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Ser de izquierda no significa miopía

BERLÍN. ¿Qué pueden tener en común un diario izquierdista y una radio pública?

La respuesta no es fácil si la buscamos desde la superficie.

Mucho menos desde la tallada y desgastada “objetividad” tan aludida en México cuando de periodismo se trata.

Tampoco podríamos encontrarla desde la trinchera ideológica o editorial de algún medio.

Sin embargo, hay una línea recta del diario berlinés Taz –abiertamente izquierdista– a la Deutsche Welle –la prestigiada radio pública alemana–. Ambos ponen por delante a sus lectores.

La gente han sido siempre lo más importante. A ellos se deben. Pueden coincidir o no con los personajes que ocupan temporalmente un puesto en el gobierno, pero eso han sido secundario.

En el diario berlinés Taz asumen su tendencia izquierdista y no la ocultan. En sus juntas de trabajo buscan los enfoques de cada reportaje o noticia bajo esa perspectiva. Editores y reporteros se han sentido cómodos de trabajar siempre así .

Sin embargo, han tenido claro que su tendencia izquierdista no significa respaldar a un partido o a un gobierno.

Los reporteros y las periodistas de Taz dicen tener claro que ser de izquierda no significa miopía. Sus audiencias necesitan enfoques desde la izquierda pero también rigor y profundidad cuando hablen de los partidos y legisladores con esa tendencia.

No somos cómplices en nada, dicen. Podemos caminar junto a ellos cuando asumen una posición de poder y, por ello, debemos rendir cuentas de lo que hacen ante los ciudadanos que votaron por ellos y, que además, son nuestra audiencia.

Los editores y reporteras de Taz buscan mecanismos de financiamiento para transitar hacia el periodismo web.

Ahora mismo el diario Taz pasa por una crisis ante la baja de las ventas del periódico. Ellos tendrán que encontrar la forma de zanjar sus problemas.

Pueden existir coincidencias ideológicas con alguna línea editorial y quizá en lo personal con miembros de quienes toman decisiones, pero eso no los ciega .

En la poderosa radio y televisión públicas alemanas, Deutsche Welle, también está por delante su audiencia y no el estado.

Cada familia en este país debe aportar 17 euros mensuales –vía impuestos– para sostener a ese medio público. Los dueños han sido los ciudadanos y no quienes ocupan el poder temporalmente.

La línea editorial no es lo que se indique desde las grandes esferas de poder. Los enfoques de las noticias y de los reportajes van al rito de lo marcado por los asuntos de interés público.

Tienen libertad para no atender a lo que dicte un gobierno sin importar su tendencia ideología. Desde luego tampoco los intereses privados. Se trata de un modelo distinto a lo que conocemos en México por el potencial económico y editorial que han desarrollado durante años.

Y es que para  Alemania resultaría muy riesgoso tener medios de comunicación públicos rendidos ante el poder en turno. Por eso en su Constitución han planteado que dependen de los ciudadanos, que no reciben línea de los gobiernos y además, deben dar voz a los diversos partidos.

En otras palabras, lo medios de comunicación públicos  han sido un equilibrio dentro de sus sistema democrático y eso no es sólo un concepto teórico o deseable, está en la Constitución.

Desde luego que no todo siempre son buenas noticias. La preocupación más reciente está en el crecimiento del partido Alternativa Alemana; en donde se anidan los grupos de extrema derecha con ideología nazi.

El domingo pasado en la elecciones de Baviera alcanzaron entre 10 y 13 por ciento, suficiente para ingresar al parlamento en esa zona por vez primera.

La inquietud ahora entre los periodistas alemanes es que deberán, cada vez con mayor atención al menos desde los medios públicos, darle voz a Alternativa Alemana con sus proyectos de extrema derecha aunque claro también podrán criticarlos. El dilema no será sencillo.

Diario de una doña nadie nazi

La secretaria de Goebbels, antes de su muerte el año pasado, aún estaba orgullosa de la confianza que él había puesto en ella, escribe Max Hastings en The Times de Londres. A primera vista, esta memoria de una sirviente menor de Hitler es tan banal que podría ser propiamente subtitulada como Diario de una doña nadie nazi.

Brunhilde Pomsel era una secretaria en el ministerio de propaganda del Reich. “Para mí”, recuerda en extrema edad madura antes de su muerte el año pasado, “Goebbels era un político que tendía gritar un poco fuerte. Yo nunca escuchaba todas las bobadas, sus discursos”.

Ella era la hija de un decorador suburbano de Berlín, nacida en 1911, educada estrictamente y abrumadamente preocupada con su bien. Juzgando por la cantidad de palabrería que dedica a los salarios, incrementos de pago, precios de tienda, conocía los precios de todo, el valor de nada. Ella estaba incansablemente impresionada por las alfombras en las oficinas del ministro, “cosas que no teníamos en casa, Siempre aprecie esa clase de cosas.”

“Yo no era una de ellos”, dijo en una entrevista cuando ella tenía 102 años, detalles de intimidad profesional con los Nazis. “Debería de haber sabido más de lo que supe. Era mas o menos por inconsciencia que me uní a ese estúpido partido en el que la mayoría de la gente estaba. Todo estaba bien la mayoría del tiempo. Yo estaba muy, muy feliz… Pero a veces era un poco aburrido”.

