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Nueva historia

Aquel que controla el pasado, domina el futuro. Más o menos así me dijo cuando hablamos de la revolución que esta comenzando a escribirse en México. El cambio que ocurrió el 1 de julio fue apenas el principio. La brutal forma de ganar las elecciones confirmó que un País, sus ciudadanos, estaban cansados del régimen anterior. Las constantes muestras de antipatía popular que eran el resultado de descarados actos de corrupción que convirtieron al servicio público en una meta para obtener ganancias altamente lucrativas, fueron poco a poco destruyendo cualquier credibilidad del sistema, más aún cuando los resultados del trabajo de servidores públicos era intangible.

Carreteras inexistentes, trenes mal construidos, servicios ineficientes, discusiones infinitas sobre reformas necesarias para una mejor calidad de vida de todos nosotros. Ineficiencias irresponsables aderezadas con desplantes de arrogancia rodeada de choferes, guaruras, acciones de imposición diferenciada que subraya el “yo soy diferente y mejor a ti” que fueron creando un clima de violencia permanente en donde el contagio mas palpable se da cuando, en un acto de imitación, los aspirantes a ser “licenciado” o “licenciada” violentan las relaciones con sus congéneres comenzando con los adjetivos racistas, sexistas y déspotas, para luego continuar con la agresión física que se da, desde el momento de cruzarse en la banqueta, hasta el abrirse paso en aglomeraciones a base de codazos… hasta el ignorarse intencionalmente con la vista, nunca fijando la mirada en el otro, la otra.

Una gran cantidad de personas, cansadas de la violencia política que ha derivado en violencia social y cultural, decidió hacer una revolución y el resultado fue una victoria aplastante el 1 de julio a favor, prácticamente en su totalidad, de un candidato que a su vez es un partido. De un autentico Caudillo.

Lo agradecible de nuestras instituciones es la forma en que pudieron soportar la presión del cambio sin romperse. De otra manera la misma revolución hubiera sido de carácter violento. Sin embargo, el resultado es el mismo: el cambio de narrativa de aquí en adelante.

La gran revolución que estamos comenzando a vivir se esta gestando en el discurso cotidiano. Es la trampa en la que esta cayendo la nueva oposición. La violencia y virulencia de los ataques de la reacción  -en medios, en tertulias, en cafés, en grupos de amigos- han perdido los argumentos y solo recurren a la diatriba implacable que, una vez más, se basa en el racismo sociocultural y económico, dejando pasar factores que son aún más importantes en las propuestas diarias de cambio de discurso. Una revolución comienza en la semántica y crea ahí su sustento, y la famosa “cuarta transformación” esta en curso en el control que ya, hoy, se esta comenzando a propagar por todos los medios de comunicación convencional. Quienes antes eran opositores al antiguo régimen  -y que por congruencia ética y esencial deberían de continuar siendo opositores al nuevo régimen- están comenzando a ocupar espacios privilegiados creando un nuevo discurso oficialista.

Esta paradoja comienza la transformación de los actuales reaccionarios en los nuevos opositores. El espíritu colaboracionista de diarios, radios y tv’s ahora comienza su viraje hacia un nuevo servilismo al régimen, destruyendo la esencia que tuvieron durante el priato, confirmando las dudas que siempre han existido sobre su dudoso papel en el desarrollo del País, y eliminando el potencial critico convirtiendo al nuevo Presidente en, una vez más, una entidad todopoderosa que replicara el presidencialismo por la corriente de conveniencia “a sus ordenes” que los concesionarios y dueños de medios impresos están generando.

En este contexto el papel de lideres de la anterior critica inteligente se diluye cuando a instancias de una observación presidencial, regresan a ocupar un espacio claramente diseñado por conveniencia política. La construcción de un discurso alternativo y con libertad critica se ve amenazado cuando de facto se tiene el visto bueno, la aprobación, del nuevo poder fáctico.

En el éxtasis de esta nueva narrativa, intentando conmemorar los 50 años del 2 de octubre, un acto de autentico espíritu Orwelliano decide quitar todas las placas de Díaz Ordaz del sistema de transporte colectivo peligrosamente enviando un mensaje al mas puro estilo “ministerio de información” de que aquellos capítulos que no nos gustaron del pasado, ahora serán eliminados de nuestra memoria.

El gran riesgo de crear una narrativa exacerbada es crear de verdad entonces un caudillo con virtudes celestiales que seria el punto de partida de nuestra “nueva historia”.

