El disco (aún) es cultura

Escrito por: Karina Cabrera

Fecha de publicación: 12 julio, 2016

Para Elisa, quien me narra por Whatsapp

las incidencias de la telenovela

El final de la más reciente temporada de Game of Thrones y el partido final de la Copa América entre Argentina y Chile fueron dos eventos televisivos con una esencia dicotómica: o bien reunieron a la familia, o bien la dividieron, no sin pleito previo; quizás la televisión sin servicio de cable, esa que básicamente está encima del refrigerador, fue la que albergó el fútbol y se hizo depositaria de los enfados del papá que no apreció los yerros de Messi en alta definición.

Así como el radio a principios y mediados del siglo XX, la televisión se convirtió en ese nuevo miembro de la familia, o “quinto beatle”, que en ocasiones permanece encendido sólo para que la casa no se sienta tan sola.

A causa de su presencia determinante (no hay casa sin tele), la televisión se erigió como ese imán que reúne a la familia cuando hay algún evento especial, llámese el final de una telenovela, la transmisión de las Olimpiadas o la rutilante boda de una infame pareja de actores. No obstante, debido a esa impertinencia específica, se deja de lado a otro gran elemento casero que arracimaba a las familias cuyos intereses atisbaban por vertientes melómanas: el tocadiscos.


 

Al menos en casa de mis padres la llegada de un disco nuevo era un evento digno de pompa y circunstancia. Y en ocasiones no era uno sino varios de cualquier clase de género que rozara la decencia, adquiridos lo mismo en Aurrerá, Gigante, Sears, Discos Zorba o El Gran Disco. La peregrinación en busca del disco del mes ocurría generalmente los sábados por la mañana, aprovechando que mi madre iba al supermercado por las viandas de la quincena.

El gozo comenzaba desde el momento de cortar delicadamente el celofán que protegía la portada y que de inmediato era cubierto con una de esas fundas de plástico que vendían en tiendas especializadas. Sí, antes las portadas existían más allá de un empaste digital de pixeles que apenas y se ve en la pantalla de un teléfono móvil o el iPod. El siguiente paso era extraer el disco sosteniendo el canto con el corazón de la mano y colocando el dedo cordial en la etiqueta de papel que cubría y decoraba el centro del vinil, con delicadeza de cirujano y el equilibrio de un buen alambrista de circo. Ay de ti si lo dejabas caer.

Mientras mi padre o yo realizábamos semejante ritual que se asemejaba a la acción de atender un parto, mi madre preparaba la comida que sería sazonada con los disparos electrónicos de Deodato, la estruendosa languidez de The Doors o la textura caramelizada de Joan Baez.

La sobremesa iba por la misma dirección y en ocasiones mis papás atacaban los últimos estertores de la tarde bailando en la sala al compás de Poncho Sánchez o Estrellas de Fania.

Con el paso del tiempo yo aplicaba el mismo ritual con mis cassettes y posteriormente, aún en familia, con los discos compactos aunque ante la ausencia del gis (o scratch) que viajaba de la aguja a los parlantes, el placer fue volviéndose más frío.

Hoy en día, gracias a los servicios de streaming la convivencia familiar alrededor de un disco se ha convertido más bien en una lanzadera de greatest hits, o bien se redujo a encajar un universal serial bus, o USB, preñado con cientos de archivos en MP3 sin poder disfrutar de una enorme portada o de la funda interior en donde se leían las letras o venía información oscura referente a quién produjo, quién tocó las congas en tal o cual canción y en qué estudio se grabó semejante joya. Para eso basta con abrir la Tablet o el iPad para ingresar a los cientos de páginas con datos duros; una vez más, el placer se mantiene debajo de los cero grados.


 

En algunos casos, y en algunas casas, los rituales de la música han perdido importancia, o bien se mantienen dentro del espectro de la intimidad personal. A quien aún goza de esos placeres, sin ser parte de la nueva armada de amantes del vinil que lo consideran arte-objeto y pagan cantidades ridículas de dinero, se le denomina desdeñosamente nostálgico o adulto contemporáneo con el tiempo suficiente para escuchar esa mastodóntica canción de Iron Butterfly llamada In-A-Gadda-Da-Vida, que ocupaba todo el lado de un disco y ahora apenas algunos míseros megabytes.

Hace poco en mi página de Facebook pregunté a los lectores cuál fue la primera canción que bajaron de Napster (varios señalaron, con mucho humor negro, que muchas de Metallica) y hoy podríamos repetir el ejercicio preguntando cuál fue el primer disco de vinil que compraron con su propio dinero y con el que activaron ese ritual de darlo a luz antes de colocarlo sobre ese mágico plato giratorio.