Operación cicatriz

Written by on 05/07/2018

Existen entre nosotros monstruos y diablos que habitan los sótanos de nuestras sociedades y culturas. Monstruos y diablos que permanentemente están al acecho para apoderarse de nosotros. Rondan nuestros pensamientos cotidianos, permean a veces en nuestras íntimas conversaciones de café. En ocasiones se exhiben descarada y públicamente trepados en la furia que provoca la frustración ante los obstáculos cotidianos. Habitan en los sótanos de nuestras sociedades y culturas porque la sabiduría centenaria de los dolorosos procesos hacia nuestra civilización ahí los ha guardado. Liberados en distintos momentos de nuestra historia, son capaces de tomar el control de nuestra cotidianeidad y transformar eras completas de la civilización humana para convertirlas en estrepitosas muestras de crueldad, desprecio y destrucción colectivos. Los distintos momentos en la historia en que esos monstruos y diablos han dejado la soledad de los pensamientos cotidianos para convertirse en manifestaciones altisonantes aceptadas públicamente, se han convertido en voces estridentes que rebasan la discreción de la conversación de café, y han convertido la furia por la frustración cotidiana en manifestaciones elocuentes de violencia física, real, destructiva y cruel, el género humano ha sufrido profundamente.

Como nunca, en el pasado proceso electoral mexicano 2018, esos monstruos y diablos estuvieron paseándose entre nosotros liberados peligrosamente por la ambición sin conciencia histórica, social o cultural, de los protagonistas de la contienda. Como nunca, la elección por la Presidencia de la Republica se convirtió en una lucha de clases que ha dejado de manifiesto las profundas divisiones que nos separan a los mexicanos y que estuvo a punto de desbordarse en un conflicto irreparable. La virulencia de los ataques personales buscando pertenencia de género, identificación de nivel socioeconómico, empatía en la antipatía a rasgos estereotipados físicos y folklóricos sin respeto a la palabra, al enorme valor de la palabra, usada esta de manera irresponsable adjetivando al adversario hasta convertirlo en enemigo, parecía permear eficientemente en nuestra sociedad, incrementada su penetración con el bombardeo insistente y vulgar de comunicadores y ‘periodistas’ que atinadamente retomaban las partes más morbosas de la contienda para exhibir, muchas veces bajo consigna, los dislates frecuentes en los que caían las arengas incontrolables de estos predicadores del odio y la confrontación, convirtiendo la narrativa de un proceso electoral en una especie de nota roja, amarillista, nota de escándalo.

Afortunadamente la sabiduría popular, la mecánica de supervivencia de la comunidad apoyada en la inteligencia emocional colectiva compartida en un dialogo permanente amplificado por el uso e influencia de las redes sociales y por una visión fresca y joven de la sociedad, reacciono oportuna y contundentemente. Ante la búsqueda de penetración del mensaje de odio y divisionismo -que en el pasado uso irresponsablemente por primera vez de manera descarada un candidato en el 2006 provocando la primera gran fractura de la sociedad mexicana en el México moderno-, en esta ocasión la permanente reacción compartida en nuevos y desconocidos contextos para la mayoría de los candidatos, fue anulando poco a poco cada mensaje de destrucción, hasta convertir el discurso profundo del proceso electoral en uno de cambio. Cada ataque, cada intento de violencia verbal fue transformado por esa sociedad joven, fresca que llega a su primer o segundo proceso electoral con una perspectiva protegida de los monstruos y diablos basada en la hiperinformación y la libertad de pensamiento consecuencia de un intercambio cultural abierto al mundo, que, sin los prejuicios arraigados en la esencia de los discursos trasnochados de divisionismo y polarización de candidatos en busca del poder a toda costa, están buscando la construcción de sus propias y nuevas relaciones de poder. El intento de volver a dividir a la sociedad que busco el establishment desesperadamente fue el motor para la auténtica revolución que ocurrió el 1 de julio 2018. Una revolución en el más civilizado estilo del siglo XXI: sin violencia, expresada en una abrumadora participación ciudadana reconociendo su auténtico poder en el sufragio, generando una masiva y contundente respuesta a favor del cambio.

Fueron los herederos de la esa sabiduría centenaria, la sociedad misma, no sus líderes, la que supo acallar, dominar y devolver a los monstruos y diablos a sus sótanos. La avalancha participativa en una dirección fue la que provoco la reacción madura y responsable de los participantes en el proceso, entregándonos, sin ningún regateo en el reconocimiento de cada uno de los protagonistas, el proceso electoral más terso y exitoso de la historia de México en donde cada quien ha hecho su parte desde el 1 de julio: contendientes que conceden dignamente la victoria, el Presidente que institucionalmente la reconoce, los empresarios que comienzan a incorporarse de manera dinámica en las nuevas propuestas y proyectos. Hasta los comunicadores y ‘periodistas’ que previsible y tristemente se exhiben cambiando radicalmente de perspectiva. Todos, todos los participantes reaccionando al mandato de la sociedad manifestado de manera contundente y clara a través de la herramienta más poderosa del proceso electoral: el voto y la participación.

La auténtica Operación Cicatriz la comenzó la sociedad misma el domingo. En contra de aquellos que predijeron la polarización profunda de la sociedad a partir de los discursos y los rumbos de las campañas, la auténtica naturaleza de la comunidad se manifestó el domingo 1 de julio 2018 demostrando que la convicción colectiva es mucho más poderosa que las ‘intelectualidades’ de war rooms de campaña o estudios de predictibilidad.

Estoy convencido que efectivamente los héroes de esta elección fuimos todos. Los que votaron a favor de los ganadores y los que no. Todos. Porque descubrimos que tenemos el auténtico poder de cambiar la narrativa de la historia por la pacifica vía de la participación y el ejercicio de los derechos ciudadanos.

Desde el lunes 2 de julio el ambiente en la calle es otro. La distención social se ha logrado como primer paso de este proceso. Los comunicadores y ‘periodistas’ habituales se perciben incomodos, perdieron la fuerza de la palabra y están en la búsqueda de recuperarla. Los modos y los contextos han cambiado. No solo en los medios de comunicación. En las redes, en las oficinas, en el dialogo horizontal que ha creado nuevos códigos de intercambio. Más respetuosos entre nosotros. Reconociéndonos en los otros.

La potencia del mensaje del 1 de julio ha acallado por el momento a los monstruos y diablos de nuestros pensamientos cotidianos, los ha regresado a la discreta conversación de café y los breves momentos de furia. Los ha regresado al sótano del que de nosotros y nuestras acciones y aprecio por el momento que estamos construyendo, depende permanezcan ahí.

Estamos viendo y viviendo la experiencia de saber nuestro poder colectivo. Este momento histórico nos reintegró la conciencia de nuestra importancia individual en la construcción colectiva.

Al final, todos vamos en el mismo viaje.

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