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El campo de concentración del Cártel Jalisco Nueva Generación

En Jalisco con Guadalajara como epicentro existe una ola de desapariciones forzadas de jóvenes desde hace varios años donde la sombra de la organización criminal Cártel de Jalisco Nueva Generación, que encabeza Nemesio Oseguera Cervantes, aparece como responsable. El reclutamiento forzoso para llevarlos a prisiones clandestinas quedó evidenciado en el municipio de Tala el año pasado, cuando se dio a conocer el hallazgo de un lugar donde se retenía a varias personas a las que entrenaban como pistoleros. En 2012 el padre de Omar y Miguel Plancarte Ramírez, dos jóvenes desaparecidos en la capital tapatía en ese año, documentó el hallazgo de un campo de concentración en la sierra de Yahualica, donde sospecha tenían a sus hijos. El caso de los tres estudiantes de cine desaparecidos hace mes y medio en Tonalá, terminó por reventar una crisis que la historia de Omar y Miguel sintetiza ante el calvario que sus padres han vivido con las autoridades. 

 

ASUNTOS ESPECIALES ROCK 101

 

Fue una llamada telefónica que recibió pocos días después de que colocó varios carteles con las fotos de sus dos hijos en autobuses de transporte urbano en Guadalajara. Cada aviso tenía anotado un número de contacto con la leyenda: “Ayúdanos a encontrarlos”.

A principios de mayo del 2012, después de varios días de andar en los camiones pegando carteles, Omar Plancarte Hernández empresario aguacatero nacido en Michoacán, recibió el primer dato sobre el paradero de sus hijos Omar Alberto y Miguel Noé Plancarte Ramírez, quienes tenían 25 y 21 años de edad cuando desaparecieron a principios de febrero de aquel año en la capital tapatía donde estudiaban.

Recuerda que en esa ocasión del otro lado del auricular una persona que dijo llamarse Miguel Ángel Guerrero, comentó que había visto las fotos de Omar y Miguel en los carteles y estaba seguro que sus caras le eran conocidas. Contó que los había visto entre un grupo de muchachos que cada dos semanas eran llevados por hombres armados a que se asearan a un autolavado en Yahualica, poblado en la sierra de Jalisco limítrofe con Zacatecas.

Omar Plancarte Hernández dice que acordaron verse días después. Aquel joven le generó confianza desde el inicio porque nunca le pidió dinero por la información. Platicó que había logrado escapar de un predio en la sierra donde tenían a docenas de jóvenes como prisioneros. Era un rancho de varias hectáreas donde había laboratorios para procesar drogas sintéticas cerca del municipio de Cuquío. Explicó que el lugar estaba rodeada por cercas electrificadas, en el interior todo estaba ordenado y dividido, como si fuera una prisión. Había unas barracas acondicionadas como dormitorios, ahí pernoctaban muchachos que después supo habían sido “levantados” en distintos lugares de Jalisco.

“Desde las primeras conversaciones me di cuenta que era de fiar, no pidió dinero ni nada a cambio, me resultó más creíble porque no me pidió ni un cinco. Estuve varias veces con él”, dice el padre de los dos jóvenes.

Omar y Miguel Plancarte Ramírez fueron secuestrados la noche del 2 febrero del 2012 cuando llegaban a su casa en la colonia Jardines de Guadalupe, en Zapopan, Jalisco. Según testigos unos individuos armados los interceptaron a las afueras de su domicilio, forcejearon y bajo amenazas los obligaron a entrar. Poco después salieron llevándoselos consigo a bordo de dos vehículos con rumbo desconocido.

Aquel hombre aseguró que al menos uno de los chicos estaba en el grupo que custodiaban los hombres armados. Llegar hasta aquel sitio requería recursos, logística y era mejor no pedir ayuda a la policía estatal o federal, ya que se sabía de su complicidad con grupos criminales. Omar recuerda que ante esta situación buscaron apoyo vía un familiar de su esposa, con el entonces comandante de la región militar, el general Genaro Fausto Lozano Espinosa. Poco tiempo después el militar fue relevado como parte de la rotación periódica que el ejército hace con los mandos territoriales. En su lugar llegó el general Lucino Carlos Piedra Lezama.

