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El universo alterno de los audífonos

Una analista musical de sobrada sapiencia, y a quien respeto mucho, me comentó alguna vez que cuando salía a la calle y se montaba en el transporte público, esa suerte de empresa que emula un videojuego de vida o muerte, se “encerraba” en el universo de sus audífonos.

 

Por su parte, una histórica exprostituta y madame holandesa que devino en escritora, señala en uno de sus libros que siempre prefirió sus propias fantasías que el contacto con personas reales porque de esa manera conocía a una mejor clase de personas.

 

Fantasías y audífonos cumplen la misma tarea de aislamiento hermético para el goce personal del interfecto y provoca en el espectador casual una especie de misterio morboso por saber una cosa en cada caso: “¿qué carambas estará pensando esta mujer que por más que intenta no puede borrarse la sonrisa?” y “¿qué rayos vendrá escuchando el tipo con la camiseta de NOFX?”

 

Hace algunos años levanté un censo no oficial, porque solamente tomé notas mentales, sobre lo que venían escuchando las personas que me encontraba en el metro o el microbús. Hoy es más difícil porque, por lo general, la gente viene de mal humor y el contacto social cada vez cotiza más bajo en la bolsa de la convivencia. Inténtenlo si quieren. Lo que yo intentaba hacer era casar el gusto musical de la persona con su imagen externa y casi siempre mis premoniciones fallaban.

 

Alguna vez deduje que en una relación sentimental con promesas de futuros compartidos lo más importante es enamorarse de los defectos y no de las virtudes porque éstas se dan por hecho y los defectos suponen un reto mayor. Gracias a eso también aprendí a advertir la belleza en donde no es tan evidente. Lo mismo sucede con la música.

 

 

Durante este censo improvisado descubrí que el gusto personal, ese que traes desde la cuna o que has ido forjándote con el paso del tiempo tiene su estado de mayor frecuencia en casa o con los amigos, pero los llamados pecados musicales, que en efecto lo son, buscan el resguardo de los audífonos, o bien de las fantasías inconfesables.

 

Al explicar mi trabajo como analista musical y periodista, aquellas buenas personas admitieron que lo que escuchaban no siempre era acorde con su estampa. Así, el encorbatado cajero de banco peinado con gomina como un violinista de convento confesó venir escuchando a Carcass; el ama de casa con bolsa de mandado y delantal se destrozaba las neuronas escuchando el lado menos decoroso de Caifanes; y el joven sacerdote traía en su walkman (sí, un walkman) un cassette (sí, un cassette) con los grandes éxitos de Mecano. Lo interesante aquí es que no creo que el buen cajero compartiera sus gustos durante la comida de fin de año de la sucursal, o que el ama de casa confesara a sus hijos que le gustan las terribles trompetas de ‘La célula que explota’, ni que el cura ambientara la segunda lectura según San Pedro con ‘Mujer contra mujer’ en la voz de Ana Torroja, no obstante, era una buena manera de conocerlos.

 

Constantemente, quienes se escudan en el pudor, no reconocen sus pecados ni sus filias delante de su comunidad, porque eso significa alejarse de los preceptos de su círculo, sin embargo, todo indica que, como buenos pecadores, se la pasan mejor que otros. En la película ‘Chocolat’ (Lasse Hallström, 2000), el padre Henri, interpretado por Hugh O’Conor, es atrapado cantando y bailando y levantándose las enaguas al ritmo de Elvis Presley mientras barre los patios de la iglesia, llevándose una reprimenda del cuadrado y al final pecador Conde Reynaud (Alfred Molina).

 

 

Nada puede ser más oprobioso que ser cazado en falta escuchando algo aparentemente prohibido por nuestro círculo pero al mismo tiempo se siente una especie de alivio liberador que te orilla a montarte en esa actitud chilanga y bravera de “sí, me gusta la cumbia colombiana, ¿y?”.

 

Al mismo tiempo, dentro de la dinámica existe un fenómeno en ocasiones percutido por el ímpetu de la fiesta o las cucharadas que traemos encima, de soltar las amarras de la vergüenza y gritar como niño de la lotería: “¡pónganse algo de José José que mi corazón necesita compensación!”.

 

Inténtenlo porque, al final, es dar a los demás algo más de nosotros mismos, brindarse entero a pesar del escarnio porque los pecados son pecados pero los pecadores la pasamos bomba. Todos. Y no hay nada más enternecedor y duradero que ver al metalero de cabellos como modelo de L’Oreal penando porque después de ser tormenta y tornado ahora es volcán apagado.

 

Y ustedes, ¿cuándo?

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