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Una prueba de ADN para entender el mundo con Residente

Hace algunas semanas se estrenó en Netflix el documental homónimo del cantante puertorriqueño Residente, quien se conoce por haber sido el vocalista de Calle 13 y levantar polémica por todos lados y nos lleva por una travesía a partir de una prueba de ADN.

El trabajo de René Pérez ha sido sumamente criticado, incluso los virtuosos de la música batallan para encontrarle cabida en un género, las discusiones se centran en clasificarlo, unos dicen que es reggaetón otros lo contrario, pero en realidad el tema es mucho más profundo, porque reggaetón o no, sus letras son mucho más cargadas que las de algunos artistas que sin duda aparecen en las listas doradas del rock.

De cómo conocí la música de Residente, gracias a Calle 13 y de forma meramente circunstancial, acaso ¿me gustó?: no.

Sin embargo, en 2011 llegó a mí un video con parte de lo que había ocurrido en la edición de los premios Latin Grammy de dicho año, de pronto vi el rostro del cantante de Atrévete te te, acompañado por la Orquesta Sinfónica Bolivariana, pero tal hecho no fue el que robó mi atención, sino la consigna de su playera: “una sola estrella” para Puerto Rico, eso me hizo detenerme un poco en ese post… “una sola estrella”, es decir, independencia.

Le di un par de oportunidades y escuché letras que bien representaban lo que muchos latinoamericanos quisiéramos gritar día tras día. El descubrimiento quedó ahí y todo siguió con plácida normalidad.

Recientemente dentro de mis recomendaciones semanales, Netflix, tuvo a bien incitarme a ver el documental que Residente –ya sin Calle 13- realizó al lado del documentalista Marc de Beaufort. El trabajo no es más que el recorrido que hace René Pérez, para crear su más reciente disco (también llamado Residente).

La inspiración se extrae de una prueba de ADN que Pérez se practica con el fin de conocer sus orígenes. Los resultados no son muy sorprendentes y arrojan lo que la mayoría de los mestizos americanos sabemos: nuestra sangre se compone de fragmentos del mundo.

Cámara en mano Marc de Beaufort, Residente y su equipo de producción se embarcan en un viaje que recoge los más puros sentimientos de Siberia, Moscú, El Cáucaso, China, España, Inglaterra, Ghana, Burkina Fasso, Niger y Puerto Rico.

Guerra, dolor, pánico, muerte y esperanza son los cantos que se recogen por estas tierras, que son el génesis de un cantante americano. Las experiencias de vida que se plasman en Residente merecen la atención, nos guste o no su música, porque su origen no es muy diferente al nuestro.

El material histórico y la aportación documental están presentes, pero… ¿cómo vamos con los mensajes de odio?, que fue lo que la gente le criticó al trabajo, ¿la manera en la que se abordó el tema, la selección de los acontecimientos, la investigación…? No, a los espectadores no les pareció correcto que el documental fuese narrado en inglés.

Tal cual, a pesar de todo el discurso que se manejó por 96 minutos, donde se confirma la vieja máxima “no soy de aquí, ni soy de allá”, en el que pobladores del mundo usan su lengua materna para expresarse y enriquecer almas, nuestra atención se centra en despreciar un idioma.

Quizá todos necesitamos una prueba de ADN, que nos invite a realizar un ejercicio como el que llevó a René a buscar los sonidos de su genética, quizá es momento de comprobar –una vez más- que la somos heterogéneos, que la diversidad nos compone y que somos mucho más grandes que el código que utilizamos para expresarnos. Quiero pensar que pronto sucederá.

¿La música debe ser políticamente correcta?

 

El que supuestamente Café Tacvba (CT) haya sugerido que “quizás cambiaría” la letra de Ingrata, o que “dejaría” de tocarla definitivamente, percute un análisis escabroso, profundo y sabroso que requiere mucho cacumen y ubicarse necesariamente en el centro sin afectar el equilibrio específico.

 

Es decir, lo importante no es el rumor sino lo que éste desata, tratándose de una canción común en el imaginario de quienes gustan del rock en español y forman parte de esta sociedad.

