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Delatora | Fragmento del libro Joyce Carol Oates

Escrito por: Carlos Hersan

Fecha de publicación: 31 mayo, 2021

Delatora | Fragmento del libro Joyce Carol Oates
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Por una cortesía de Editorial Alfaguara presentamos un fragmento de esta novela

Nacida en Lockport, Nueva York, en 1938, la novelista, cuentista, poeta, dramaturga, ensayista y editora Joyce Carol Oates es considerada uno de los grandes nombres de la narrativa estadounidense contemporánea.

En su prolífica carrera ha recibido innumeranles premios y reconocimientos, como el National Book Award, el PEN/Malamud Award o el Prix Fémina Étranger y este año le fue otorgado el premio Carvalho de novela negra. En 2011 recibió la National Humanities Medal, el más alto galardón civil del Gobierno estadounidense en el ámbito de las humanidades. Su nombre es casi un clásico de las quinielas del Nobel.

Por mencionar algunas de sus novelas más populares, destacan Blonde, una biografía de Marilyn Monroe (2’000), finalista del Premio Pulitzer; La hija del sepulturero (2007) basada en la vida de su abuela; Infiel (2010); Memorias de una viuda (2011); Mujer de Barro (2012) y Rey de Picas (2015).

En su novela más reciente, Delatora, narra la historia de una joven, Violet, que recuerda su vida después de que, con doce años, ofreciera su testimonio sobre el asesinato racista de un niño afroamericano por parte de sus hermanos mayores y la apartasen de su familia.

¿Qué debería prevalecer: la lealtad familiar o la lealtad a la verdad? ¿Alguna vez es un error decir la verdad, hay algún momento en que mentir a la familia esté justificado? ¿Se puede hacer lo correcto y que toda la vida nos lamentemos por ello?. Es una historia vigorosa sobre la familia, sus expectativas y la ineludible necesidad de romper con ella. “La violencia del mundo de Oates es excesiva porque se parece mucho a la nuestra”.

Por una cortesía de Editorial Alfaguara presentamos un fragmento de esta novela.

Repudiada

Hubo una época en que yo era la favorita de papá, de entre sus siete hijos. Antes de que algo terrible sucediera entre nosotros, algo que todavía estoy tratando de solucionar.

Fue en noviembre de 1991. En aquel momento tenía doce años y siete meses.

Mi padre me mandó al exilio. ¡Trece años exiliada! Puede que para un adulto no sea mucho tiempo; para una adolescente es toda una vida.

¿Quién es la niñita de papá?

Violet Rue. ¡La pequeña Violet Rue!

Cuando era una mocosa, papá me besaba en la nariz (muy chata) y conseguía hacerme chillar. Me levantaba con sus brazos musculosos y fingía lanzarme al aire, de manera que me asustaba, pero sin llegar a quejarme, porque a papá no le gustaban las niñas miedicas.

Había apasionamiento en todo aquello, en el levantarme a pulso, en la vehemencia de las palabras. Un delicioso aroma ardiente, el aliento de papá, feroz e inconfundible, aunque yo no tenía ni idea del porqué, no tenía ni idea de que había estado bebiendo (whisky), pero sabía que aquella ferocidad era el verdadero aliento del padre, el aliento del varón.

¿Cómo está mi pequeñina? No le tienes miedo a tu papá, ¿verdad que no?

Más te vale, ¡porque papá quiere con locura a su pequeña Violet Rue!

En otro tiempo, antes de que yo naciera, Miriam, la mayor de mis hermanas, había sido la favorita de papá. Después lo fue mi hermana Katie.

Pero más adelante la favorita pasó a ser Violet Rue. Y ya no hubo más cambios.

Porque yo era la pequeña, la benjamina de la familia Kerrigan.

La última en nacer. La más querida.

Fue el mismo papá quien eligió mi nombre: Violet Rue. Un nombre que aseguraba haber oído en una canción irlandesa que le obsesionaba de pequeño.

Se decía que Violet Rue había sido consecuencia de un embarazo accidental —un embarazo «tardío»—, aunque para las personas religiosas nada puede ser del todo accidental.

Todos los seres humanos tienen un destino especial. Todas las almas son inestimables para Dios.

La familia es un destino especial. La familia en la que has nacido y de la que no existe escapatoria posible.

¡Tu madre estaba encantada! Una hermosa niña para ocupar el sitio que dejaban los que ya estaban creciendo y se alejaban de ella, y en especial los hijos varones a los que apenas se atrevía a tocar, las mejillas primero aterciopeladas y más tarde hirsutas, el calor de la piel, el rostro ferozmente enrojecido cuando ella no tenía intención de sorprenderlos, al abrir una puerta sin llamar antes, distraída: Lo siento, no creía que hubiera nadie… Tus hermanos mayores, que apartaban la mano de mamá hasta cuando llegaba a tocarlos por pura casualidad.

