Idea Musical XXVI: Máscaras - Rock101


FIL 2020

Idea Musical XXVI: Máscaras

Escrito por: Luis Gerardo Salas

Fecha de publicación: 29 octubre, 2020

Idea Musical XXVI: Máscaras
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Todos estamos hoy en día viviendo con máscaras. Hay quienes no las quieren aceptar, hay quienes las usan sin ningún conflicto en absoluto. Máscaras que se han convertido en demostraciones de carácter, del auténtico alter ego. Usarlas, en los modelos que sean, y no usarlas.

Imaginaba los nuevos ladrones de bancos entrando a un establecimiento, armados, rudos, gritones, exigiendo a las personas ahí atendiendo sus asuntos personales a que se rindan levantando las manos. Los imaginaba en esta nueva realidad entrando sin mascara… el verdadero desafío al establishment. Lo que antes fue cubrirse la cara, hoy es descubrirla.

El mensaje más repetido en mis redes es el que me sugiere dedicarme a lo mío, a la música -eso infieren ellos como mi único motivo de vida-, con ello pretendiendo desacreditar cualquier opinión de mi parte que no tenga que ver con la música. Y pienso en las máscaras, en la ausencia de máscaras, en su uso en la vida cotidiana, en lo que quieren demostrar, o en lo que quieren ocultar. Y pienso en las máscaras porque me imagino a las personas que en su intimidad buscan destruir al otro sin importar quienes son ellos. Destruir lo que representan… ambos, el que ataca y el que es atacado. La sensación permanente de vivir de acuerdo a lo que la máscara exige porque así conviene a los intereses de la persona, económicos, de aceptación social… sin importar lo que hay debajo del disfraz. Sin importar cualquier sentido de verdad. También disfrazada por la narrativa enferma de la demagogia.

La búsqueda insistente de cómo hacer daño. Primero con el insulto, después con la argumentación que busca el golpe en la seguridad personal con discursos bobos del ‘yo creí que eras más abusado’, hasta la argumentación que intenta confundir el reconocimiento en el área de experiencia y dedicación profesional con el desprestigio de emitir opiniones que, desde esa perspectiva de choque, destruyen esa reputación.

Mascaras que usamos todos los días y que, en la historia, han demostrado que cuando pierden la distancia entre la piel y la artificialidad, convocan a la persona al aquelarre de la sustitución. El intercambio de valores en donde se sacrifica cualquier cosa que haya sido el sujeto antes de la máscara, por el valor propio de la máscara. Y entonces, con renovada autoridad moral, convencidos de un mundo sobre el que nunca han reflexionado, comienzan a repetir y reproducir lo que indica el poder fáctico, el que, disfrazado de prosperidad, ofrece una visión alternativa a la vida cotidiana del sujeto. Aunque vaya en contra de lo que alguna vez hubieran sido los principios del sujeto.

Y la máscara, sobre la que diariamente se debate su uso, sustituye la razón y la visión del sujeto. Una confusión creada intencionalmente en un escenario en el que los personajes juegan su papel, vía una voluntad coptada (no se si quiere decir captada o copada), a la perfección. Si es de suma importancia usarla. No, no es de ninguna importancia. Enviando un mensaje intencional de confusión para alimentar la fragmentación social. E imagino perfectamente al sujeto bailando al ritmo de mi trabajo, encantado de escucharlo, de saberlo, de disfrutarlo, pero al final confrontándolo con el discurso alimentado a su software de supervivencia que le grita que hay que, a como dé lugar, desacreditarme por la publicación de opiniones que al dueño de la máscara no le gustaron. Y entonces se elaboran mensajes confusos, tristes, porque proyectan esa lastimada voluntad que quiere separar en su razón el valor real de la persona del valor estimativo de sus ideas, despreciando a la persona por encima de la secundaria parafernalia de la ideología.

Ese es el daño de la confrontación divisionaria provocada desde el poder factico. Una confrontación que busca solo beneficiar al generador de los mensajes confrontacioncitas tocando fibras emocionales profundas que hace dudar de la propia vida en el centro de un discurso adoctrinante que busca eliminar la voluntad.

Conmueve recibir esos mensajes, que en una parte del discurso reconocen el placer de escuchar la labor realizada, y en la otra reproducen el mensaje grabado en la no voluntad. Conmueve porque estamos al borde del abismo doctrinario. Ese abismo que históricamente ha destruido sociedades y perdido de la prosperidad a generaciones completas.

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