Merecer morir

Written by on 10/08/2018

“Todo lo que existe merece perecer”, hace decir Goethe a Fausto. Es la ley de la vida: todo lo que nace muere. Perecen galaxias, especies e individuos; por qué no habrían de hacerlo los partidos

Los defensores a ultranza de los partidos ven con tirria y sin cuartel a quienes anunciamos su muerte, como si no fuesen engendros del siglo xvii y respondiesen a una sociedad estamental ya desaparecida; más aún, como si a los partidos de masas, de los que habla Duverger, no haya que irlos a buscar a los museos.

El partido de base clasista fue dejado atrás por los cambios y complejidades experimentadas por las estructuras sociales, así como por las innovaciones tecnológicas. Los modos de producción, la globalización, la flexibilización laboral, la comunicación horizontal, la sociedad líquida, entre otros temas, han impactado en la forma como se organiza y procesa la vida en sociedad.

El electorado, sostiene Panebianco, “se hace social y culturalmente más heterogéneo y menos controlable por los partidos (…) El elector se hace más independiente, más autónomo, menos controlable y menos expuesto a presiones (partidarias), pero también más solo y más desorientado”.

Ya en los sesentas del siglo pasado Kirchheimer lanzó su teoría del partido escoba (Catch All), como alternativa al de masas, que se vio obligado a abrirse a grupos sociales diversos a su vieja base social.

El surgimiento de estos partidos, también llamados de integración, marca un giro importante que se expresa en procesos de desideologización, apertura a influencias de grupos de poder, pérdida de peso político de la militancia y, por ende, debilitamiento del voto duro, fortalecimiento del poder de los dirigentes, profesionalización de sus cuadros y distanciamiento entre partidos y electorado.

Especial mención merece la profesionalización electoral en respuesta a nuevos retos y exigencia de conocimientos especializados, diversos a la mera capacidad de movilización electoral, que terminó por desplazar el poder de las bases a los cuerpos burocráticos y profesionales en los partidos. Encontramos aquí, además, una mutación de competencias meramente políticas a otras de alta especialización.

Los partidos dejaron de ser de afiliación para convertirse en “electoreristas”, ya no buscan afiliar en torno a lazos organizativos o de pertenencia, sino llegar al mayor número posible de electores, sin importar identidad de pareceres, para lograr su voto, aunque no su pertenencia ni lealtad; ello restó peso específico a los contenidos ideológicos para aplicarlo a las características personales de líderes y candidatos.

Tres son las funciones reconocidas de los partidos: integrar y expresar demandas de orden social y político; seleccionar candidatos (formación y suministro de élite gobernante); y participar en la formación de decisiones políticas. Si observamos bien, ninguna de estas tres funciones ha sido nunca monopolio exclusivo de los partidos y hoy su impacto en ellas es cada vez más marginal.

Es tal el agotamiento de las capacidades reales de representación de intereses de los partidos que el prestigio ellos mismos lo colocan fuera de sus filas (Meade) y contrario a su naturaleza: la antipolítica como estrategia política, electoral y publicitaria.

Es tal la pérdida de identidades colectivas que los partidos han dejado de ser referentes ideológicos y el pragmatismo acuesta a todos sin rubor en un mismo lecho.

Participación política siempre la ha habido y siempre la habrá, mucho antes de que los partidos hicieran irrupción y mucho después que desaparezcan. Quienes rasgan sus vestiduras por el ocaso de los partidos los ven como fin en sí mismos y no como un instrumento de participación política ciudadana.

El vaciamiento de identidades colectivas y la autonomía del elector de cara a las organizaciones partidarias han hecho de los partidos meros vehículos, “partidos taxi” les llama Beltrones, al que se sube quien quiere, lo utiliza para llegar a algún lugar y luego lo abandona a su suerte; a lo más que llegan es a pagarle la llevada y, a veces, ni eso.

Por igual, ha gestado pulsaciones de innovación política en busca de nuevas formas organizativas de participación ciudadana, como los mal llamados independientes.

La experiencia, sin embargo, nos muestra que las innovaciones raramente surgen del seno del sistema político establecido y menos aún de sus organizaciones, en este caso en franca crisis.

Las nuevas formas de participación política, vendrán forzosamente de afuera de los partidos políticos y sus burocracias, en palabras de Weber, tendrán que surgir de fuerzas auténticamente revolucionarias por movimientos de tipo carismático.

A lo largo del proceso electoral que está por culminar me sorprendió la beligerancia rabiosa de algunos consejeros del INE contra los independientes, al grado de llevar su encono a niveles de cruzada y manicomio. Más no era a los independientes a quienes atacaban con singular esmero, sino a lo que anuncian: nuevas formas de organización y participación política.

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