Precariedad y Estado

Escrito por: Luis Farias

Fecha de publicación: 9 abril, 2019

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La sociología y la psiquiatría han mostrado que el hombre teme a la libertad: “si el hombre simplemente siguiera sus propios instintos, no buscaría la libertad, sostiene Cassierer; más bien optaría por la dependencia… la libertad suele considerarse más una carga que un privilegio”.

Por otro lado, el proceso de individuación, liberación de la dependencia familiar, conlleva inevitablemente una sensación de soledad, “impotencia y nerviosismo”, de suerte tal que “suele suscitarse el impulso de renunciar a la propia individualidad, y de deshacerse de esa sensación de soledad e indefensión sumergiéndose completamente en el mundo exterior” (Fromm).

De esta “huida de la libertad” se aprovechan los totalitarismos. Su versión siglo XX fue novelada por Orwell y Huxley que compartieron la visión de un aparato supremo de control político situado fuera del alcance del sujeto que se colaba hasta el último rincón de sus vidas.

“El Estado omnisciente, omnipresente y omnipotente del que habría de venir la esclavitud final (…) del individuo se consideraba sobredeterminado. La causa de la sobredeterminación era la convergencia de dos tendencias distintas, aunque complementarias: el malestar de los individuos ante la necesidad de elegir, y el celo de los políticos sedientos de poder para reducir la posibilidad de elección a un mínimo, o para prohibirla del todo”. (Bauman)

A estas consideraciones, el siglo XXI y el totalitarismo reciclado en populismos, suman la “institución de la inseguridad” como forma de dominación de una existencia precaria producto de la regularización de un Estado desregularizador que hace “de la inseguridad social el principio positivo de la organización colectiva” (Bourdieu).

Parte de esta inseguridad es el confinamiento de los recursos y las políticas a la escala individual: becas, ayudas, apoyos entregados directa y personalmente, sin intermediarios ni organizaciones que en un momento dado pudieran interactuar frente al Estado. La dependencia se hace así absoluta, yo de cara al Estado de quien todo depende.

Tal precariedad, además, deja al individuo incapacitado para ver y atender las condiciones colectivamente compartidas e imposibilitado para organizarse en defensa de ellas. Las causas comunes y la solidaridad pierden así contenido: “nada puede obtenerse con el hecho de aunar esfuerzos y de actuar en concierto; más aún, que mientras que las dificultades individuales pueden ser moldeadas y trabajadas a voluntad, el funcionamiento de la sociedad ha sido decidido de una vez y para siempre y ya no está sujeto a una reforma consciente. Una vida individual es un puñado de alternativas, pero no hay una alternativa para la forma de la sociedad en la se vive esa vida. Sobre todo, ‘lo privado’ y ‘lo público’ han sido dispuestos en diferentes esferas, y permanecen incomunicados y ambas esferas están sujetas a lógicas diferentes y virtualmente intraducibles” (Bauman): “individualización forzosa de intereses, proyectos y actividades” frente al Estado.

La conversación cambia cuando en lugar de hablar de guarderías infantiles y el fenómeno público de atender sus necesidades psicomotrices, nutricionales, afectivas y de sociabilización de los niños en edad de su cuidado, se trata de apoyos económico clientelares a sus madres; uno versa sobre el desarrollo integral de los menores, otro de lealtad electorera por dependencia, aislamiento frente al Estado, control político, maquinarias partidarias, sometimiento.

El apoyo directo a madres no va direccionado y menos garantiza la atención temprana y el debido cuidado de los infantes; imposibilita su abordamiento integral como asignatura social y reduce el fenómeno y sus consecuencias a cálculos de mero medro político.

Finalmente, los niños no votan, son unos beneficiarios sin rendimiento electoral ni asidero clientelar. Las madres sí.

La libertad, pues, es algo que demanda aprendizaje, desarrollo y carácter por parte del gobernado, pero también responsabilidad política y ética del gobernante.