El sublime momento de la elección

Written by on 01/07/2018

La explicación me pareció sensacional: es el momento más sublime de la democracia, cuando el poder del Estado queda en manos del ciudadano. Se refería a desde el momento en que se entrega toda la papelería e infraestructura de una casilla electoral al Presidente de casilla, el día de la elección, el momento del escrutinio, y la entrega de resultados al comité distrital. Durante todas esas horas auténticamente el poder completo de la organización electoral y del Estado democrático mexicano queda en manos de los ciudadanos. Me pareció una explicación sensacional porque siempre se nos ha presentado como una responsabilidad y una obligación de la que oía a gente renegar. Esta perspectiva, me daba una nueva forma de ver, completamente distinta, la importancia, privilegio y responsabilidad del proceso electoral. Es auténticamente el momento en que todos los mexicanos efectivamente tomamos el poder del País para ejercer la decisión de autoridad que nombrara a los futuros responsables de guiar nuestro destino. Es el momento en que inicia el ejercicio de responsabilidad civil de cada uno de nosotros al nombrar a quienes consideramos los más aptos para el cargo de conducir el destino del País en función de nuestra experiencia de vida en el mismo. Es el momento en que decidimos quienes son los más aptos, de acuerdo a las credenciales que nos presentaron en campaña, para proveernos seguridad, servicios, estabilidad social y económica que genere recursos para contratarnos en trabajos que nos den los recursos para la vida, para nuestras vidas. Más allá de retoricas, es el momento en que asumimos la responsabilidad de la conducción de nuestras propias vidas en la sociedad en la que vivimos.

Si bien los partidos políticos se han encargado de pervertir este proceso natural de selección laboral para convertirla en creación de ejércitos de peones que refuercen pequeños núcleos de utilización funcional en la búsqueda de riqueza económica a través de la manipulación del poder como una retórica de chantaje, extorsión, posicionamiento corporativo y el consecuente posicionamiento ‘privilegiado’ en el orden social con sus consiguientes abusos económicos y dispendios ignorantes, en realidad el momento del voto, visto así, como ese privilegio y responsabilidad de asumir por unas horas el poder del Estado, es el inicio de nuestra participación ciudadana. Al votar nombramos a quienes pensamos pueden hacer mejor el trabajo de garantizarnos una subsistencia digna y con oportunidades de placer familiar, personal, integral. Sin embargo una vez nombrados los nuevos responsables de nuestras vidas, ese papel de asignación de funciones que debería ir seguido de la labor de auditoria y persecución de reportes que confirmen que nuestra decisión fue la correcta, lo perdemos. Nos perdemos. Descuidamos nuestra decisión. Una actividad ciudadana que debería ser permanente exigiendo cuentas a los ganadores de nuestra confianza tanto así como para inyectar la humildad, modestia y sentido del deber que los elegidos deberán tener para con nosotros, los mandatarios auténticos en una sociedad democrática, la dejamos sin ejercer.

La estridente dialéctica que han construido los partidos y que nos llevó en los últimos meses al más confrontacionista proceso electoral de la historia reciente, es un reflejo de los niveles de radicalización a los que ha llegado la competencia por el poder, no por la búsqueda del convencimiento del elector. En alguna parte de la continuidad del sistema, esa óptica se perdió. La del respeto al votante. Y la confrontación de esos núcleos de utilización funcional y sus peones en todos los frentes -medios de comunicación, periodistas, propagandistas, agitadores, elites empresariales, organizaciones no gubernamentales, clubes, etc, etc, etc,-  se concentró en el ataque a otros núcleos, enfocando sus discursos, sus estrategias de propaganda, su metodología de destrucción del adversario, sin importar el protagonista de esta historia: el votante. Así, sin límites emocionales o racionales, los partidos y sus representantes se dedicaron a utilizar patrimonialistamente los recursos que les dimos de forma ofensiva solo considerando la extinción del adversario por todos los medios. La opinión publica, esa, la del votante que somos los dueños del Estado mexicano por esas horas decisivas, fue ignorada y solo tomada en cuenta como referente para medir el tamaño del impacto del daño. En esta infinita demagogia las informaciones que deberían estar destinadas a buscar nuestro convencimiento por uno o por otro candidato a nuestra confianza, fueron sustituidas por datos y estadísticas que repitieron una y otra vez como ciertos hasta que les convino. Entonces, tanto esa información, como cualquiera generada en campaña, se convirtieron en falsos, poniendo en duda cualquier seriedad de la información diseminada incluyendo aseveraciones que aseguraban dar certeza sobre la capacidad personal de los candidatos basados en no más que su propia aseveración de que lo eran, sin ninguna prueba o garantía de su afirmación, despreciando, creo, la importancia de nosotros, los garantes del triunfo. Despreciando en el fondo el respeto a nuestro papel como mandatarios de su papel en la conducción del País.

El momento más sublime de la democracia, me pareció la mejor definición del momento del día de la elección. El momento en que ejerceremos el voto como un juicio que resumirá la percepción que tuvieron en nosotros los distintos candidatos y que nos da el poder de efectivamente poner en su lugar histórico la insensibilidad para responder a nuestros reclamos y necesidades, o el acierto de saber comprender nuestra circunstancia y las preocupaciones que la forman.

Este momento sublime puede dar cualquier resultado. Y si es la alternancia deberíamos de darle la bienvenida porque ciertamente es la esencia de la democracia.

El no permitir que se olvide el papel fundamental de nuestra decisión solo radica en la insistencia en no dejar de observar, criticar, auditar, exigir reportes, respuestas, resultados, que prolonguen en su esencia ese momento sublime de poder que, en realidad, siempre está presente en el reconocimiento de nuestra existencia en sociedad, en la comunidad que construimos juntos a un País.

Reflexiones sobre la plática con Luis Farías (@LUISFARIASM) en el especial #AlterNacion101 del jueves 28 de junio 2018.


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