Nueva historia

Escrito por: Luis Gerardo Salas

Fecha de publicación: 3 octubre, 2018

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Aquel que controla el pasado, domina el futuro. Más o menos así me dijo cuando hablamos de la revolución que esta comenzando a escribirse en México. El cambio que ocurrió el 1 de julio fue apenas el principio. La brutal forma de ganar las elecciones confirmó que un País, sus ciudadanos, estaban cansados del régimen anterior. Las constantes muestras de antipatía popular que eran el resultado de descarados actos de corrupción que convirtieron al servicio público en una meta para obtener ganancias altamente lucrativas, fueron poco a poco destruyendo cualquier credibilidad del sistema, más aún cuando los resultados del trabajo de servidores públicos era intangible.

Carreteras inexistentes, trenes mal construidos, servicios ineficientes, discusiones infinitas sobre reformas necesarias para una mejor calidad de vida de todos nosotros. Ineficiencias irresponsables aderezadas con desplantes de arrogancia rodeada de choferes, guaruras, acciones de imposición diferenciada que subraya el “yo soy diferente y mejor a ti” que fueron creando un clima de violencia permanente en donde el contagio mas palpable se da cuando, en un acto de imitación, los aspirantes a ser “licenciado” o “licenciada” violentan las relaciones con sus congéneres comenzando con los adjetivos racistas, sexistas y déspotas, para luego continuar con la agresión física que se da, desde el momento de cruzarse en la banqueta, hasta el abrirse paso en aglomeraciones a base de codazos… hasta el ignorarse intencionalmente con la vista, nunca fijando la mirada en el otro, la otra.

Una gran cantidad de personas, cansadas de la violencia política que ha derivado en violencia social y cultural, decidió hacer una revolución y el resultado fue una victoria aplastante el 1 de julio a favor, prácticamente en su totalidad, de un candidato que a su vez es un partido. De un autentico Caudillo.

Lo agradecible de nuestras instituciones es la forma en que pudieron soportar la presión del cambio sin romperse. De otra manera la misma revolución hubiera sido de carácter violento. Sin embargo, el resultado es el mismo: el cambio de narrativa de aquí en adelante.

La gran revolución que estamos comenzando a vivir se esta gestando en el discurso cotidiano. Es la trampa en la que esta cayendo la nueva oposición. La violencia y virulencia de los ataques de la reacción  -en medios, en tertulias, en cafés, en grupos de amigos- han perdido los argumentos y solo recurren a la diatriba implacable que, una vez más, se basa en el racismo sociocultural y económico, dejando pasar factores que son aún más importantes en las propuestas diarias de cambio de discurso. Una revolución comienza en la semántica y crea ahí su sustento, y la famosa “cuarta transformación” esta en curso en el control que ya, hoy, se esta comenzando a propagar por todos los medios de comunicación convencional. Quienes antes eran opositores al antiguo régimen  -y que por congruencia ética y esencial deberían de continuar siendo opositores al nuevo régimen- están comenzando a ocupar espacios privilegiados creando un nuevo discurso oficialista.

Esta paradoja comienza la transformación de los actuales reaccionarios en los nuevos opositores. El espíritu colaboracionista de diarios, radios y tv’s ahora comienza su viraje hacia un nuevo servilismo al régimen, destruyendo la esencia que tuvieron durante el priato, confirmando las dudas que siempre han existido sobre su dudoso papel en el desarrollo del País, y eliminando el potencial critico convirtiendo al nuevo Presidente en, una vez más, una entidad todopoderosa que replicara el presidencialismo por la corriente de conveniencia “a sus ordenes” que los concesionarios y dueños de medios impresos están generando.

En este contexto el papel de lideres de la anterior critica inteligente se diluye cuando a instancias de una observación presidencial, regresan a ocupar un espacio claramente diseñado por conveniencia política. La construcción de un discurso alternativo y con libertad critica se ve amenazado cuando de facto se tiene el visto bueno, la aprobación, del nuevo poder fáctico.

En el éxtasis de esta nueva narrativa, intentando conmemorar los 50 años del 2 de octubre, un acto de autentico espíritu Orwelliano decide quitar todas las placas de Díaz Ordaz del sistema de transporte colectivo peligrosamente enviando un mensaje al mas puro estilo “ministerio de información” de que aquellos capítulos que no nos gustaron del pasado, ahora serán eliminados de nuestra memoria.

El gran riesgo de crear una narrativa exacerbada es crear de verdad entonces un caudillo con virtudes celestiales que seria el punto de partida de nuestra “nueva historia”.

Sigo convencido de que el cambio del 1 de julio era indispensable. El País necesitaba esta distensión y efectivamente la acción hacia el cambio. Los regímenes del siglo XXI destruyeron con envidiable eficiencia cualquier decoro político y convirtieron al gobierno en camarillas, pandillas, en la lucha por el botín. Estoy convencido de que la revolución pacifica que vivimos ese día con la gran participación electoral, con la encomiable reacción de los participantes del proceso -candidatos de oposición, Presidente, ejercito incluidos-, era imparable. Creo también que el tiempo entre la elección y la toma de posesión con un Presidente electo de una fuerza inimaginable y un Presidente en funciones de una debilidad también inimaginable, se ha convertido en un camino peligroso que por momentos ha estado en peligro de minarse. Por eso mismo también creo que son tiempos de mucha reflexión sobre el papel de cada uno de nosotros en la mecánica de construcción de los nuevos tiempos. Moderar el entusiasmo para observar y aportar conclusiones que den oportunidad a la realización de nuevas acciones, antes de destruir y criticar de antemano cualquier información, acción, comentario o palabra que viene del nuevo gobierno en ciernes. Pero también no dar una hoja en blanco firmada de antemano. Es la oportunidad de efectivamente aportar todos opciones de como nos gustaría ver y vivir y ser en México.

Si, nuestra historia reciente ha sido una tragedia autentica, y si, hay responsables que deberían ser castigados por acciones de gobierno que nos han acabado la tranquilidad, la posibilidad de un futuro. El juicio de la historia es aplastante y termina siempre por poner a cada quien en su lugar. Por eso, para empezar, debemos cuidar que muchas cicatrices ahí se queden. Para recordarnos los peligros del poder absoluto.