El diablo va a estar muy triste, nos dijo Fobia

Escrito por: B7XO

Fecha de publicación: 24 septiembre, 2018

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Son las 19:30 y el tránsito sobre Río Churubusco es lento pero fluido. El chófer me va platicando que su cantante favorito es Alex Lora, que le va al Cruz Azul y me pregunta a quién voy a ver al Palacio de los Deportes.

-Fobia.
-Ah, Fobia tocan (sic) padre, le gustan mucho a mi hija. Siempre que hay fiesta cantamos El Microbito en el karaoke.
-¿Qué edad tiene su hija?
-Tiene 16 años, joven.

En silencio agradezco que me diga joven, aunque pienso que la mayoría de los asistentes seremos hombres y mujeres de mediana edad con buen gusto musical, aunque no dejo de preguntarme por qué le gusta Fobia a su hija de 16 años. Me arriesgo de todas formas.

-Su hermana mayor era fan de Fobia, le ponía sus discos y después murió en un accidente de tránsito. Desde entonces, joven.
No me casa lo de joven. Más bien soy chavorruco en esencia, inclusive pienso en volver a perforarme las orejas, total.

Don chófer no tiene cambio y me espera mientras bajo a un puesto de vendimia cuyos productos lucen más en diseño y estilo que la “mercha” oficial de la banda. Regreso con cambio y le pregunto si su hija de 16 años estará en el concierto.

-No hubo lana –me dice y alza los hombros–, ya sabe, la música ya es un lujo.
-Luego lo suben a Youtube –le digo pero creo que no me entiende. Le extiendo una calcomanía de Fobia que compré para cambiar el billete–. Llévesela a su hija –le digo dándole una palmada en el hombro y el sujeto sonríe.

El lobby del Palacio se nutre de gente del mismo corte. Aquí no hay expresiones mexicanistas sino un aire de vanguardia. Veo gente con pinta de entrepeneurs, diseñadores, músicos, periodistas sin gafete; pocos cabellos largos, más bien calvas y un contraste entre ropas coloridas y trapos negros.

Pienso en los deseos de Paco Huidobro de querer un Fobia de garaje que hoy copa, hasta la última fila, el Palacio de los Deportes. Multiplico por dos al número de asistentes y así saco el porcentaje momentáneo de su cantidad de detractores por noche. Porque Fobia no hace ruido, no hay guitarrazos sino un vaivén de sonidos que, como criaturitas, van acomodándose para dar forma a las canciones de un Fobia que va construyendo su música en bloques: entes, viajes, sexo… Imágenes necesarias para configurar una revolución mental sin discursos patrioteros, es decir, una revolución sin manos. Fobia no es simplemente un grupo de rock, es algo que va más allá. Sus canciones son postales exclusivas para el soundtrack y la memoria personal de cada uno de los que estamos ahí.

No hay sarapes ni puños en alto ni consignas, esto es música, no un mitin, ¡carajo!, ¡por fin!; vaya, los pocos millennials que tuvieron un orgasmo en reversa cuando la banda abre con El Diablo se confunden cuando escuchan Jonathan… No saben qué es eso, no entienden y se miran confundidos. Ninguno hace el cruce de brazos en Revolución sin manos.

Pero bailan y cantan, y se las saben. A mi lado un chavorruco hermano escupe todas las letras, me pregunta si tocarán Caminitos hacia el cosmos, le urge saberlo, y le digo que seguramente, porque es una de las canciones favoritas de Paco Huidobro.

Y éste se mira bien en escena, como el poeta maldito con el que comparte el apellido (vaya coincidencias), pero uno se pregunta hacia dónde mira cuando toca, por qué su sonrisa es tan sardónica bajo ese bigotillo que es urgente que rasure. ¿Acaso está congratulado con ver los alcances de sus pulsiones? Pero la diferencia entre Paco y Vicente es que el primero no segrega a la sociedad sino la salpica de recuerdos con cada canción que nació en su cuarto siendo un adolescente. ¿Se imaginaría entonces hasta dónde iba a llegar su ocurrencia? “Quiero ser músico”… Ok, dale, pa’lante, y en unos años llenarás el Palacio…

La voz de Leonardo mantiene su potencia cristalina. Leo no habla, él canta, es el contramaestre de esa nave que va a Júpiter mientras el capitán extrae una avalancha de sonidos con su Fender roja y maltrecha. ¿Para qué hablamos si lo que la gente quiere es música y no arengas? Iñaki es un vampiro calvo y sereno que acaricia sus teclados como si fueran su amante más gozosa. Cha, el buen Cha, esa especie de perro San Bernardo devenido en bajista es mucho más discreto que en sus primeros años pero sus notas, perfectamente ecualizadas, te pegan en el plexo solar.

Mención aparte merece Jay. #PerdónanosJay, publico en Facebook al verlo tensar los músculos convertido en un kraken diminuto cuyos tentáculos aporrean esa batería minimalista sin toms de aire y que nos obliga a no extrañar a Gabriel Kuri. ¿Es que acaso Jay cobra el doble? Y, si no, debería.

Dios bendiga a los gusanos es un madrazo al hígado y pienso que de subir a Fobia al ring habría vencido a Golovkin en el primer round y nos vamos a cenar temprano.

Y tenemos 80% del primer disco, 50% de Mundo Feliz, 40% de Leche (“¿Y Los Cibernoides?”, pregunta mi hermano Irving Natera con esa insatisfacción que olvida cuando suena El Crucifijo), 30% de Amor Chiquito y así, disminuyendo. ¿Para qué queremos más si con Vivo el venue parece venirse abajo?

Cataratas de serpentinas… Dos encores. Al salir me siento como caminando sobre Insurgentes, de madrugada, después de un concierto de Fobia en LUCC.

-Misión cumplida –le escribo a mi madre en un mensaje de WA–, hoy vi pasar mi vida en postales como canciones.
-¿Te gustó? –pregunta.
-Y desde el fondo canto shubidubaparututurá…