Omar consiguió cita en las instalaciones militares de Guadalajara, ahí lo canalizaron con el grupo de inteligencia. Al jefe de esa unidad le explicó la información que le dio Miguel Ángel Guerrero, habló del lugar donde presumiblemente tenían a sus hijos y a otros jóvenes. Para aportar mayor certeza, comentó que el joven estaba dispuesto a guiarlos para dar con el lugar exacto.

“Esta persona Miguel Ángel Guerrero me pasa mucha información. Me platica del área donde tenían a los estudiantes, porque no nada más eran mis hijos. Tenían a varios jóvenes trabajando ahí, en laboratorios donde hacen metanfetaminas, o cristal, no sé, ese tipo de drogas. Hago mi investigación y encuentro los lugares que me dice, son exactos, todo lo que él me señala lo ubico por Google. Me contactan con el general Piedra Lezama en la región militar de Jalisco. Como no estaba me mandan con el comandante Hernández y el comandante Rodríguez, porque así se presentaron conmigo, del grupo de inteligencia. Al tercer día se organiza la salida a esa zona para localizar a mis hijos, en el área de Yahualica y Cuquío. Fue donde me hacen el favor de ir y éste muchacho los acompaña a los del ejército. No quieren que yo vaya. Ya en su momento él también se pone uniforme del ejército, de camino al llegar al lugar se encuentran a los señores que tenían o cuidaban a los que tenían trabajando ahí. Detienen a uno con un carro robado y 28 gramos de coca y lo dejan ir, sin hacer nada. Entonces él se extraña y ya llegan al lugar dos horas después, cuando llegaron ahí tenía poco tiempo que ya se habían ido todos. Cuando llegó el ejército encontraron un cuerpo mutilado, no era de mis hijos, y 30 kilos de droga. Y todo el lugar destruido, se habían escapado por toda la barranca de Yahualica“.

Tiempo después Omar conoció otros detalles que Miguel Ángel le confió. Los militares se entretuvieron como una hora en una tienda en Yahualica, después se pararon otro rato en el autolavado, pareció una señal. Cuando llegaron ya todo estaba desmantelado. El guía pensó que quizá los militares también estaban “pagados”.

“Tanto el ejército como la Seido (Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada), ya después me dijeron que estaban investigando lo del lugar, nunca tuve respuestas de ese suceso. Y ya de ahí no supe nada. Entonces, ahí fue donde quedó parada toda esa investigación, se perdió. Fue cuando me molesté, era una pista que dejaron perder”.

Complicidades

Después del secuestro de sus hijos, Omar presentó una denuncia en la Procuraduría General de Justicia de Jalisco —hoy Fiscalía General del Estado—donde se inició el expediente por la desaparición de Omar y Miguel Plancarte Ramírez. Quien atendió a los padres de los jóvenes fue el comandante José López Padilla acompañado del agente ministerial Miguel Cervantes.

López Padilla tenía una actitud sospechosa desde la primera entrevista. Era el comandante del área de desaparecidos y como tal omitió declarar a tres jóvenes “levantados” el mismo día junto a Omar y Miguel, eran sus compañeros de piso con quienes rentaban la casa, y habían sido liberados pocos días después. Esos testimonios, dice Omar, pudieron haber marcado la ruta del paradero de sus hijos.

El domingo 5 de febrero uno de los hermanos de Omar y Miguel recibió una llamada mientras estaba en la casa familiar en Morelia. Eran dos conocidos de la infancia de sus hermanos cuando estudiaban la primaria en Uruapan. Los hermanos Junior y Omar Mendoza Oseguera, llamaron para pedirle el teléfono de su papá. El chico preguntó para qué lo querían, le dijeron que las personas que tenían a sus hermanos se querían comunicar con él.

