Ingmar Bergman y la música

Escrito por: Karina Castro

Fecha de publicación: 27 agosto, 2018

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Este año se cumple el centenario del nacimiento de Ingmar Bergman, un cineasta en cuyos filmes el sonido (o su ausencia) es un elemento siempre cargado de significado. Si de películas de Bergman se trata, nunca debemos creer que la música o los sonidos que escuchamos son gratuitos; por el contrario, siempre obedecen a meditadas decisiones del autor. Del mismo modo, cuando nos topamos con el silencio, este responde a una intención dramática (y es parte de la tradición intimista del cine escandinavo, de la que Bergman naturalmente no se escapa), pues va cargado de una fuerza emocional necesaria para sustentar la profundidad psicológica de los guiones de este gran artista.

La música formó parte de la vida de Ingmar Bergman desde su infancia. Varios miembros de la familia eran músicos y se reunían para tocar música de cámara. Él mismo tomó clases de piano durante un tiempo. No resulta extraño entonces que en su cine la música tenga un papel esencial dramático y estético, sin importar si se trata de música circunstancial o si la utiliza para estructurar el sentido.

Sin duda, el compositor más presente en la filmografía de Bergman es Johann Sebastian Bach cuya música aparece en Vergüenza, La hora del lobo, Sonata de otoño, Gritos y susurros, El silencio y Persona, entre otras. Podríamos atrevernos a decir que Bach forma parte de la técnica compositiva de Bergman. Pero ¿qué hay para Bergman más allá de la música culta?

No es costumbre del cineasta sueco recurrir al jazz en sus películas; sin embargo, sí llegó a incluirlo en ciertas secuencias, la mayoría de las veces como mera música circunstancial que casi siempre conlleva una atmósfera de frivolidad e intrascendencia, y en otras, para aportar información sobre la condición social y psicológica de algún personaje. En El Silencio, por ejemplo, los fragmentos de jazz que se utilizan cumplen ambas funciones: el jazz ambienta el bar adonde va una de las protagonistas y a su vez ayuda a definir su personalidad frívola e impulsiva, en contraposición con su hermana, quien escucha música de Bach, es intelectual y sensible.

Un caso aparte es el rock y el pop. En De la vida de las marionetas, además de jazz ambiental, sorprende la presencia de hard rock y de pop. La primera aparece cuando el personaje Peter se siente agobiado por el insomnio y comienza a escuchar algo que suena como a Led Zeppelin y que Bergman utiliza para denotar el estado mental del personaje. Por su parte, una curiosa canción pop acompaña las escenas que se desarrollan en el club sexual. Se trata de “Touch me, take me” de Rita Wright, arreglada con un toque electrónico y gemidos eróticos que añadieron para la película, y que termina de sorprender cuando la volvemos a escuchar durante los créditos finales, ya que crea un contraste entre la frivolidad de la música y la densidad psicológico-sexual de la película, el cual sacude al espectador.

Cerremos con una anécdota interesante que sorprenderá a quienes creen que Ingmar Bergman es un purista de la música, que fuera de Bach sólo se atrevería a escuchar a Chopin. En un artículo en la revista Life, el cineasta declaró que se sentía muy estimulado por la música moderna más brutal y agresiva, y mencionó su gusto por escuchar a los Rolling Stones a un volumen que casi cimbrara las paredes. Era 1971, así que podemos imaginarnos qué música podía escuchar además de los Rolling Stones. Poseedor de una mente genial, es evidente que Bergman sabía cómo musicalizar no sólo sus películas, sino también las escenas de su vida.