Sigo convencido de que el cambio del 1 de julio era indispensable. El País necesitaba esta distensión y efectivamente la acción hacia el cambio. Los regímenes del siglo XXI destruyeron con envidiable eficiencia cualquier decoro político y convirtieron al gobierno en camarillas, pandillas, en la lucha por el botín. Estoy convencido de que la revolución pacifica que vivimos ese día con la gran participación electoral, con la encomiable reacción de los participantes del proceso -candidatos de oposición, Presidente, ejercito incluidos-, era imparable. Creo también que el tiempo entre la elección y la toma de posesión con un Presidente electo de una fuerza inimaginable y un Presidente en funciones de una debilidad también inimaginable, se ha convertido en un camino peligroso que por momentos ha estado en peligro de minarse. Por eso mismo también creo que son tiempos de mucha reflexión sobre el papel de cada uno de nosotros en la mecánica de construcción de los nuevos tiempos. Moderar el entusiasmo para observar y aportar conclusiones que den oportunidad a la realización de nuevas acciones, antes de destruir y criticar de antemano cualquier información, acción, comentario o palabra que viene del nuevo gobierno en ciernes. Pero también no dar una hoja en blanco firmada de antemano. Es la oportunidad de efectivamente aportar todos opciones de como nos gustaría ver y vivir y ser en México.

Si, nuestra historia reciente ha sido una tragedia autentica, y si, hay responsables que deberían ser castigados por acciones de gobierno que nos han acabado la tranquilidad, la posibilidad de un futuro. El juicio de la historia es aplastante y termina siempre por poner a cada quien en su lugar. Por eso, para empezar, debemos cuidar que muchas cicatrices ahí se queden. Para recordarnos los peligros del poder absoluto.

50 años después

Mi teoría es que octubre de 1968 freno la evolución de México. De venir de una economía estable y de una paz relativamente garantizada, un desarrollo social más o menos equilibrado, y una sociedad que crecía culturalmente al ritmo de otras sociedades en el mundo de la posguerra, la reacción gubernamental de 1968 freno de tajo el proceso de nuestra sociedad. En lugar de una reacción constructiva que aprendiera de las demandas estudiantiles que habían hecho suyas la clase media mexicana, el gobierno opto por el autoritarismo y creo entidades, a partir de la libertad de acción militar, que trabajaron en los subsuelos de la cultura policíaca de México desde entonces. La noche de Tlatelolco del 2 de octubre es solo el momento más notorio de las acciones autoritarias encaminadas a detener el libre pensamiento de la sociedad.

En ese mismo 1968 el mundo vivió momentos de desestabilización en el orden que se había impuesto a partir del fin de la segunda guerra mundial. Checoslovaquia, Francia, Inglaterra, y muy importantemente, Estados Unidos, grupos importantes de jóvenes cuestionaron los modelos de orden social, cultural y político que los regían. Si bien hubo reacciones airadas en contra de los movimientos generalizados de protesta, en general se tomaron las experiencias como fuentes de aprendizaje que generaron nuevas formas de entendimiento entre las sociedades. Alguna reacciones brutales, como la represión militar de Praga o Tlatelolco, comparten el espíritu autoritario con otras reacciones menos colectivas, en el sentido de una afectación física multitudinaria, pero igual de determinantes en el espíritu colectivo, como fueron, en Estados Unidos, los asesinatos de Robert Kennedy y Martin Luther King.

El freno que en México comenzó a aplicarse a la sociedad en octubre de 1968 se radicalizo en 1971 y a partir de ahí detuvo completamente las posibilidades del desarrollo critico de nuestra sociedad a lo largo de los próximo 17 años permitiendo, como consecuencia de un control absoluto del poder unipersonal del presidente, manejos económicos totalmente irresponsables de la economía nacional que, en esos años, creo el sistema corrupto de participación financiera descarada que genero nuevas riquezas, nuevas complicidades alrededor del poder político que se convirtieron en ejemplares para la actividad política en los próximos años hasta llegar a nuestro momento actual en donde el abuso del sistema creado en esos años ha creado la generación más corrupta de políticos de la historia reciente. No tanto por el engaño de su conciencia social, sino por los volúmenes de negocio y dinero obtenidos ilegalmente a través de la tentación de un puesto público.