Esa noche Omar recibió una llamada donde le pidieron 5 millones de dólares por la liberación de sus dos hijos. Dijo que era imposible reunir esa cantidad, entonces le propusieron otra cosa. “Me dijeron que si yo era pariente de Enrique “Quique” Plancarte. Y que yo era pariente, porque me lo afirmaban, que era pariente de ese señor. Le dije que cuál era el motivo (del secuestro), me dicen que porque era pariente. Le dije que no, que no tenía nada que ver. Inclusive él y su organización me cobraba cuotas, nos extorsionaban y teníamos que pagarle cuotas y mantenimiento de todo lo que tenemos que hacer de nuestras huertas y ranchos. Le dije: me haces muchas preguntas y tantas preguntas, yo creo que mis hijos ya te las contestaron porque mis hijos son derechos”.

Por aquellos días del 2012 “Quique” Plancarte era uno de los jefes de la organización criminal conocida como “Caballeros Templarios”. Omar insistió que no tenían ningún parentesco, nada tenía que ver ni lo conocía. Su familia era de Jacona, donde los Plancarte son conocidos de muchos años atrás. Mientras ese sujeto era de la zona de Tierra Caliente, del poblado llamado Nueva Italia.

Le dijeron que iban a corroborar esa información que hablarían “con el alto mando”, y éste les diría con qué se negociaría para liberarlos. Le sugirió que no hablara con nadie o de lo contrario no soltarían a ninguno.

Al día siguiente una llamada de los padres de uno de los chicos que también habían sido secuestrados junto a Omar y Miguel, lo llevó junto a su esposa Ana María Ramírez a buscar entrevistarse con ellos. Les platicaron que eran tres los liberados, estaban golpeados y los abandonaron semidesnudos en un cerro a varias horas de Guadalajara.

Cuando se entrevistaron les contaron que el primer día los cinco habían sido golpeados y torturados. Con Omar y Miguel fueron incisivos para que reconocieran que tenían lazos familiares con “Quique” Plancarte, lo que negaron de forma reiterada.

“Los tenían separados en dos pisos, esposados, vendados y atados de los pies. Habían sido drogados, las personas que los cuidaban eran por turnos, tenían aspecto de “cholos”, con tatuajes (que podían mirar por debajo de la cinta). Ese día por la mañana les dieron agua y les dijeron que ya se iban. Vendados durante el camino escucharon sirenas de patrullas. Después de que hablamos con ellos, perdimos el contacto”, relató la señora Ana.

Los padres de los tres muchachos el mismo día que los liberaron se los llevaron fuera de Guadalajara. La fiscalía de Jalisco nunca los llamó a comparecer.

Omar recuerda que después que recibió aquella llamada donde le pidieron los cinco millones, solicitó a los funcionarios del área de desaparecidos en la fiscalía de Jalisco que llamaran declarar a Junior y Omar Mendoza Oseguera, quienes podrían aportar datos sobre el paradero de Omar y Miguel.

“En su momento me llamaron los secuestradores, puse el altavoz del radio y delante del comandante Padilla y Miguel Cervantes, se escuchó lo que decían. Entonces los funcionarios dan vueltas y vueltas en la oficina. Ellos tenían gente ahí, encargadas, como ministerios públicos, y comandantes a su disposición para lo que se ofreciera. Como Junior y Omar Mendoza Oseguera fueron compañeros de mis hijos en la escuela de niños, trataron de ayudarnos, pero después supe, supimos que ellos fueron los coautores se puede decir, en la desaparición de mis hijos. Porque les tenían celos, les tenían envidias”.

Desde aquella llamada el comandante Padilla y el agente Cervantes, cambiaron de actitud y le dijeron a Omar que no podían ayudarlo en nada. Reconocieron que era por su apellido Plancarte, y porque eran de Michoacán. Los funcionarios hicieron el trámite de enviar el expediente al área de secuestros, donde lo recibió el fiscal Alberto Delgadillo.

