Glass: en defensa de M. Night Shyamalan

Written by on 09/07/2018

Considerarse fanático de M. Night Shyamalan en la actualidad es complejo y, en cierto grado, penoso. Si fuera cualquier otro director que le haya ganado a su cine la etiqueta “de autor”, como Tarantino, Luis Buñuel, Xavier Dolan, Wes Anderson entre otros, todo su sequito saldría a la defensa con frases como “¿cómo que The Hateful Eight es Reservoir Dogs?” o “¡tal vez no entendiste del todo el mensaje de Mother!”. Mientras tanto, el seguidor promedio de Manoj Nelliyattu Shyamalan, su verdadero nombre, baja la cabeza y esconde su gusto por el cine del director indo-americano (en una época donde otros personajes como Michael Bay presumen franquicias de blockbuster) o, peor aún, ni siquiera sabe que es fan.

Tal vez esa idea de ser el rey del plot twist, cerca de ser equiparable al mcguffin hitchcockiano, lo consumió rápidamente. Tan rápido como que saliendo de la universidad pudiera dirigir su primera película, Praying with anger, a los 22 años de edad o que a los 29 lograra su primer blockbuster: El Sexto Sentido. Ese “veo gente muerta” pasaría a ser de culto, cercano al “Luke, yo soy tu padre” esbozado bajo la particular voz de James Earl Jones o el “Here’s Johnny!” articulado más por el Jack Nicholson que por el Torrance.

Shyamalan logró que Bruce Willis otorgará una gran actuación sin siquiera actuar porque todo estaba construido a partir de un monólogo eterno que nunca se siente, hasta el punto en que descubrimos que su personaje realmente está muerto. Muy ad hoc para su época, porque simplemente en ésta el spoiler hubiera transitado quince minutos después de la primera función a través de Twitter.

Después de eso vendría El Protegido (Unbreakable), un año antes que los humanizados X-Men de Bryan Singer y tres de que Sam Raimi diera pauta al cine de superhéroes hecho en molde con su Spider-Man. Shyamalan logró una buena película de origen, una donde refleja en David Dunn (el personaje de Willis) los pormenores de esconder sus poderes, acrecentando la problemática en su familia y en la obsesión del impotente Mr. Glass, al mismo tiempo que el personaje de Samuel L. Jackson crea una relación catártica con Dunn hasta el punto de disfrutar su derrota contra él.

Más tarde el director llegaría con dos trabajos que, si bien no son lo peor de su carrera, serían la pauta para su declive: Señales (2002) y La Aldea (2004), películas que apelaban a su temática sobrenatural y se centraban en la fe de la sociedad plasmada en pantalla: en la primera, el reverendo Graham Hess (Mel Gibson) despotricaba contra el Dios en el que había dedicado su vida y el que le quitó a su esposa, y así como la obra de un todopoderoso, Shyamalan presenta dichas señales apenas palpables: el monitor del bebé, la escritura en los maizales, los ovnis como estrellas y los desenfocados aliens. En la segunda, el cineasta hace un empleo de la semiótica como en ningún otro de sus trabajos: los colores, la creencia sobre el poder adulto sobre la juventud y como éste vive en un estado de ceguera, cuida sus opiniones al respecto y al final termina formando parte de la locura (representados en los personajes de Bryce Dallas Howard, Joaquin Phoenix y Adrien Brody).

Hay que omitir esa parte de la que ya se ha hablado mucho, la que involucra a La Dama del Agua (2006), El Fin de los Tiempos (2008), El Último Maestro del Aire (2010) y Después de la Tierra (2013), esa que involucra la parte en la que el director se ha creído sus títulos (no por nada en pantallas principales colocaba “escrito, producido y dirigido por…) y de la nada le presentó esto al espectador, lo que le costó el olvido.

Tras dos años de descanso, Shyamalan vio de nuevo la luz con dos proyectos: Wayward Pines, una serie de FOX en la que fungió como productor y una modesta cinta llamada La Visita. En ella, dos hermanos graban sus vidas y su estancia con sus abuelos con el fin de que el material sea encontrado como found footage. Fue así como el cineasta usó la anécdota de su niñez, en la que obtiene su primer Super 8 para grabar sus primeros experimentos, y un dialogo que lo cambia todo para recobrar su vitalidad.

La sorpresa real sería un año después con Fragmentado: M. Night llevó a James McAvoy a dar la actuación (ignorada por la Academia, tal vez por la naturaleza del filme) con una historia tensa que atrapaba al espectador de principio a fin. Por si las 24 personalidades, de las cuales fueron mostradas pocas pero sin quitarle lo esplendido al asunto, presentaba el regreso de David Dunn a la pantalla. Muchos tardamos en comprenderlo pero se trataba de un hype que sólo puede crear el remake hoy en día.

De ser el director al que todos nos atrevimos a olvidar, hoy se convierte en el que está en boca de todos, como en sus tiempos de El Sexto Sentido. Hace poco se presentó el primer póster oficial de Glass, la parte final (no podemos asegurar eso) de los súper hombres menos probables de la pantalla que resguarda a Marvel y DC, que se estrenará en 2019. No hay un sector definido, todo mundo espera con ansia la treceava película de la filmografía de Shyamalan, con la que el director vuelve a ese peñasco que lo mantendrá seguro en el éxito o lo dejará caer de nuevo en el fracaso. Pero así como puede caer, puede que tenga una tercera remontada. Más allá del plot twist, Shyamalan ha convertido la inestabilidad en una sorpresa para el séptimo arte.

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