquí, vernos, y después volar e irse a un lugar distinto. Entonces la gente los mira diferente. Los admiran más. Los clasifican como más exitosos. A las personas les gusta hacer negocios con gente exitosa”.

En el curso de su carrera, Varsano ha visto el perfil de sus clientes gradualmente cambiar. Es difícil pensar en alguien mejor situado para describir la naturaleza cambiante de los súper millonarios globales. En 1990, Varsano dice que 80 por ciento del mercado privado estaba en América, 19 por ciento estaba en Europa oeste y el resto del 1 por ciento estaba regada alrededor del mundo.

Hoy, el mercado es más grande y continúa creciendo: la compañía de jets privados de Reino Unido Colibri Aircraft recientemente reportó que 21 por ciento de los aeroplanos semi-usados que vendió en 2017 era a compradores por primera vez. Lo que es casi 59 por ciento más alto que el año pasado. El mercado también está mejor distribuido alrededor del mundo. Parte de la mentalidad detrás de abrir un showroom en Londres era que tenía que estar volando a demasiados lugares disparatados. “Nigeria, Ghana, China, Ucrania”, dice.

Admite que ha tenido que acostumbrarse a diferentes costumbres culturales. “Tienes que adaptarte a las costumbres, valores y valores éticos de diferentes personas”, dice, de lo que estoy seguro que es él siendo diplomático.

Y estos días, la edad promedio de sus clientes ha bajado. Hace veinte años, era usualmente un “empleado de una compañía de Fortune”, en la mitad de sus cincuenta o setentas. Ahora, gracias a Silicon Valley – “niños de 17 años crean apps que se convierten en negocios de billones de dólares”, más y más personas están comprando jets en sus treintas y cuarentas. De nuevo, Varsano se está adaptando a esto. En estos días sus clientes pueden firmar un contrato responsabilizándose a comprar un jet, pero igual terminar renegando el trato por ninguna razón mayor a que cambiaron de opinión. Perderán su depósito, pero no parece importarles. “Aceptan su pérdida y se van”, se encoge de hombros. “Eso no solía suceder”.

Es tiempo de partir. El sol se ha metido en Hyde Park y los autos de lujo pasando por el aparador tienen sus luces prendidas. Bromeo sobre el Falcon 7x de 22 millones de libras que voy a comprar y Varsano me sigue la broma. Está siendo cortés, pero también disfruta mi emoción. Para toda su plática sobre la practicalidad de estos jets, dice que siempre se sorprende de cuán indiferentes algunos de sus clientes pueden ser con el prospecto de comprar uno. La mitad del tiempo, ellos no parecen tan efusivos. Frunce el ceño. “Me sorprende que para un bien tan caro, la gente no se vuelve mucho más apegada emocionalmente a él”, dice.

En este momento, es difícil no pensar en él a los 14, tomándose un descanso de trapear suelos para sentarse en la parte trasera de un minúsculo aeroplano sobre Nueva Jersey y sintiéndose, por primera vez, como un millonario. ¿Honestamente nunca estará tentado a comprar un jet? Mira alrededor y suspira. “Estoy tentado”, dice sonriendo para sí mismo. “Sí, estoy tentado”.

 

¿Quién es quién en la compra de jets?

Los fans de Gulfstream

Sir Philip Green, el director de Arcadia Group y multimillonario, tiene un Gulfstream G650ER, que compró en 2016. Vale 46 millones de libras, es el modelo más grande y rápido que Gulfstream produce. Con una velocidad máxima de 680mph, es capaz de volar sin parar de Hong Kong a New York. De acuerdo con The Sun, la esposa de Green, Tina, gastó 300 mil libras en el interior.

El G650ER también es preferido por el fundador de Amazon, Jeff Bezos, el hombre más rico del mundo según Forbes.

Su compañero de Silicon Valley, Elon Musk, el multimillonario detrás de Tesla y SpaceX, que actualizó su Gulfstream hace dos años por este modelo, habiendo tenido antes un Dassault Falcon 900B, que costaba alrededor de 30 milliones de libras.

El filántropo y mogul del entretenimiento, David Geffen también es fan del G650, mientras que el G650 de Tiger Woods, que es ligeramente más pequeño pero igualmente capaz de volar 12 horas sin parar, se estima que cuesta alrededor de 35 millones de libras.

El G200 de Cristiano Ronaldo es, hablando relativamente, un práctico cochecito. Se reporta que cuesta 13.5 millones de libras, pero es capaz de llevar entre 8 y 19 pasajeros cómodamente.

 

Banda Bombardier

En 2012, Beyoncé le compró a su esposo, Jay-Z, un Bombardier Challenger 850, un jet de 90 pies de largo “súper-tamaño medio”, que se vende por alrededor de 30 millones de libras. Tiene una cocina, sala y dos baños.

Otros fans de la compañía aeroespacial canadiense incluyen a Oprah Winfrey, que viaja en un Bombardier Global Express XRS, que vale 27.6 millones de libras. “Es genial tener un jet privado”, ella anunció alguna vez. “Cualquiera que te diga que tener tu propio jet no es increíble te está mintiendo”.

Bill Gates tiene el mismo modelo y admite que es su “placer culposo”. El año pasado los Paradise Papers reveló que Lewis Hamilton evitó pagar los impuestos de su Bombardier Challenger 605 rojo brillante de 16.5 millones de libras, creando un negocio por el cual era capaz de rentarse su propio jet.

Larry Ellison, fundador de Oracle y la quinta persona más rica de América, ha registrado tres Bombardiers y varios Cessna, que puede usar para volar a su isla en Hawaii, Lanai. Otros dueños incluyen a Ann Walton Kroenke, la heredera de Wal-Mart, y a Steve Ballmer, antiguo CEO de Microsoft.

 

Club Boeing

Antes de que se volviera presidente, se reporta que Donald Trump pagó alrededor de 70 milliones de libras por su Boeing 757. Hizo que lo convirtieran y renovaran para que pudieran caber 43 personas. El baño tiene molduras y accesorios de oro de 24 kilates.

El 757 no es un jet nuevo, el primero voló en 1981 y dejó de ser producido hace casi 15 años, y el jet de Trump puede llegar a costar arriba de 7 mil libras por hora operando.

Incluso más grande y más caro, está el Boeing 767-300 de Román Abramovich. Apodado el Bandido, tiene más de 200 pies de largo y fue adquirido por el oligarca y dueño del Chelsea FC después de que Hawaiian Airlines cancelara una orden en 2004.

Una vez que el costo de adaptación del jet es tomado en cuenta, se estima que el avión pudo haberle costado a Abramovich hasta 215 millones de libras.

Otros dueños incluyen a Steven Spielberg, cuyo Boeing 737 está registrado a nombre de la compañía de producción del director Amblin Entertainment, y Eric Schmidt, antiguo presidente ejecutivo de Alphabet, la compañía dueña de Google.

Los dueños del Boeing 747 incluyen al Sultán de Brunei y Príncipe Saudí Al-Waleed bin Talal, aunque actualmente está castigado por cargos por corrupción.

 

 

Traducción libre del Times, de Lilith T. Masso
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