Resentimiento por Navidad

Escrito por: Luis Farias

Fecha de publicación: 26 diciembre, 2018

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Foto: lfmopinion.com

La política no es la obra y servicios públicos, no son instituciones, leyes y métodos para procesar los problemas que nos aquejan, no son las inversiones, ni las cárceles; los semáforos o alcoholímetros; política es ese ánimo social que se expresa en cohesión, eso al que el viejo oficialismo llamaba unidad nacional.

Y, como la salud, la política sólo se valora cuando se echa de menos.

Pues bien, el ánimo mexicano hoy es de ira y polarización; pendenciero, rencoroso; ruin, iracundo.

Es ausencia de política o, si se quiere, exceso de una política entendida como confrontación y exterminación. La ira, según Foucault, no era para la ética antigua un simple arrebato de alguien contra otro; era siempre “un arrebato de quien tiene más poder y está en condiciones de ejercer ese mayor poder más allá de los límites que son razonables y, por lo tanto, moralmente aceptables. La ira es siempre el arrebato del más fuerte.” De allí que el discurso político y de poder, debe ser atemperado para no esparcir iracundia en la sociedad.

Lo malo es que ha calado hasta el seno familiar, en su mesa, incluso navideña, priva el encono y se esparce la división.

Las discusiones no se procesan valorando diferencias, sino extremándolas a sus antípodas. La discrepancias terminan a gritos, insultos, mentadas y hasta golpes.

Priva el resentimiento y un ánimo vindicativo, hiriente, mortífero. Entendible entre gente que no tienen lazos de sangre, amistad y comunidad, pero no entre hermanos.

Pero parece que no hay términos medios, ni espacio para la tolerancia y el disentir. O estás conmigo o estás en contra. O sé es fifi o sé es chairo, por sobre hermano, hijo o primo.

¿Y ahora qué vamos a hacer?, pregunta la abuelita entre lágrimas; pues cada quien por su lado le responde el ostracista, sin ver que es también el ostracado. 

La diáspora, la exclusión: migración familiar, no territorial. ¡Terrible!

Y esos no son más frutos políticos, porque si bien la política sirve para unir diferenciando, también sirve para dividir extremando.

Y esa polarización que ha calado en el seno familiar y corroe todo el tejido social es obra política de un discurso y una actitud de apartheid; de odio, de división, de enfrentamiento.

De un discurso que no permite espacios de encuentro, tolerancia y cohesión.

Pues bien, por sus obras los conoceréis, y es el rencor social lo que define la Cuarta Transformación y la iracundia, hasta hoy, su fruto.

Hasta las familias ha escindido la dicotomía de chairos y fifis, ambos términos peyorativos, irreconciliables. México escindido en su núcleo fundacional.

Ayer cae un helicóptero y sin mayor información unos festejan y otros sospechan, cuando no culpan abiertamente.

La civilidad política hubiera (verbo de pasos perdidos) aconsejado un telefonema a la nueva Gobernadora, un guiño político e institucional, un sesgo civilizado y civilizatorio; pero no, privó el ánimo pendenciero electorero y ahora, tras su muerte, ese pecado dispara cualquier tipo de especulaciones que solo ahondan más la división y en encono.

Pero ha sido el propio gobierno quien con sus actos ha volado por los aires los puentes de encuentro y entendimiento, a veces por cosas tan nimias como respetar un fallo judicial y reconocer triunfos ajenos, propios de toda democracia; en otras por no aceptar la pluralidad esencia de la sociedad.

Pues bien, esta es la navidad que muchas familias vivieron, la primera de la Cuarta Transformación, una navidad de desencuentro y ostracismo familiar, de desgarres fraternales: pues ya no eres mi hermano, primo o hijo, eres el “otro”, el adversario, el enemigo, el malo.

Debo señalar que en ambas posturas persiste la cerrazón y el encono; que los ánimos están a flor de piel, que priva la ira sobre la razón y el afecto, y que eso es obra política que entiende la convivencia como enfrentamiento y aniquilación del otro, y el poder como venganza y resentimiento.