Un bebé al que querer. Una niñita a la que adorar. El inmenso placer de recibir un amor absoluto y sin reservas cuando creías que nunca volvería a suceder…

Por supuesto, Lula estaba encantada.

Por supuesto, Lula estaba deshecha. Dios santo, no, Jesús, no. Apenas se había recuperado del último embarazo; había decidido que ese sería el último. Treinta y siete años, demasiado mayor. Quince kilos de sobrepeso. Tensión alta, tobillos hinchados. Infección renal. Varices como telarañas de tinta en los muslos, carnosos y pálidos como una pechuga de pollo.

Y el varón, el marido de origen irlandés, alto y apuesto. Que apartaba los ojos, sin querer ver el blanco vientre hinchado, los muslos flácidos, los pechos como ubres de vaca.

¡La culpa la tenía él! Aunque mi padre se la pasaba a ella.

Le reprochaba en privado desde hacía años que era ella quien había querido tener hijos, y resultaba inútil recordarle que también él los había querido, lo orgulloso que se había sentido, los primeros bebés, sus primeros hijos, maravillado y presumiendo ante sus amigos a todas horas de que los estaba alcanzando, maldita sea, e incluso ante su padre, el pobre desgraciado al que no soportaba, igual que el viejo cascarrabias tampoco lo soportaba a él.

Y Lula había sido una mujer hermosa. Con un cuerpo que cautivaba a su marido. Piel delicada, pechos blancos asombrosamente suaves, la curva del vientre, las caderas. ¡Había estado loco por ella! Como bajo un encantamiento. Los primeros años. Seis embarazos. Sin querer reconocer (excepto a su hermana Irma) que quizá, pensándolo bien, eran por lo menos dos embarazos de más. Y luego el séptimo…

Después del primero, su cuerpo empezó a cambiar. Después del segundo y del tercero. Y ya después del cuarto empezó a rebelarse. En el cuello del útero se descubrieron pólipos que (a Dios gracias) resultaron ser tumores benignos y fue posible eliminarlos sin dificultad. Otra infección renal. Tensión más alta, tobillos hinchados. El médico aconsejó la interrupción del embarazo. Pero Lula nunca lo habría consentido. Ni tampoco Jerome.

Esa opción no estaba sobre la mesa. Ni ante los demás ni en privado. Mis padres eran católicos, eso bastaba. No se hablaba de ciertas cosas y para muchas de ellas tampoco existían, en cualquier caso, las palabras adecuadas.

Igual que los jóvenes iban a la guerra sin hacerse preguntas. No había nada que preguntar, no era esa la imagen que tenías de ti mismo.

Las semanas, los meses en los que tu madre pasaba la mayor parte del día tumbada. Aterrada ante la posibilidad de un aborto espontáneo y aterrada al pensar que podía morirse. Rezaba para que el bebé naciera sano y pedía a Dios seguir con vida, y fue así como Lula Kerrigan no solo perdió su atractivo (algo que hasta entonces daba por sentado) sino que pasó a estar permanentemente asustada y ansiosa; se volvió supersticiosa. Buscaba «señales»: que Dios tratara de decirle algo especial sobre ella misma y sobre la criatura que le crecía en el vientre.

Una «señal» podía ser algo vislumbrado a través de una ventana: la figura de un ángel gigantesco en las nubes. Una «señal» podía ser un sueño, un estado de ánimo. Una premonición repentina.

En las últimas etapas del embarazo, nadie conseguía convencerla para que saliera de casa. Tanta era la tripa, tal el constante jadear y los ojos desorbitados. Comía con voracidad hasta ponerse mala. Seguía engordando. A sabiendas de que a su marido le repugnaba su cuerpo, aunque (por supuesto) (como cualquier marido culpable) Jerome lo negara. Lo último que Lula Kerrigan quería era exponerse a las miradas de otras mujeres que se mostrarían implacables, burlonas.

Dios mío. ¿Esa es… Lula Kerrigan? ¡Parece un elefante! ¿No se da cuenta de que va montando un número al exhibirse así?

Manifestaciones de desprecio que oirías a lo largo de tu infancia y adolescencia: montar un número, exhibirse. La peor acusación de una mujer contra otra.

Se exhibe como si fuera la reina del mambo.

Eso es lo que se echaba en cara a mujeres y jovencitas que se exhibían: su cuerpo. Sobre todo si ese cuerpo era a todas luces imperfecto: si estaban demasiado gordas. Presentándose en público cuando deberían avergonzarse de su aspecto o, por lo menos, ser conscientes de su deformidad. Nunca se acusaba de manera parecida a hombres o muchachos.

No parecía existir equivalente masculino para montar un número, para exhibirse.

Como tampoco —algo que descubrirías más adelante— existe equivalente masculino para zorra, para furcia.

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