El fiscal Delgadillo lo canalizó con el comandante antisecuestros Jorge Castañeda. Omar dice que le comentaron que eran los mejores operadores en la materia. Poco después se enteraría por otras personas, que los mismos agentes eran los que planeaban secuestros, extorsiones y robos.

“¿En qué manos estaba? Me entero que ellos mismos te pedían el rescate y ellos mismos liberaban a su gente y se subían el cuello, que eran los mejores policías. Entonces yo estuve dando lata. Hablé con el fiscal Tomás Coronado y me dijo que iba a hablar con ellos, pero que no me preocupara, que todo estaba muy bien, que me iba ayudar en lo que más pudiera”.

“De repente no tuve ni llamadas de él ni me contestaba el teléfono. Lo único que hice fue pedirle ayuda a la secretaría de Seguridad Pública, donde en ese tiempo era el titular Luis Carlos Nájera Gutiérrez de Velasco. Cuando fui a su oficina no estaba, me atendió su secretario, que era Carlos Solorio. Y en ese momento, cuando Solorio me estaba atendiendo, me hacen una llamada los secuestradores. Con eso fue suficiente, Solorio me saca de su oficina y me dice que no tiene nada que ver, que eso ya es federal. Como era ya delito federal, que me fuera a la Policía Federal”.

Después en la Policía Federal en la ciudad de México lo recibió el comisario Armando de Benito Espinosa. Ese mismo día en su casa en Morelia, hubo una llamada de una persona que solicitó su número telefónico para contactarlo.

Le llamaron cuando estaba en la Policía Federal, por el auricular le dijeron que tenían a sus hijos y le insistieron en que querían cinco millones de dólares o el canje de unas personas que decían tenía secuestrados “Quique” Plancarte. Omar insistió en que no tenía nada que ver con aquel individuo. Le dijeron que tenía 20 días para reunir el dinero, él les dijo que quería hablar con sus hijos.

—Veinte días o hablar con ellos—, repitió el individuo de la llamada.

—Las dos cosas—, respondió Omar.

En ese momento en la oficina del comisario se localizó el número de donde habían hecho la llamada. Armando de Benito Espinosa le dijo a Omar:

—Mira Yo te puedo ayudar. ¿Cuánto te piden?

—Cinco millones de dólares.

—¿Cuánto tienes?

—No tengo ni eso—respondió Omar.

—Ah ¿sabes qué? Si los tienes, vamos y te los traigo.

“Oiga, espéreme, espéreme. Le dije, espéreme, espéreme. No tengo cinco millones. Yo vengo a aquí a pedir su ayuda”.

—Ah, deja te mando un pinche negociador.

Le propusieron a un agente que se identificó con el seudónimo de “Lirio”.

“Y le dije: Oiga, usted me está diciendo que si tengo el dinero, lo va a hacer. Ahora que, si no lo tengo, ¿por qué no lo hace?”.

“Yo creí que me iba a ayudar pero cuando supo que no tenía el dinero cambió. Es lo que hacía (Genaro) García Luna, habían secuestros y hablaban ahí: ‘Sabes qué échame el dinero, yo lo llevo, lo rescatamos’. Y se quedaban con el dinero del secuestro. Decían: ‘No, ya los rescatamos y se quedaban el dinero”.

De aquellos primeros contactos con la Policía Federal quedó el amargo sabor de boca por el millón de dólares que le pidieron por negociar. No los tuvo y no volvieron a recibirlo. Entonces el expediente fue enviado a la Subprocuraduría Especializada en Investigación en Delincuencia Organizada (Seido) de la PGR. Fue cuando Omar salió a la calle a pegar carteles en los autobuses.

Calvario sin final

Valentina Peralta Puga dirigente del colectivo de familiares de desaparecidos “Eslabones”, recuerda que la primera imagen que le quedó grabada de Omar cuando lo conoció era la de un hombre fuera de sí. Estaba furioso, rabioso. Ana, su esposa, estaba más serena, lucía una calma aparente. Sucedió cuando se acercaron a la organización para platicar lo que pasaba en la PGR con los funcionarios encargados del caso.

