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Diario de una doña nadie nazi

La secretaria de Goebbels, antes de su muerte el año pasado, aún estaba orgullosa de la confianza que él había puesto en ella, escribe Max Hastings en The Times de Londres. A primera vista, esta memoria de una sirviente menor de Hitler es tan banal que podría ser propiamente subtitulada como Diario de una doña nadie nazi.

Brunhilde Pomsel era una secretaria en el ministerio de propaganda del Reich. “Para mí”, recuerda en extrema edad madura antes de su muerte el año pasado, “Goebbels era un político que tendía gritar un poco fuerte. Yo nunca escuchaba todas las bobadas, sus discursos”.

Ella era la hija de un decorador suburbano de Berlín, nacida en 1911, educada estrictamente y abrumadamente preocupada con su bien. Juzgando por la cantidad de palabrería que dedica a los salarios, incrementos de pago, precios de tienda, conocía los precios de todo, el valor de nada. Ella estaba incansablemente impresionada por las alfombras en las oficinas del ministro, “cosas que no teníamos en casa, Siempre aprecie esa clase de cosas.”

“Yo no era una de ellos”, dijo en una entrevista cuando ella tenía 102 años, detalles de intimidad profesional con los Nazis. “Debería de haber sabido más de lo que supe. Era mas o menos por inconsciencia que me uní a ese estúpido partido en el que la mayoría de la gente estaba. Todo estaba bien la mayoría del tiempo. Yo estaba muy, muy feliz… Pero a veces era un poco aburrido”.

Le caían bien los hijos de Goebbels, quienes ocasionalmente entraban a la oficina y jugaban con su máquina de escribir. Ella apreciaba cariñosamente las ventajas de trabajar para un caudillo, sobre todo la comida extra, aunque una noche cuando se sentó a su lado en la cena, se conmocionó por los malos modales de su jefe: Goebbels apenas le dirigía la palabra, nunca le preguntó nada sobre su vida. Tal vez no era lo suficientemente bella para él, ella se supuso.

Ella tenía una amiga judía cuya progresiva expulsión de la sociedad le provocó limitada simpatía, porque cuando ella y otros le daban dinero a la miserable Eva, la tonta chica se lo gastaba en cigarrillos, en lugar de alimentar a su familia. Sólo después de la guerra fue que Pomsel descubrió que su amiga había acabado como ceniza en Aushwitz. “Creíamos… Que si ella estaba en un campo de concentración ella estaba a salvo. Nadie sabía lo que estaba sucediendo en ellos. No queríamos saber mucho.”

Pomsel sintió un escalofrío de inquietud cuando los archivos de los guillotinados hermanos Scholl —miembros del grupo de resistencia de la Rosa blanca– pasaron por sus manos en 1943, pero cuando su jefe le dijo simpáticamente “¡Estoy confiando en que usted no va a espiar!”, ella obedeció. Ella le dijo a su entrevistador: “Aún estaba orgullosa de la confianza que él había puesto en mí. Eso era más importante que satisfacer mi curiosidad. Yo pensé que eso era algo muy noble de mi parte, nunca lo olvidaré”.

Sus padres huyeron a Postdam cuando su casa en Berlín fue bombardeada, mientras los rusos cerraban paso en la capital, uno de los consejeros de Goebbels le ofreció un aventón en su motocicleta. Después de este último encuentro, ella espero en vano al motociclista para que la llevara de vuelta a la ciudad, después descubrió que él se había llevado a su esposa y a su hija discapacitada a Wannsee, donde les disparó a ambas y después se sucidó.

Tan comprometida estaba con su trabajo que Pomsel abordó uno de los últimos trenes de vuelta a Berlín, para pasar días y noches terroríficas medio hambrienta en las oficinas subterráneas, en medio de la última batalla del Reich. “Cuando fui arrestada por los rusos pensé, ‘La guerra ha terminado’. Las cosas de alguna manera volverán a la normalidad. Los rusos que me interrogaron… Eran amables, yo pensé ‘ahora me dejarán ir a casa.’ En lugar de eso, fue encarcelada por cinco años, inicialmente en un antiguo campo de concentración: “Sentía que estaba siendo tratada muy mal y erróneamente… Porque todo lo que yo había hecho era redactar en la oficina de Herr Goebbels. No, entonces no me puedo hacer sentir alguna clase de culpa”.

Este es un libro que aparentemente no tiene ningún mérito literario o histórico. Una de las modas menos útiles en la historia de la edición, es la producción de memorias de personas cuya relevancia es puramente el haber vivido hasta una edad extremadamente adulta, convirtiéndose en “el último Tommy”. “el último Dambauster” o cualquier cosa. Habiendo entrevistado a cientos de sobrevivientes de guerra, puedo testificar que sus memorias se vuelven irremediablemente fragmentadas y poco fiables.

Quizás Pomsel hubiera ofrecido reflexiones más penetrantes si hubiera sido entrevistada muchas décadas atrás. No obstante, hoy, su ciento representa meramente los pensamientos de Fräulein Pooter’s (o mejor dicho, la falta de ellos) en uno de los eventos más terribles del siglo 20.

Y aún, y aún. El libro ha sido ensamblado por el periodista alemán. Thore Hansen, que contribuye con un largo epílogo. El traza en cuenta de Pomsel para advertir de los aterradores riesgos impuestos en el oeste moderno por “una tendencia hacia la apatía y pasividad política”. El nota que la mayoría de jóvenes que contestan las encuestas de opinión declaran una descarada falta de interés político, y una abrumadora preocupación por sus propias expectativas de vida.

Hansen escribe: “ Los esfuerzos egoístas e irreflexivos de Brunhilde Pomsel de asegurar su propia ventaja están teniendo lugar hoy en día en millares —en nosotros mismos—. Si la democracia se dobla tan profundamente en la economía, tanto que las personas piensan que ya no tienen influencia alguna en las instituciones, e incluso ven sus intereses traicionados, entonces los populistas y fascistas tendrán un camino fácil”.

Él ve el espíritu que está sofocando la democracia en Polonia, Hungría, Turquía como compartiendo mucho con el ambiente que ha producido el Brexit, y sobre el presidente estadounidense electo; “La retórica populista de Donald Trump… Revive las memorias de los tiempos más oscuros”. Hay peligro mortal en reconocer a un bruto como Trump como lo nuevo normal; sobre complacer su torrente de mentiras y de alguna manera una concesión necesaria a un punto de vista alternativo.

Este es el mensaje que Hansen deriva de las serenas recolecciones irracionales de Pomsel. Si esta en lo correcto, como me temo que lo esta, exponentes de los valores liberales del oeste deberían de estar más asustados de lo que estamos actualmente.

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