Política en el posmodernismo

Escrito por: Rock101

Fecha de publicación: 12 agosto, 2019

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Escrito por Adán Pérez.

Vivimos tiempos complejos. Las noticias dan cuenta de acontecimientos que hace diez años parecerían inéditos. Lo que otrora parecía extraordinario, hoy es ordinario. Se ha normalizado este estado de cosas que cada día sorprenden menos, o ya no sorprenden.

Actores políticos sin precedentes han irrumpido en la escena mundial y han arribado al mando de las naciones, como antagonistas extraídos de una novela distópica. Sus acciones aparentemente se explican por sus personalidades; sin embargo, éstas son la consecuencia de su contexto. Son hijos de su tiempo.

Ante la complejidad de nuestro presente, el futuro se vislumbra caótico. La explicación de los fenómenos cotidianos no necesariamente se encontrará en un futuro que estudie a la distancia estos días. La definición de esta realidad estaba delineada desde hace casi cuarenta años.

Jean-François Lyotard (La condición postmoderna, 1979) abordó la condición del saber en las sociedades más desarrolladas. La condición postmoderna es incredulidad ante los megarrelatos: la justicia, el contrato social, el equilibrio de los mercados, la paz universal. Planteó que el saber se encuentra afectado por la transmisión de conocimientos: la multiplicación de las máquinas de información afecta la circulación de los conocimientos y compromete la interpretación y asimilación de datos. La incidencia de las transformaciones tecnológicas sobre el saber ha sido considerable.

Aunque las máquinas cada vez son más capaces de almacenar y procesar más información, la mente humana no se ha desarrollado en la misma medida; inclusive, como afirma Yuval Noah Harari (Sapiens: Breve historia de la humanidad, 2014), el cerebro del hombre actual procesa menos información que los primeros homo sapiens.

Entonces, ¿cómo es posible que en el marco de la conmemoración de los cincuenta años de la llegada del hombre a la luna el cerebro humano procese menos información que cuando se descubrió la agricultura?
La incapacidad de procesar información aunada a las facilidades que brindó la tecnología para desempeñar las actividades productivas que antes demandaban mucho generó tiempo libre, ocio, hedonismo, personalización e individualización.

Estas circunstancias habían sido ampliamente analizadas por Daniel Bell (Las contradicciones culturales del capitalismo, 1976). Para Bell el hedonismo tuvo como consecuencia ineluctable la pérdida de la Civitas, el egocentrismo y la indiferencia hacia el bien común, el declive de la legitimidad de las instituciones. Afirmó que la crisis cultural conduce a la inestabilidad política, pues en tales circunstancias, las instituciones tradicionales y los procedimientos democráticos de una sociedad se
hunden y aumentan las iras irracionales con el deseo de ver surgir a un hombre providencial que salve la situación.

Para Gilles Lipovetsky (La era del vacío, 1983), el egocentrismo y la indiferencia fueron aspectos tan generalizados que describían a esta generación con el narcisismo: Si a cada generación le gusta reconocerse y encontrar su identidad en una gran figura mitológica o legendaria que reinterpreta en función de los problemas del momento, hoy es Narciso el símbolo de nuestro tiempo; se extiende un individualismo puro, desprovisto de los últimos valores sociales y morales.

Si la modernidad se identificó con el espíritu de empresa y la esperanza futurísta, por su indiferencia histórica, el narcisismo inaugura la posmodernidad. El narcisismo surge de la deserción generalizada de los valores y finalidades sociales, provocada por el proceso de personalización; el abandono de los grandes sistemas de sentido
e híper-inversión en el Yo. Este último autor sostiene que la misma apatía se encuentra en el ambiente político.

La política entró en la era de lo espectacular en detrimento de la conciencia rigorista e ideológica para conseguir una curiosidad dispersada, captada por todo y nada. En un entorno de hedonismo, personalización e individualización, o narcisismo, los actores políticos han manejado un discurso que enuncia lo que todos quieren escuchar, aunque resulte contradictorio con aquello que para todos es al mismo tiempo inaceptable. Este es el caldo de cultivo de las fake news y de los otros datos.

La comunicación política parece aprovechar la coyuntura existente entre las ventajas que puede aportar la tecnología en términos de cantidad de información así como el alcance y cobertura; la incapacidad del ciudadano ordinario para compilar e interpretar en su conjunto todos esos datos, por su carencia de formación especializada, pero también por la apatía generalizada de las sociedades posmodernas que viven en continuo ensimismamiento o narcisismo que limita sus posibilidades de interacción real y consciente con su entorno.

El volumen de información suministrada en la narrativa política es tan abundante y diversa que hoy se precisa un grupo interdisciplinario de expertos y especialistas en continuo seguimiento para su interpretación y asimilación. Aun así, dicha labor es infructuosa porque aunque esta información se interprete, se coteje y se traduzca a un lenguaje más accesible, el narcisismo social hace oídos sordos de este trabajo.

La política en el postmodernismo es un círculo vicioso, donde los actores políticos son el fruto de una incredulidad en las instituciones, sus valores y sus dogmas, alimentados por la indiferencia, el hedonismo, la personalización e individualización de una sociedad narcisista y simultáneamente, retroalimentadores de dicha colectividad, con sus estrategias de comunicación política.