Le caían bien los hijos de Goebbels, quienes ocasionalmente entraban a la oficina y jugaban con su máquina de escribir. Ella apreciaba cariñosamente las ventajas de trabajar para un caudillo, sobre todo la comida extra, aunque una noche cuando se sentó a su lado en la cena, se conmocionó por los malos modales de su jefe: Goebbels apenas le dirigía la palabra, nunca le preguntó nada sobre su vida. Tal vez no era lo suficientemente bella para él, ella se supuso.

Ella tenía una amiga judía cuya progresiva expulsión de la sociedad le provocó limitada simpatía, porque cuando ella y otros le daban dinero a la miserable Eva, la tonta chica se lo gastaba en cigarrillos, en lugar de alimentar a su familia. Sólo después de la guerra fue que Pomsel descubrió que su amiga había acabado como ceniza en Aushwitz. “Creíamos… Que si ella estaba en un campo de concentración ella estaba a salvo. Nadie sabía lo que estaba sucediendo en ellos. No queríamos saber mucho.”

Pomsel sintió un escalofrío de inquietud cuando los archivos de los guillotinados hermanos Scholl —miembros del grupo de resistencia de la Rosa blanca– pasaron por sus manos en 1943, pero cuando su jefe le dijo simpáticamente “¡Estoy confiando en que usted no va a espiar!”, ella obedeció. Ella le dijo a su entrevistador: “Aún estaba orgullosa de la confianza que él había puesto en mí. Eso era más importante que satisfacer mi curiosidad. Yo pensé que eso era algo muy noble de mi parte, nunca lo olvidaré”.

Sus padres huyeron a Postdam cuando su casa en Berlín fue bombardeada, mientras los rusos cerraban paso en la capital, uno de los consejeros de Goebbels le ofreció un aventón en su motocicleta. Después de este último encuentro, ella espero en vano al motociclista para que la llevara de vuelta a la ciudad, después descubrió que él se había llevado a su esposa y a su hija discapacitada a Wannsee, donde les disparó a ambas y después se sucidó.

Tan comprometida estaba con su trabajo que Pomsel abordó uno de los últimos trenes de vuelta a Berlín, para pasar días y noches terroríficas medio hambrienta en las oficinas subterráneas, en medio de la última batalla del Reich. “Cuando fui arrestada por los rusos pensé, ‘La guerra ha terminado’. Las cosas de alguna manera volverán a la normalidad. Los rusos que me interrogaron… Eran amables, yo pensé ‘ahora me dejarán ir a casa.’ En lugar de eso, fue encarcelada por cinco años, inicialmente en un antiguo campo de concentración: “Sentía que estaba siendo tratada muy mal y erróneamente… Porque todo lo que yo había hecho era redactar en la oficina de Herr Goebbels. No, entonces no me puedo hacer sentir alguna clase de culpa”.

Este es un libro que aparentemente no tiene ningún mérito literario o histórico. Una de las modas menos útiles en la historia de la edición, es la producción de memorias de personas cuya relevancia es puramente el haber vivido hasta una edad extremadamente adulta, convirtiéndose en “el último Tommy”. “el último Dambauster” o cualquier cosa. Habiendo entrevistado a cientos de sobrevivientes de guerra, puedo testificar que sus memorias se vuelven irremediablemente fragmentadas y poco fiables.

Quizás Pomsel hubiera ofrecido reflexiones más penetrantes si hubiera sido entrevistada muchas décadas atrás. No obstante, hoy, su ciento representa meramente los pensamientos de Fräulein Pooter’s (o mejor dicho, la falta de ellos) en uno de los eventos más terribles del siglo 20.

Y aún, y aún. El libro ha sido ensamblado por el periodista alemán. Thore Hansen, que contribuye con un largo epílogo. El traza en cuenta de Pomsel para advertir de los aterradores riesgos impuestos en el oeste moderno por “una tendencia hacia la apatía y pasividad política”. El nota que la mayoría de jóvenes que contestan las encuestas de opinión declaran una descarada falta de interés político, y una abrumadora preocupación por sus propias expectativas de vida.

Hansen escribe: “ Los esfuerzos egoístas e irreflexivos de Brunhilde Pomsel de asegurar su propia ventaja están teniendo lugar hoy en día en millares —en nosotros mismos—. Si la democracia se dobla tan profundamente en la economía, tanto que las personas piensan que ya no tienen influencia alguna en las instituciones, e incluso ven sus intereses traicionados, entonces los populistas y fascistas tendrán un camino fácil”.

Él ve el espíritu que está sofocando la democracia en Polonia, Hungría, Turquía como compartiendo mucho con el ambiente que ha producido el Brexit, y sobre el presidente estadounidense electo; “La retórica populista de Donald Trump… Revive las memorias de los tiempos más oscuros”. Hay peligro mortal en reconocer a un bruto como Trump como lo nuevo normal; sobre complacer su torrente de mentiras y de alguna manera una concesión necesaria a un punto de vista alternativo.

Este es el mensaje que Hansen deriva de las serenas recolecciones irracionales de Pomsel. Si esta en lo correcto, como me temo que lo esta, exponentes de los valores liberales del oeste deberían de estar más asustados de lo que estamos actualmente.

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