Resentimiento

Escrito por: Luis Farias

Fecha de publicación: 30 agosto, 2019

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El resentimiento no es un pecado, pero para Unamuno era “el más grave de todos; más que la ira, más que la soberbia”. 

El resentimiento tampoco es odio o rencor; aquellos suelen ser originados por alguien o algo (evento) concreto que, al desaparecer aquél o aquello, hace cesar el resentimiento.

El resentimiento es en realidad una pasión; algo que se padece, frente al cual el sujeto juega una situación pasiva.

El resentimiento suele ser impersonal e inasible; no responde a algo o alguien concreto, sino a la vida, la suerte, el destino o los malos. Por eso infiltra y carcome el alma entera, se denuncia en cada acción y se imputa a todos y todo. No hay alguien que nos las pague por ello, o algún obstáculo que podamos remover para apagarlo, porque está en todos lados y en todas las situaciones.

El resentimiento es un Re-Sentir algo que produjo en nosotros una reacción, fugaz o duradera, “de dolor, de fracaso o de cualquier sentimiento de inferioridad”, algunos lo superan, otros jamás. Gregorio Marañón estudió a fondo el resentimiento en un análisis extraordinario que hizo de la vida de Tiberio. Según Marañón, esa reacción “queda presa en el fondo de la conciencia, acaso inadvertida; allí dentro, incuba y fermenta su acritud; se infiltra en todo nuestro ser; y acaba siendo la rectora de nuestra conducta y de nuestras menores reacciones.” Este sentimiento, en permanente ritornello, se Re-Siente en una frustración que vivimos una y otra vez, in crescendo, con cada nuevo evento que nos afecta.

El resentido es una persona sin generosidad, porque el generoso está dispuesto a comprender, “la última raíz de la generosidad es, pues, la comprensión” y solo quien está dispuesto a comprender todo es capaz de amar todo; así, el resentido suele ser “un ser mal dotado por el amor; y, por lo tanto, un ser de mediocre calidad moral” (Marañón).

Robespierre, que fue otro gran resentido, consideraba al agradecimiento como esclavitud: agradecerle a alguien me esclaviza para con él, según su parecer, así que hasta quien hace bien a un resentido es objeto de su inquina.

Pero no hay nada peor que un resentido con poder. El poder suele atraer a los resentidos, les cautiva e irrita a la vez, les “ata amargamente” al séquito de los poderosos. En el primer siglo de la era cristiana, de diez emperadores romanos, siete murieron asesinados y casi todos fueron sucedidos por sus asesinos.

En el resentido, insistimos, hay una falta de comprensión, empezando entre su capacidad real para triunfar y la que supone; el resentido tiene un umbral de fracaso muy limitado y una incapacidad innata para comprenderlo y, por ende, procesarlo, de suerte que todo y todos alcanzan para él calidad de ofensa y categoría de injusticia.

El resentido es siempre un fracasado; fracasado en relación a su ambición, de suerte que, hasta el triunfo, si bien puede aminorarlo, termina confirmándolo. Es, dice Marañón, “una consagración solemne de que estaba justificado su resentimiento; y esta justificación aumenta la vieja acritud”.

Lo anterior explica el resentimiento vindicativo cuando quien lo padece llega al poder

Lo peor de todo es que el resentimiento no tiene cura, porque la generosidad nace del alma y no se puede recetar o inocular.

Tiberio, Calígula, Claudio, Nerón y Domiciano fueron grandes resentidos y todos fueron objeto del ciclo del resentimiento en el poder. Ante todo, la incertidumbre, siempre imprevisibles, desconcertantes, en un viaje de lo accesible y sociable a lo severo y cruel; contentos y entusiasmados en un momento, deprimidos y coléricos en otro; proclives a la embriaguez del poder y a su uso desmedido, vindicativo, locuaz. 

El poder puede sublimar o pervertir, los resentidos suelen ser presas de su perversión hasta niveles de barbarie. Nerón sostenía: “Yo soy el arbitro de la vida y de la muerte de los pueblos. El destino está en mis manos. Lo que la fortuna quiera atribuir a cada cual, es mi boca la que lo deba de decir. De una respuesta mía depende la felicidad de las ciudades. Sin mi consentimiento, ninguna puede prosperar”, citado por Séneca.

Finalmente, el resentido está condenado a la soledad y a la angustia. Termina aislado, recelosos y desconfiado de todos y de todo, hasta de su sombra teme.