La era post – Draper: 10 años de Mad Men

Fecha de publicación: 24 octubre, 2017

Mad Men: término acuñado a finales de 1950 para describir a los ejecutivos publicitarios de la Avenida Madison… Ellos mismos lo acuñaron”. Ese slogan de entrada, bajo la rigidez del blanco y negro y la versatilidad del Arial en cursiva, nos hizo entender y de inmediato comprar el egocentrismo al que nos enfrentaríamos durante siete temporadas, adornado de dinero, mujeres y éxito.

Reforzando la idea, entra a modo de fade out la escena de un bar, todos se desviven por contar sus historias que van siendo modificadas con el pasar de las copas. En el fondo, un camarero de tez negra se acerca a la mesa de un hombre impecable que sólo raya en una servilleta. Comienzan a charlar sobre cigarrillos hasta que llega el jefe de meseros a reprender a su trabajador. Aquel hombre de negocios no ve diferencias entre colores de piel, los dos están para servirle. Manda al blanco por su trago y sigue platicando con el negro. Ninguno de los dos se percata de que Don Draper ha obtenido las ideas que necesita y mucho menos que el telespectador ha sido testigo de su magia.


 

Hace una década fuimos testigos del primer episodio de ‘Mad Men’, la serie de Matthew Weiner producida por AMC con la temática más arriesgada de la historia. Nadie quería realizar algo por el estilo ¿Quién quería ver el mundo de la publicidad a través de su televisor? Ese es el punto: Mad Men no es sobre publicidad de productos, sino de la persona. Personajes, a simple vista perfectos, que se esfuerzan por no pudrirse por dentro día con día, vendiendo la mejor versión de sí mismos en un juego de apariencias sin precedentes.

La producción nos sumerge en el mundo de Don Draper (Jon Hamm), un director creativo de la firma de publicidad Sterling Cooper, establecida en Manhattan. El estrés, el machismo, el adulterio y los excesos del personaje son presentados sin tapujos. De hecho, son todos estos elementos los que se presentan primero para construir al personaje, dejando a un lado su rol como padre de familia y el desempeño en su trabajo.

Aunque esté lleno de defectos, el encanto de Don se siente genuino y se debe a la inspiración de distintos publicistas que el carisma del personaje sea tan real: Draper Daniels, quien le da las iniciales y el apellido, además de ser el creador del Hombre Marlboro; Albert Lasker, conocido como el padre de la publicidad moderna; Emerson Foot, trabajador de la empresa McCann-Erickson, misma que es la competencia de Sterling Cooper en la ficción; George Lois, quien ha llamado al personaje un “patán sin talento” a pesar de sus similitudes; entre muchos otros. Tal vez eso mismo lo dota de la complejidad y el misterio que el personaje goza, y que nunca terminan de develar en la serie.


 

Lo que diferencia a ‘Mad Men’ de un drama telenovelesco son las relaciones, cuyo núcleo siempre será nuestro protagonista. Todas esas personas a su alrededor representan los ángeles y demonios, así como el pasado y futuro de Draper: Pete Campbell (Vincent Kartheseir) es el anhelo de Don por alcanzar todos sus objetivos, inclusive aunque fueran imposibles; Peggy Olsen (Elisabeth Moss) su suerte y la madurez rápida que adopta en su labor; Joan Harris (Christina Hendricks) su belleza y la serenidad con la que toma las decisiones; su hija, Sally Draper (Kiernan Shipka), su tormentosa infancia; y Roger Sterling y Bertram Cooper (John Slattery y Robert Morse, respectivamente) sus posibles destinos dependiendo del sendero que elija.

Pero la vida de Don no sería la misma sin sus múltiples conquistas, y no es porque sean ambiguas ni mucho menos un complemento: son mujeres empoderadas y que demuestran inteligencia a pesar de que podrían obtenerlo todo con su belleza. A pesar de ser ambientada en 1960, la figura de la mujer rompe con todos los moldes de conducta, se les da espacio para ver su trascendencia y cómo resultan ser la columna vertebral y contrapeso de la vida del hombre más codiciado del ámbito publicitario.

Si pudiéramos definir las siete temporadas en una sola frase del ingenio de Don Draper sería “házlo simple pero significativo”. Weiner se dio a la tarea de crear una historia cuyos personajes son participes del armado, bajo un guión concreto y ágil que tardó en tomarse sus libertades sin llegar al libertinaje. No son las situaciones que nos presentan las que hacen interesante este drama, sino las respuestas de sus personajes: cada parlamento es hábil, haciendo explotar a su contestatario de otra forma aún más aguda, convirtiendo cada conversación en una lucha por sobresalir.

Las escenografías y el vestuario caen en lo simplista sin dejar el glamour que requieren, dejando que el espectador se centre en la trama y en las actuaciones que no tienen otra descripción más que ser perfectas. Así mismo, todos los elementos están señalados afinadamente gracias a la gran habilidad de establecernos en el tiempo con sucesos de la historia norteamericana y la capacidad de involucrar a los personajes en ella.

Tal vez tras sólo una década de su estreno, ‘Mad Men’ podría ser denominada como una chick flick vestida en un traje de negocios, sin ser de gran relevancia entre la nueva generación de seriefilos. Sin embargo, debería de serlo, ya sea porque entra en el puesto número cuatro de Las 100 mejores series de toda la historia según Rolling Stone, o porque nos presenta el ascenso y el declive de uno de los personajes más enigmáticos e influyentes de la historia de la televisión, detonando cada una de sus pasiones, sueños e inseguridades frente a nosotros.

Además, nos entregó al gran actor que lo interpreta. Después de su rotundo éxito, Jon Hamm no ha tenido un papel tan relevante en televisión o cine y él no lo quiere así por el desgaste psicológico que le causó la mente de Donald Francis Draper. De todos modos, ambas pantallas son demasiado chicas para su naturaleza.

Feliz décimo aniversario, ‘Mad Men’.