“Eres tan chaparrito como yo”, Dolores O’Riordan

Escrito por: B7XO

Fecha de publicación: 16 enero, 2018

 
Cuando escribía para el suplemento ¡Por fin! del periódico El Universal, mi editor me agendó sin avisarme o quizás olvidó presionar el icono de SEND en su correo, una entrevista telefónica con Fergal Lawler, baterista de The Cranberries, a propósito de la salida del disco recopilatorio ‘Stars’.
 
La llamada entró justo cuando yo disfrutaba de una relajante pausa en el dormitorio de mi novia en turno, y del otro lado del celular escuché una voz de mujer muy relajada que preguntaba, en un inglés suficiente, si yo era fulano de tal para una entrevista de ultramar con Fergal Lawler, baterista de ya saben qué banda. Pues soy yo pero no tenía agendada… ¡Un momento! ¡Qué estupidez! Of course, my dear, it’s me, tell me how can I help you, le dije con la misma fluidez con la que acababa de reptar en el lecho. I communicate with Fergal, she said, digo, ella dijo.
 
Fergal un tipazo total a quien saludé como quien saluda a un buen camarada que no ha visto en años y él, riendo, soltó: “I already know what you’re going to ask me first. ¿Eh? Yeah!
You want to know if Dolores is here with me, but no, I’m sorry”, y coronó su alocución con senda carcajada.
 
Mi novia, quien jamás me había escuchado hablar en inglés, me veía sentado casi en flor de loto sobre sus sábanas, platicando con el músico que yo le señalaba insistentemente con el dedo índice en las páginas de una revista. No anoté ni grabé nada, fueron 10 minutos de intercambio musical, me despedí del músico, colgué y sin decir nada más me senté ante la máquina de la susodicha para redactar esa entrevista fresca.
 
Meses después, para la presentación por el Wake Up And Smell The Coffee World Tour, conseguí una de las peleadas invitaciones para un junket con la banda y rezaba porque me tocara con Dolores O’Riordan, con quien tenía uncrush milenario que, seguramente, compartía con la mitad de los hombres del mundo.
 
Gastándome todas mis balas de suerte del resto de mi vida, la encargada del junket me dijo: te toca con Dolores, tienes 15 minutos, y a mí me daba el jamacuco pero guardé la compostura. A pesar de ser tan bajita como yo, y de desplazarse como si flotara, Dolores se veía inmensa y era amable y sutil en un extremo casi chocante pero me recibió con un jocoso: “Hey, you’re as short as me”, que deshizo el hielo que comenzaba a trabar mi mandíbula. “Have you already had breakfast?”, abundó con un tono enteramente materno y de franca preocupación.
 
Salí de ahí en tal estado de shock que no recuerdo el trayecto de vuelta a casa para redactar la nota, sólo tengo en mente que me fui escuchando repetidas veces la canción ‘Just my imagination’, que le encantaba a mi abuela materna.
 

 
Ayer, justo a medio día, mi querido amigo y gran conocedor de punk, Sebastián Ortiz Casasola, se preguntaba en Twitter por qué yo no la había agarrado contra todos los que lamentan, y aseguran que amaban, a Dolores O’Riordan ahora que calló su voz. Esta vez no, le dije y en verdad no sentí la fuerza necesaria para tomarla contra los arribistas de siempre.
 
Lo mismo sucedió con Bowie pero con una diferencia, porque mientras éste se encontraba como el lord del universo, e igual nos hacía soñar, Dolores O’Riordan era esa especie de artista terrenal-vecina de al lado que te sublimaba con un gesto de su cabeza, o con el empuje de esa voz tan potente, proveniente de un cuerpo tan frágil –ya se vio– como el de un colibrí.
 
Fue tal el impacto ante la maleabilidad de la voz de O’Riordan desde ‘No Need to Argue’ (1994), que los entonces puristas, quienes clamábamos por música elegante y melódica, acusábamos a Shakira de haber copiado los falsetes con los que Dolores hacía cartonear los conos de las JBL del coche.
 
¿Por qué sorprende tanto la muerte de la O’Riordan? Precisamente por su condición terrenal, porque primero se mueren los dioses urgentes de hacerse de una curul en el Olimpo y ella se ubicaba, como mencioné anteriormente, como la prima, o la vecina, o la amiga, o la ex novia o el amor imposible que te escucha y te canta al oído. Porque aparentemente no cargaba con ningún sino, más allá de haber madreado a un policía irlandés y a una azafata que la estaban jorobando y que quizás no entendían que le daba pánico volar, y a la mera hora le dio el jamacuco y, después, finalmente, voló.
 
Y precisamente por eso Fergal Lawler me hizo aquel comentario mítico: “Dolores no está aquí conmigo, lo siento”, porque sabía que ellos eran la línea defensiva que permitía que O’Riordan anotara un touchdown cada vez que devoraba el micrófono como el ariete o la palanca de velocidades que desataba la fina y potente imaginería de The Cranberries.
 
Que descanse Dolores O’Riordan, aunque yo a veces piense que todo esto es sólo mi imaginación. Porque como bien dijo mi hermana, Marcela, tremenda periodista: “(hoy) se fue una de las mujeres más fuertes del rock”.