Momento límite

Escrito por: Luis Farias

Fecha de publicación: 22 octubre, 2019

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La vida es sucesión de momentos. Se nace en un momento y se muere en un momento. Entre uno y otro se suceden inexorablemente momentos en un fluir de pasado a futuro, en un presente tan fugaz como definitivo y definitorio.

Fue San Agustín quien, en su “momento”, lo resolvió: la vida en el universo no se creó en el tiempo; el tiempo se creó con ella: con la vida nace lo finito; finita ella y finitos cada uno de sus momentos, de sus presentes.

Presente, momento en incapturable fuga que fragua instantáneamente el hacerse en hecho. Suspiro infinito que abre momentáneamente un océano de posibilidades a la libertad del hombre y se cierra tan pronto éste elige o se niega a hacerlo. Presente: constante construcción de finitos. El presente es siendo, el futuro es un será, el pasado es. Podremos disfrazarlo, negarlo, intentar reconstruirlo, falsearlo, pitorrearnos de él, pero, al decir de Antonio Caso, el pasado es verdad metafísica: es.

Toda acción es en el tiempo y en tiempo presente. Influenciada, sin duda, por todo el tiempo pasado y aspirando, siempre, a un futuro deseado, pero realizada de instante a instante en frenética sucesión y, las más de las veces, en absoluta inconsciencia.

De hecho, pocas veces somos conscientes del presente y de su trascendencia. Vivimos el tiempo presente como una apuesta sin valor, como mero tránsito, acontecer intrascendente, fluir en el río de Heráclito, algo dado y bajo control. Pocas son las veces que centramos en el hoy y el aquí toda nuestra atención, valoración, determinación y voluntad. Y es que el presente siempre es un momento que termina por sernos tan normal como insulso, que acabamos por no verlo y menos aquilatarlo.

Nuestra vida es pletórica de momentos. Momento es cuando dormimos, lo es cuando comemos, también cuando soñamos despiertos absortos en nuestros pensamientos y ajenos al devenir de la realidad. Pero hay momentos de quiebre, que definen la vida de personas, naciones y humanidad entera. Como tal, todo momento igual a otro, más no así en sus consecuencias.

Un vuelo a Oaxaca y una gira de campaña son un vuelo y una gira más; pero sus efectos hoy nadie los conoce aún.

La historia empezó, nos dice Lecomte du Noüy, en el momento que un primer hombre levantó su brazo para defender a otro, inyectando un objetivo de justicia al devenir y al convivir. El momento en que Helena se entrega a París inició, sin saberlo, la caída de Troya. Cuando Aquiles decide vengar a Patroclo con la muerte de Héctor, renuncia a ser semidios y sella con la caída de Troya su mortalidad. María Antonieta receta pasteles al hambre del otro París, sin darse cuenta que incendia en Revolución el despertar de la soberanía popular; Robespierre ensaya sus propios pasos al subir a su primer enemigo a la guillotina. Eichmann, por su parte, vive el holocausto como trámite burocrático; muerte y horror equiparables a sellar correspondencia. Hitler busca en el exterminio de lo ario la salvación del mundo y no deja de Alemania piedra sobre piedra e inaugura el populismo, el totalitarismo, la globalidad y el holocausto.

Todo momento es igual en su transitoriedad, pero hay algunos que tienen Rubicón. Lo difícil es percatarse de ello.

Las más de las veces sus consecuencias tardan en manifestarse y, peor aún, en definir su derrotero y mostrar el calado de su huella.

Hay momentos en los que peca la acción y hay omisiones que pecan el momento.

Peña Nieto firmó su destino con el primer diagnóstico de Ayotzinapa, Calderón con unas milésimas de porcentaje electoral, Fox con “¿Y yo por qué?” Cada gobierno tiene su momento de gloria y su momento de fracaso. Su hybris y su Némesis. El primero se construye con esmero, el segundo está al asecho y asalta a mansalva, generalmente larvada por la soberbia.

Lo difícil es saber en esos momentos el destino que con ellos sellamos.

Más aún, lo casi imposible es despojarnos de todo orgullo para aceptarlos y, solo así, entrar a su análisis y valoración. Y esto juega para ambos extremos de la ecuación, tanto para los que defienden el momento, como para quienes lo reprueban.

El momento Culiacán (17 de octubre de 2019), por llamarlo de alguna manera, es, creo, uno de esos momentos límite, para aprovechar la magnitud de profundidad terminal del concepto filosófico de “situación límite” de Karl Jaspers. Ante lo cual solo cabe el pasmo, la reflexión, la humildad y, tal vez, la fe.

El ruido de uno y otro lado impiden nuestra concentración y cimbran nuestra objetividad. Nos arrastran las turbas de uno y otro signo.

Mientras la pasión nos desborda, el destino del momento límite nos apresa irremediablemente en sus raíces y oscuridades.

Lo acontecido en Culiacán exige nuestro silencio ponderado y respetuoso análisis. No es un momento más y cualquiera; nos equivocamos y encaminamos nuestro andar en la entropía de cháchara que pervierte nuestra deliberación política y embota nuestra capacidad de sorpresa y razón.

Dice Pope que “los tontos entran a grandes zancadas donde los ángeles no se atreven”. Tal parece haber sido el caso de Culiacán.

Y las zancadas parecen haberse hecho virales de uno y otro lado del espectro político. La mesura se echa de menos. Corremos tan desaforados que ya dejamos atrás la oportunidad de aprender de lo sucedido. Unos se fugan en ceguera y negación; otros en jubilo y rencor. Nadie se da oportunidad de aprender para evitar la misma piedra. Todos hablan de sangre; unos para justificar, otros para culpar; ninguno, sin embargo, la respeta en su dolor y enseñanza. Todos la usan en botín político.

Dice Leduc: “Sabia virtud de conocer el tiempo”. Dudo, no obstante, de nuestra sabiduría, virtud, capacidad de conocimiento y hasta de la salud mental de nuestros tiempos.