Sismo CDMX – Una oportunidad

Escrito por: Carlos Gonzalez

Fecha de publicación: 24 septiembre, 2017

 
Fue la catedral del Centro Histórico el espacio de devoción en el que nunca había estado. El infortunio del tiempo y el espacio me puso en medio de una catástrofe de la cuál no hay espacio para el hubiese. El temblor del pasado martes 19 de septiembre cimbró la zona de confort de la cual nos urgía salir. El miedo no es una exageración ni es producto de la debilidad del hombre, es tan solo la energía guardada y arraigada en el amor que uno siente. Amor por las personas, por la familia, por la dicha de estar aquí y ahora, por el recuerdo de lo que una vez fuimos, pero, sobre todo de lo que queremos ser.
Y es que la naturaleza nunca ha estado tranquila ni satisfecha con el hombre, pues día a día nos avisa de nuestro conformismo e ignorancia. La naturaleza no es la lluvia sobre el cuerpo ni el frio en invierno; es la actitud del hombre sobre quien lo rodea. Y si, el martes nos rodeamos de miedo pero también de soberanía, aquella que sumergida en el facto político y social nos discrimina según nuestra economía y ética moral. La naturaleza nos recordó quiénes somos lejos de las instituciones, lejos del mercado y la autonomía de la que carecemos. Nos necesitamos y nos ayudamos, nos levantamos.
Nos conocimos porque en el “buenos días” y el “hasta luego” nos escondemos en el diluvio de la prisa. El escalofrío del temblor nos recuerda el tiempo que nos sobra o nos falta, el tiempo que hemos dejado ir en el afán de creernos inmortales. La lucha social, en ojos de Marx, desintegra nuestra condición privada y ajena a los asuntos del Estado. Hoy, la idea es clara y precisa, no somos ajenos a nada ni a nadie y a ello nos debemos como sociedad civil que cimienta los valores y congruencias de una vida generacional que tal vez ya no veamos. No ayudamos por lo que pasó sino por lo que vendrá y en forma estricta no es ayuda sino una condición de vida y responsabilidad para ser mejor humanos.
 
 
Las paredes podrán caer pero no así nuestra historia, aquella en la que el monumento no es de concreto sino de solidaridad y armonía en favor de los nuestros para recibir con los brazos abiertos a quien aún le debemos tanto: la tierra prometida, de la que nuestros hijos quieren saber y merecen. No está encima de nosotros una loza pesada ni la nostalgia; está la oportunidad de reivindicarnos en muestra de fe con los que siempre han estado a nuestro lado, con los que no merecen un beso o un abrazo porque las cosas no están bien. Está lo oportunidad para ser eternos en nuestra búsqueda de amor.