 

Sin asomo de yerro, la lírica de la canción sugiere una aproximación machista basada en corridos norteños y canciones rancheras que se mientan cada tercer día en las cantinas de todo el país –si no es que todos los días–, las bodas, los XV años y hasta en los bautizos. No obstante, tal y como señalan las manoseadas notas al respecto, también es producto del humor negro que caracteriza al mexicano promedio y que es celebrado en todas las esferas sociales en distintos contextos… Pero, al parecer, eso no importa porque todo se ha concentrado en CT, y en Ingrata, cuando no sólo CT sino ene cantidad de “artistas” y músicos bordean la misma lírica de la infamia muchas veces requerida por el ordinario social.

 

Hace unos años, a las nacientes feministas fanáticas de una serie como Desperate Housewifes les comentaba que el trato hacia la mujer en los guiones de semejante bodrio era absurdo y ofensivo porque las retrataban de forma humillante. El argumento fue desechado y quedé como un necio. Muy bien, cada quien. Algo parecido esgrimí sobre las canciones de Paquita la del Barrio pero “¡no!, ¡ah, no!, ¡cómo se te ocurre si Paquita es vocera del feminismo!” (ultrasic) y ¡ay caracho con su doble moral!

 

Lo interesante del caso es saber si la cultura popular y un género políticamente incorrecto como el rock deben ser políticamente correctos para satisfacción y sosiego de un fragmento social que por su intensidad ha dejado de gozar de satisfacción popular. Y aclaro, con esto me refiero a las formas pero no al fondo.

 

En entrevista con Carla Zamora, Doctora en Sociología por el Colegio de México e investigadora en el Colegio de la Frontera Sur, respecto a la presunta autocensura de CT, la especialista asegura que “ya se habían tardado, pero no sólo con esa canción sino con otras tantas. Me parece un acto simbólico mezclado con una imagen que quieren proyectar. Es cierto que Rubén (Albarrán) es políticamente correcto y seguramente sería iniciativa suya pero no deja de ser meramente simbólico (porque) el machismo está en buen tanto de sus letras”.

 

 

Continúa la doctora Zamora: Café Tacvba siempre jugó con el sarcasmo de un país que es profundamente machista, lo somos todos aunque nos demos golpes de pecho; pero no sólo lo hacen en Ingrata sino también en Chica banda, que me parece de muy mal gusto. No obstante, de ser cierto, se trataría de un acto simbólico nada más, sin mucha capacidad de influencia para cambiar nada”.

 

Respecto al problema de la violencia de género en manifestaciones musicales como las de Café Tacvba, Molotov y Calle 13 por un lado, y por el otro de Paquita la del Barrio y Las Ultrasónicas, por señalar sólo algunos ejemplos, la doctora Zamora señala que “es evidente” pero resalta que “el problema de la violencia de género es más profundo y complejo, yo no le daría tanto foro a un acto simbólico como cualquier otro. Porque la banda, al  salir del concierto, sigue reproduciendo la misma mierda. Quizá (lo de Café Tacvba) sería un acto noble, pero es endeble”.

 

Finalmente, la especialista señala que “lamentablemente a nuestra generación no le tocará ver un cambio de valores donde el machismo se lea como un mal periodo de la historia porque la vida cotidiana y las expresiones del machismo están en todos los ámbitos: culturales, económicos, políticos, etcétera. Es un problema muy complejo que requiere de una ruptura fuerte y no sólo de la presunta autocensura a una de tantas canciones que existen”.

 

Lo verdaderamente peligroso, en este caso, y no sólo refiriéndonos a la música o a cualquier otra expresión artística, es que los actos simbólicos se saquen de contexto y se fulmine la libertad de expresión de cada persona, en cuanto a gustos, y de cada manifestación artística, en cuanto a concepto.

 

Posteriormente, sea políticamente correcto o no, lo que los artistas generan no es tan importante o definitivo como lo que los jóvenes maman en casa. Por ello censurar, o autocensurarse, en caso de ser cierto, sería más bien un acto necio que pareciera buscar una posición social aferrada a la polémica. Cosa que no le funcionaría ni a Café Tacvba ni a la sociedad mexicana, de ninguna manera, porque reducir un problema milenario a una simple canción sería trivializar las cosas y poner al verdadero significado de la lucha contra la violencia de género al nivel de un meme sin fundamento.

 

Por otro lado, nadie debe permitir que sus gustos personales sean determinados por la sociedad. Y, al final, el rock no debe ser tan importante como la educación porque se trata de un absurdo, de un ejemplo lúdico que te hace pensar pero no debe determinar tu posición en este mundo porque ésta, sin duda, te la dan la vida y la alimentación cultural que absorbes en casa, o bien, que te facilites tú mismo.

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