Morimos todos, todos los días

Escrito por: Luis Gerardo Salas

Fecha de publicación: 18 septiembre, 2018

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No logro quitarme de la mente la imagen de dos tipos golpeándose en un camellón, según la publicación, en Tabasco. Parece que se están peleando limpiamente, pero repentinamente uno de ellos aplica una llave que toma por sorpresa al otro después de ventajosamente darle una patada que le rompe el equilibrio. Lo avienta contra el piso, queda confundido por el golpe, tal vez perdió el aire. El ventajoso aprovecha, sin respetar las aparentes reglas del pleito, para golpearlo en la cara en repetidas ocasiones, atontarlo mas y por fin hacerle una llave que lo ahorca. Lo ahorca con intención homicida. Lo ahorca y lo empuja hacia adelante, es decir, al tiempo que esta cortando el flujo de aire inclina su cuerpo hacia adelante limitando aun mas la posibilidad de ingreso de aire, que significa oxigeno, a su cuerpo. Lo hace con una insistencia auténticamente dramática hasta que deja el cuerpo inerte en el pasto. Uno de sus compas lo toca por la espalda cuando esta terminando de asfixiarlo -aparentemente- y entonces suelta el cuerpo, lo deja inmóvil, en el mejor de los casos inconsciente, y tranquilamente recoge algo… un zapato perdido en el pleito, un algo por lo que se estaban peleando… algo. Lo recoge y continua su camino.

La impresionante escena, cargada de violencia, no solo es la intención inicial de un pleito ‘por la buena’, sino que pasan coches, pasan peatones, pasa una patrulla, y alguien esta grabando todo el evento, y nadie hace absolutamente nada por detener una bronca que claramente se ha inclinado a favor de uno de los participantes, tanto como para llamar a una pausa, a un KO técnico, a algo que detenga la furia con la que un ser humano esta extinguiendo, sobajando, destruyendo a otro ser humano.

Y entonces pienso en estos días que he estado circulando mucho por la calles del DF. La pésima organización urbana, la arrogancia de los incompetentes gobernantes que han construido una Ciudad que se ha afeado en relación directa con su espectacular corrupción, en como nos ha dejado la incompetencia y la corrupción a nuestra suerte. Nosotros que tenemos que hacernos bolas para entrar a un carril inexistente que acaba de desaparecer en una vía rápida. O que tenemos que inventar una torcida vuelta en u en medio de varios congestionamientos que suceden al mismo tiempo, todos y cada uno cargados de personas confundidas que tratan, como Dios les da a entender, de salir del desesperante caos vehicular. Desear llegar a algún lado. Salir de ese marasmo que provoca una sensación estrepitosa de angustia, de desesperación. Y entonces todos los vehículos alrededor, todos los conductores, se convierten en enemigos que buscan invadir el espacio vital de nuestro coche. O en enemigo que no reacciona en el sentido que esperamos para liberar el paso. La temperatura estresante comienza a subir. Los claxons incrementan la estridencia del momento. Un nudo, aderezado por algún semáforo descompuesto y la ausencia total de policías que, cuando menos, intenten poner un poco de orden, se ha creado en unos cuantos metros cuadrados de sobrecarga vehicular, horarios conjuntos de salida a la calle, la ausencia total de diseño urbano, y la angustia individual del coro ciudadano que sube su nivel de furia por segundo.

Bombardeados por la información difundida en medios convencionales, radio y tv, empeñados en exhibir los muertos del día, la corrupción grosera de políticos, las ‘peligrosas’ estimaciones económicas del País, la violencia crece en el interior de cada uno de nosotros. Esa violencia que ya ha tomado parte importante de nuestras vidas y que provoca el gesto ofensivo que mostramos a los demás, que provoca el comentario agrio sobre la vida intima de otros. Violencia que causa el dialogo ríspido con la pareja, la familia, el jefe, los compañeros de trabajo. Violencia que convierte a los demás, a todos alrededor de este nudo apretado de inexistencia de cultura urbana, en enemigos. Y entonces, en cualquier momento, una chispa incendia la escena. El “que me ves”, o el “camina wey!!!!”. El “muévete pendejo”, o el “qué no me viste?” que sigue al pequeño raspón que, por cierto, se dio cuando ambos protagonistas empujaron su coche al limite intentando impedir el paso del otro. Y se baja alguien de su coche, reta a otro, el que sea. Siempre hay alguien que acepta el reto y se desborda la agresividad contenida que se ha acumulado en la aparente vida cotidiana que ha perdido su cotidianeidad para convertirse en una exposición involuntaria permanente a la violencia. Los volúmenes de la música de los vecinos, la motocicleta sin escape, la discusión entre conductores de radio y tv, la nota de descuartizados, violados, desaparecidos. La ofensiva sensación de que hay ‘alguien’ que se han enriquecido groseramente a nuestras costillas. La actitud del otro, que desde su coche que siempre será mas grande y mas bonito que el coche ajeno, se empeña en humillar y sobajar al otro. Al que sea. Se golpean. Uno atina al mentón, el otro trastabillea, pero se repone y acomoda una patada en la pierna del contrincante. Aprovecha el desequilibrio provocado para soltar una cachetada que da de pleno en la cara del otro, que se avienta sobre el cuerpo de su contrincante, le jala la ropa, los dos se jalonean, se despeinan, se desfajan la camisa, se rasgan el pantalón, caen al suelo los dos en medio de mentadas, de ofensas mutuas que involucran a madres, hijas, hijos, orígenes geográficos, status social, status laboral… Todo mundo ve. Todos los del nudo ven. Es una catarsis del momento tenso que ha provocado la caótica, improvisada y corrupta Ciudad. Es una catarsis ver a dos congéneres perder la gracia, la humanidad, entregándose a la furia provocada por todas las razones, por todas las causas, menos la de la existencia del contrincante que, también, esta descargando su frustración y coraje por estar atrapado en el ‘infierno’ de la displicencia criminal de quienes deberían ser responsables de impedir situaciones como esta. Cuando parece trabado el pleito, alguien, alguienes se acercan a separarlos. Se separan, se voltean a ver con coraje. Se ven con el coraje de saberse mutuamente responsables de haberse permitido llegar a esta situación tan deshumanizante. Todo mundo regresa a su coche. El nudo se destraba. Todo mundo continua circulando en silencio, seguramente pensando en que el próximo golpeado, el próximo golpeador, puede ser uno mismo. Y entonces volvemos a ignorarnos… nos morimos un poco mas cada día, infectados por una violencia en la que se ha convertido la vida diaria de objetos de consumo, el triste destino en que nos hemos convertido todos.