En agosto del 2012 cuando el expediente llegó con la ministerio público federal Guadalupe Hernández, comenzó otro calvario judicial donde lo primero que hizo la funcionaria fue pedirles dinero para “agilizar” la investigación.

Valentina Peralta rememora que aquella funcionaria desde el lenguaje corporal, el rictus del rostro, reflejaba una personalidad sórdida. Hacia acuerdos con funcionarios locales para que las investigaciones no avanzaran, engañaba a los familiares de desaparecidos. Hubo un momento en que se pidió a sus superiores que no llevara los casos del colectivo “Eslabones”. “Cuando Ana y Omar me dijeron que Guadalupe era su ministerio público, dije no pues, ahora sí que les tocó la peor. Y cuando me platicaron de la extorsión y todo, ahora la que estaba furiosa era yo, ahora la que estaba fuera de sí era yo. No puede ser que estos padres, hayan pasado por todas estas vejaciones, de la delincuencia organizada, su estado, de la ineficacia de la PGR, sino además de la comisión de delitos adentro de las instalaciones federales”.

Omar recuerda que tuvo varias extorsiones luego que colocó los carteles. Hubo llamadas donde le daban datos falsos, le decían que ya los iban a liberar pero que necesitaban que entregara cierta cantidad, y una vez que se los daba, éstos desaparecían.

“Nunca me preguntaron, hasta que después les exigí, después del año, qué pasó con estos muchachos que pusieron a mis hijos. Porque después de las investigaciones me enteré que Omar y Junior Mendoza Oseguera pusieron a mis hijos, los amigos de la infancia”.

Junior y Omar Mendoza Oseguera estaban identificados por autoridades federales desde 2017 como miembros activos del CJNG. En Guadalajara los conocen como la “Chiquimafia”, testaferros de su pariente Rubén Oseguera González, alias “el Menchito”, detenido en junio del 2015. Controlan el narcomenudeo en bares de Zapopan, y están detrás de algunos “levantones” y desapariciones de estudiantes en la capital jalisciense.

Cierta ocasión Guadalupe Hernández le propuso a Omar que si identificaba unos individuos presuntamente ligados al CJNG, conseguiría datos sobre sus hijos. En otra ocasión le presentó a un comandante de la policía ministerial quien le facilitaría armas y la ubicación de familiares del “Mencho”, para que fuera a reclamar el paradero de Omar y Miguel y pudiera hacer justicia por su propia cuenta. Omar la rechazó y tiempo después la denunció por extorsión. A la fecha la hoy ex agente federal tiene orden de aprehensión y se encuentra prófuga de la justicia.

En diciembre del 2014 la PGR anunció la captura de Omar Espejo Flores, apodado “el Toro”, identificado como operador del CJNG en varios municipios de Michoacán y Jalisco, acusado de la desaparición de dos agentes ministeriales federales.

La voz de Espejo Flores resultó vía prueba pericial, la misma de quien hizo la segunda llamada a Omar tras la desaparición de sus hijos. “Fui a la Seido, lo señalé como uno de los autores intelectuales del secuestro. En el mes de septiembre del 2013 caen los hermanos Ramón y Rafael Álvarez Ayala, alias “el R-1” y “el R-2”, entonces voy directamente porque dentro de mis investigaciones que yo tenía allí en Guadalajara, esos eran los jefes de esa zona donde se llevaron a mis hijos”.

Espejo Flores se negó a un careo judicial con Omar. Interrogado por el ministerio público sobre el paradero de Omar y Miguel, se negó a dar detalles.

Omar asegura que la clave para dar con el paradero de sus hijos pasa por un interrogatorio exhaustivo a los hermanos Álvarez Ayala y a Espejo Flores, ya que existe la presunción fundada de que ellos fueron los que los mandaron secuestrar. Sin embargo seis años y tres meses después de la desaparición de Omar y Miguel, la PGR no ha podido siquiera investigarlos.

 

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