Esa necesidad autoritaria germinada en 1968 cerro las fronteras de México con el mundo a lo largo de 17 años en donde la industria mexicana -en prácticamente todas sus áreas- fue sobre protegida, con lo cual no aprendió a competir, la academia fue acotada, con lo cual no se crearon nuevas mentes con visión de cambio o de posibilidades a futuro, y a sociedad fue alienada a través de los medios de comunicación que enviaron ad nauseam mensajes de pertenencia a ‘grupos selectivos de influencia’ que retomaron los principios de segregación y desprecio de clase.

Esa necesidad de pertenencia a un grupo privilegiado dio como resultado el ‘influyentismo’, epidemia que ha evolucionado hasta nuestros días en la actitud déspota y arrogante de grupos sociales que respaldan de manera poco reflexiva a grupos de poder, tan solo por la idea fantasiosa de pertenecer a esos mismos grupos. Fantasía que satisfacen con desplantes públicos de arrogancia y despotismo. La falta de dialogo con el mundo entero, entre 1970 y 1988 fue sustituida por la construcción de una sociedad introspectiva que giraba alrededor de la figura autoritaria del presidente como eje de la cultura de vida en general rigiendo todos los comportamientos sociales así como las actividades de cada miembro de la sociedad. Desde los que aspiraban a un cargo burocrático importante, hasta los que necesitaban esa interacción servil con el ‘grupo de poder’ para garantizar la supervivencia y la chamba.

En el caso de los Estados Unidos, el sacudimiento que significaron esos dos asesinatos en la segunda mitad de la década de los 60’s en la cúspide del movimiento hippie, de la liberación juvenil a través de la música y la contracultura -Martin Luther King, abril 1968, Robert Kennedy, junio 1968- fue retomado por los grupos intelectuales y académicos que, en una conciencia colectiva, presionaron a los poderes facticos para que se aplicaran las transformaciones que exigía la sociedad civil con relación a los derechos civiles, laborales, políticos. La consecuencia de dos asesinatos que intentaron frenar el avance de los movimientos colectivos de cambio fue el fortalecimiento de los mismos debido, repito, a una sociedad en su conjunto que, en este caso desde la cúpula de poder, comprendió que el autoritarismo no era la alternativa, y que solo la concesión paulatina y controlada de las demandas populares podía despresurizar, sin afectar el desarrollo social, el entorno de estridencia que vivía el país en 1968. Aunque todavía vendrían eventos que confirmarían la necesidad de cambio, a principios de los 70’s, la resistencia a ejecutar acciones de carácter autoritario por parte del presidente, acotado por instituciones sólidas de auténtico contrapeso que ayudaron a orientar el pensamiento político hacia una salida negociada, coadyuvo a que la evolución social continuara su ruta natural, manteniendo el crecimiento económico y creando nuevas generaciones con ideas progresistas con relación a un mejor futuro de bienestar colectivo.

El gran riesgo del actual proceso electoral mexicano es que, por primera vez, realmente las instituciones políticas están en el frente de la prueba de la democracia. El actual proceso electoral mexicano será decidido en su mayoría por una generación participativa entre los 25 y 40 años, la primera generación realmente libre de la alienación partidaria de los setentas y ochentas, en donde el ejercicio democrático de una elección por primera vez está siendo atendida por mentes que revisan, estudian discuten, tienen una voz sin control -las redes sociales-, y que, desencantados por las historias de decadencia estructural del sistema político mexicano, auténticamente no creen en nadie.

Por primera vez en la historia demócrata de México hay una generación que, lejos de los medios convencionales y su potencial envenenamiento ideológico, van a buscar ser convencidos a través del dialogo, la creatividad constructiva, la propuesta creíble y realizable. La oferta honesta que vislumbre un mejor México para su futuro.
Por primera vez en un proceso electoral, un gran sector de la población -que va a ser determinante para el resultado de la elección 2018- va a buscar ser convencido. Sin concesiones.

Tengo la sensación de que ese freno impuesto en 1968, que fue liberado parcialmente en 1988, hoy, 50 años después, se ha roto sin que los detentadores del poder se hayan dado cuenta, sin que los ‘pensadores políticos’ de nuestro País lo comprendan, y el ritmo natural de evolución social retoma su rumbo con una necesidad imperante de actualización por el tiempo perdido.

Esperemos que el autoritarismo, esa tentación que surge cuando el grupo en el poder ve perdidas sus perspectivas de mantener el status quo, sea frenado por la conciencia histórica que exige México en el inicio del siglo XXI.

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