El soundtrack del 19S: del nacionalismo al malinchismo

Escrito por: B7XO

Fecha de publicación: 13 octubre, 2017

 
Para el rock, y la música en general, no tengo nacionalidad ni fronteras ni terruño, y mi idiosincrasia musical es la que provee el estado de ánimo y en ocasiones, inclusive, el clima.
Todas las canciones de este mundo están compuestas con base en la conjugación diversa de siete notas que pueden ser dispuestas en compases con millones de posibilidades. En mi universo privado, no obstante, hay buena y mala música tanto como hay buenas y malas personas y, en ambos casos, soy lo más incluyente posible.
Entre el Zócalo de la Ciudad de México y el Foro Sol hay 8.5 kilómetros de distancia y en ambos escenarios, con algunos días de diferencia, se orquestó un mismo gesto de solidaridad proveído por protagonistas de distinto calibre musical: U2 y un elenco que habría hecho las delicias de Raúl Velasco. No, no me contradigo, pero vuelvo a aquello de la buena y mala música, y hago énfasis en la abolición de las fronteras, musicalmente hablando.
A mí me da lo mismo que a mucha gente le guste Mon Laferte, quizás el último resabio pop derivado del caudal bien generado por la dupla Lafourcade-Venegas, pero sigo creyendo que Bosé es un artista infinitamente superior a Laferte y que una arenga de ésta, en una cosmogonía social como la mexicana, tiene el mismo efecto que un tuitazo que se diluye en un mar de hashtags, una revolución de globos con agua o el activismo mexicanista de Bono.
Pero el problema real no es ése sino que en un repentino y urgente contexto nacionalista, la opinión exacerbada por el gusto personal promueva un extraño esbozo malinchista que coloque el gesto de la enorme bandera mexicana que mostró U2 en su kilométrica pantalla por encima de las coquetas y bien redactadas proclamas de Laferte y Morrison (Carla). ¿Tan rápido se les olvidó el patrioterismo? ¿Acaso estamos tan urgidos de atención paternal que es necesario que venga un histórico del rock a recordarnos que somos mexicanos? Lo mismo sucede cuando Roger Waters mienta madres a mansalva un par de veces mientras Panteón Rococó lo hace cada ocho días, sólo que sin pantallas gigantescas ni fuegos pirotécnicos.
 

 
Nunca he ido a un concierto de Laferte, y pienso nunca hacerlo, pero no sé si en cada ocasión apuntale su languidez musical con una queja contra el pinche gobierno, aunque no lo creo y, por ende, con base en esa suposición, me atrevo a señalar que tanto Laferte como U2 y los mismos Red Hot Chili Peppers aprovecharon ese resquicio para colocar una guinda más en el álbum de recuerdos, es decir, fueron tan oportunistas como los organizadores del concierto en el Zócalo. Recordemos que en México la queja por lo que sea cotiza muy alto. Y está bien, cada quien cuida su negocio como puede, pero lo verdaderamente importante, dramático e interesante es ver cómo reacciona el público nacional ante una misma acción repetida en distintos escenarios.
Si bien es cierto que durante la crisis social proveída por el sismo del 19 de septiembre de 2017 se aplaudió la fraternidad entre vecinos de ciudad y estados, semanas después volvimos a recuperar esa necesidad de marcar la diferencia por puro gusto, trazar fronteras porque “tú eres un chavorruco que sigue amando a Timbiriche y yo un adulto contemporáneo que sigue creyendo que U2 va a cambiar al mundo”.
¿Por qué vale más el obsequio Irlandés que el mexicano? ¿Tendrá que ver, pregunto con ironía, el precio del boleto o el tamaño de la producción? Finalmente las diferencias son positivas porque, en algunos casos, generan la personalidad y la idiosincrasia, pero ningún costado tiene más valor que el otro aunque no por eso están exentos de crítica.
El concierto de U2 estaba agendado y se aprovechó el contexto, y el mamotreto montado en el Zócalo, amén de su “intención”, fue oprobioso por lo que encerraba tras su coraza. Más allá de ser un festivalito exprés se trató de un veloz showcase, una pasarela de catálogo disfrazada de oasis ante la tragedia; un remanso, decían. Sin embargo, si hablamos de impacto social, ninguno fue mejor que el otro. Más allá de lo musical para su target, ninguno significó algo tangible, aunque al menos, en conjunto, corrieron el velo de la poca memoria inmediata que tenemos los mexicanos.