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Música, literatura y su alternativa hipertextual

El año pasado, poco después de estas fechas de fríos otoñales, para celebrar un bonito reencuentro y una, digamos, “travesura” que tardé 20 años en concretar, me hice de dos libros de música para engrosar mi muy selecta colección: Cerati’ y ‘Vida y música’ de Alejandro Marcovich, una biografía y una autobiografía; dos músicos argentinos; dos guitarristas, principalmente, aunque también multiinstrumentistas. Uno cambió el sonido del rock latinoamericano y otro le otorgó un sello muy especial, de madurez compositiva, a la banda más importante de rock mexicano (si es que alguna vez ha existido dicho término). Y los degusté más que otras personas debido a que eché mano de ciertas pausas digitales que conformaron una alternativa hipertextual.

Anteriormente, para sentarte a leer un libro por gusto era necesario establecer un ritual que incluía música sin poder de distracción (música conocida cuya presencia sirve de mero colchón para la lectura), una taza de café, té, o una copa de vino, buena luz, de preferencia natural, y un buen tiempo de ocio para apagar algunas áreas del cerebro y dejar las esenciales de los hemisferios derecho e izquierdo para esquematizar y procesar la información, respectivamente. Hoy en día, además de lo cardinal, conviene tener a la mano un par de audífonos y un dispositivo móvil con acceso a internet, específicamente a Google y YouTube.

En 1995, la fallida escritora Laura Esquivel publicó un libro llamado ‘La ley del amor’, una payasada abismal y pretenciosa que prometía ser una lectura multiformato que incluía un cómic y un disco compacto con los que ibas alternando la historia. Terrible. Como experimento tuvo un resultado estéril e incómodo por la portabilidad. Aunque se agradeció ese esfuerzo que derivó en gracejo, también se le consideró un abuso hacia los lectores incautos, obnubilados por el éxito de ‘Como agua para chocolate’.

Cuando era analista musical en medios como Rock Stage y El Universal hace poco más de una década, los cronistas de vieja guardia lamentaban que los analistas de entonces utilizáramos las ventajas de internet como herramientas de consulta y cruce de información, y para estar más cerca de los músicos y artistas que aplaudían la reducción de distancias para poder llevar a cabo una entrevista que, de mantenerse las formas añejas, habría tardado mucho tiempo. Resulta curioso que dichos cronistas fuesen aquéllos que traducían entrevistas completas de revistas extranjeras para publicarlas como propias.

La utilización de nuevos elementos para acompañar una lectura funciona más con biografías y libros dedicados a la música porque con tantos datos y nombres aparentemente desconocidos, es enriquecedor hacer una pausa y buscar, por ejemplo, quién es Adrián Taverna, también conocido como el “Cuarto Soda” por ser el encargado de sonorizar los conciertos de la banda y por ser un amigo esencial de Gustavo Cerati. De esa forma, a manera de hipertexto, es posible no sólo conocer la catadura del tipo sino revisar su currículum y hasta hallar su página en Facebook y decirte: “¡Demonios, el pibe no es como me lo imaginaba!” También es interesante confirmar que el grueso de las novias y esposas de Cerati parecen hermanas y tienen un deje de similitud con su madre Lilian en su juventud.

 

Pero este ejercicio no se limita a la lectura, ya que, mientras observamos una película como ‘Jimi: All is by mi side’ (John Ridley, 2013), podemos confirmar si Imogen Poots, la actriz que caracteriza a Linda Keith (conocida groupie y ex novia de Keith Richards que estaba infatuada con Jimi Hendrix), realizó un buen trabajo: ¡caso cerrado!

Las posibilidades son infinitas y permiten enriquecer el conocimiento. No obstante, si bien gracias a los blogs cualquiera pretende ser periodista, es necesario ejercitar el músculo del análisis para no sólo repetir, con otras palabras, lo que alguien más ya escribió.

Se trata de ser auténticos en todo sentido y generar no sólo un criterio propio sino intervenir en el criterio de los demás; ahí la diferencia entre cronistas y analistas. Porque la música, y la cultura en general, no se quedan únicamente en una consecución de notas secuenciadas perfectamente sino van más allá, se trata de aprender a rascar en todos los recovecos posibles para poder ejercer opiniones informadas y entender, por ejemplo, por qué se le ha dado el Nobel a Bob Dylan y no a Murakami, y saber responder con efectividad cuando te atacan por no gustarte Juan Gabriel ni considerarlo un fenómeno musical, si es el caso, a lo que yo respondo: “¿Tengo cara de que me guste? A mí me gusta David Bowie”. Pero para eso es importante conocer y tener bien ejercitado ese músculo que nos hace diferentes.

Alejandro Marcovich: Vida, música y el constante movimiento

En los últimos días nos hemos vuelto a encontrar con la historia de Caifanes, pero como el conjunto de sus partes, a través de una historia oral que nos permite encontrarnos con los protagonistas, los instantes previos, el anecdotario al interior y los detalles que permiten que los músicos sigan evolucionando después de un proyecto.

El pasado martes 8 de diciembre Luis Gerardo Salas se encontró con el guitarrista Alejandro Marcovich, quien tras presentar ‘Vida y música’ en la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, visitó la cabina de Rock 101 para platicar de su libro, el viaje desde Argentina, su desarrollo como músico y aquellos años en los que se armó de más tablas mientras trabajaba en el grupo de Laureano Brizuela.

Tanto en su libro como en la entrevista, se abordó su llegada a Caifanes, con su claro paso por Las Insólitas Imágenes de Aurora y los conflictos al interior que fueron una constante hasta el regreso de la banda en el 2011.

Sin embargo la entrevista que escucharán a continuación no es sobre la ruptura, es sobre las anécdotas que nos permiten conocer el momento en que escuchó la música de un grupo y descubrió que su guitarra era el complemento que faltaba, agregándola primero con la imaginación y después en la realidad; es una platica que nos sumerge en la conformación de una escena que se mantuvo oprimida en los 70 y creció con ansiedad creativa en los 80, pero sobre todo es una platica sobre transformar la palabra resentimiento en agradecimiento.

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