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#LaSoledadCompartida: Pavlo González

Escrito por: Rock101

Fecha de publicación: 25 abril, 2020

#LaSoledadCompartida: Pavlo González
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Por: @Pavlog

Durante el aislamiento no tiene caso poner la alarma para despertar. La luz que entra por mi ventana y las vibraciones generadas por la construcción vecina son suficientes para levantarme. La excavación de la obra es el único sonido que logra atravesar las paredes de mi casa para escuchar una decadente vida exterior.

En el transcurso de la cuarentena hemos sido visitados por repartidores de gas, de comida, garrafones y paquetería. De vez en cuando recibimos a un familiar en la banqueta, asomando sus ojos sobre el cubrebocas para intercambiar palabras por minutos y cerrar tratos indispensables e instantáneos.

El internet en casa no es suficiente para las videoconferencias, para un improvisado despacho de arquitectura y una cabina de radio que habita en el comedor. El módem parece cansado y los datos del 4G están por agotarse. Entre conferencias matutinas y vespertinas, entre plataformas de servicio a domicilio y reuniones por zoom se extinguen los megas y los minutos pero los recibos siguen llegando.

La acumulación de basura me ayuda a distinguir el fin de semana del resto de los días. Es tiempo de habilitar el jardín y convertirlo en club de playa. Una alberca inflable, toallas, cerveza, manguera y un tazón de botana simulan un viaje al mar.

Unos shorts, una playera y unas sandalias, porque ¿Para qué usar pantalón y calcetines en medio de una pandemia?

No hay tiempo para barrer a pesar del polvo. No hay tiempo para guardar la vajilla, apenas encuentro el momento para lavarla y salpicar el uniforme del resguardo; unos shorts, una playera y unas sandalias, porque ¿Para qué usar pantalón y calcetines en medio de una pandemia? Además, entre menos ciclos de lavadora y secadora, menos quehacer y menos recordaré a la mujer que venía una vez por semana a ayudarnos con la limpieza ¿Qué será de ella? ¿Qué será del empleo informal y los vendedores ambulantes si no hay banquetas o semáforos ocupados?

Las únicas vías con el tráfico son aquellas que se llenan de autos con maletas, familias con casa de campo y ese privilegio de encerrarse en una de ellas porque, suponen que, el virus no tiene las llaves de sus puertas, de sus muros. No me lo cuentan, lo veo en Instagram junto a tutoriales de cocina y ejercicio.

Mi bebé de siete meses me mantiene ocupado. Su rutina rompe con la mía. Cuando se agotan los pañales llega el pretexto para salir, caminar 2 cuadras y llegar a la farmacia. En el trayecto paso por un puesto de tacos con servicio a diferencia de la tienda de ropa deportiva, la guardería, la joyería y la tienda de cosméticos que cerraron sus puertas y hasta vaciaron aparadores.

Entro a la farmacia y siento la mirada nerviosa del guardia, tal vez por ver tantos rostros cubriendo su identidad como si tramaran algo. La gente paga con tarjeta de crédito y la cajera maniobra con sus guantes de látex que teclean la caja registradora. Yo, con los pañales bajo el brazo, regreso a casa.

A veces olvido apagar las luces, era algo que acostumbraba a hacer al salir de casa. Un día menos o un día más, no distingo la cuenta regresiva, cierro el día mirando el número creciente de contagios y decesos. Si la ansiedad lo permite regreso a la cama, hasta que la obra en construcción me vuelve a despertar.

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