Chingar y simular

Escrito por: Luis Farias

Fecha de publicación: 30 noviembre, 2018

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Nunca es mal momento para rescatar a Paz. Dos temas vienen a mi memoria en estos días de la Cuarta Transformación: simular y chingar.

 

La simulación a la que se refiere el poeta es aquella que “exige una invención activa y que se recrea a sí misma a cada instante”, esa que responde al placer y fantasía, pero también “para ocultarnos y ponernos al abrigo de intrusos. La mentira, sostiene Paz, posee una importancia decisiva en nuestra vida cotidiana, en la política, el amor, la amistad.”

 

Lo importante, sin embargo, es que con ella “no pretendemos nada más engañar a los demás, sino a nosotros mismos”.

 

Porque “el simulador pretende ser lo que no es. Su actividad reclama una constante improvisación, un ir hacia adelante siempre –Arriba y Adelante, fue el lema del echeverriato, hoy tan presente-, entre arenas movedizas. A cada minuto hay que rehacer, recrear, modificar el personaje que fingimos, hasta que llega un momento en que realidad y apariencia, mentira y verdad, se confunden. De tejido de invenciones para deslumbrar al prójimo, la simulación se trueca en una forma superior, por artística, de la realidad. Nuestras mentiras reflejan, simultáneamente, nuestras carencias y nuestros apetitos, lo que no somos y lo que deseamos ser.”

 

El drama del simulador es que “jamás se entrega y olvida de sí, pues dejaría de simular si se fundiera con su imagen. Al mismo tiempo, esa ficción se convierte en una parte inseparable -y espuria- de su ser: está condenado a representar toda su vida, porque entre su personaje y él se ha establecido una complicidad que nada puede romper, excepto la muerte o el sacrifico. La mentira se instala en su ser y se convierte en el fondo último de su personalidad.” El drama fue perfectamente plasmado en teatro por Usigli en El Prestidigitador, dispuesto a morir para representar su papel.

 

De allí que sea tan difícil leer y desenmascarar a un simulador, porque es un pez en el agua en constante cambio y acomodo a las corrientes: hoy es una cosa, mañana otra; por la mañana asevera, en la tarde niega; lo malo no le toca, lo bueno le pertenece; cualquier ataque lo revierte magistralmente contra el atacante, siempre más corrupto, inepto, o malo que él en su peor faceta. Sus propios allegados se declaran impotentes de predecir y explicar sus actos (al menos racionalmente), de manera que entre simulación y mentira se recrea una realidad que, como las máscaras de Paz, devela más que lo que oculta: carencias y apetitos. Una realidad virtual, de percepciones, no de hechos, que pinta en aspiración lo que en potencia se carece; en paraíso el infierno. Una soledad solo soportable entre la masa enardecida y el templete.

 

El simulador es un artista de la mentira que se casa con ella y termina siendo su rehén, con costos para él, la sociedad y la realidad que lo sufren.

 

Las consultas de López Obrador no son solo simulaciones para movilizar a sus bases permanentemente, son él mismo; mentira, apetito de grandeza, carencia de medios; artificio, aire, gesticulación democrática.

 

La realidad no juega en su ecuación, las consecuencias de sus simulaciones, mentiras y fugas hacia delante no cuentan, solo vale lo simulado. Si los mercados caen es por culpa de los conservadores -y henos de regreso al siglo XIX-, no por sus mensajes contradictorios o abiertamente rijosos.

 

El otro tema, hablando de rijosidad, es el de chingar. “En México, dice el propio Paz, los significados de la palabra son innumerables. Es una voz mágica. Basta un cambio de tono, una inflexión apenas, para que el sentido varíe. Hay tantos matices como entonaciones: tantos significados como sentimientos. Se puede ser un chingón, un Gran Chingón (en los negocios, en la política, en el crimen, con las mujeres), un chigaquedito (silencioso, disimulado, urdiendo tramas en la sombra, avanzando cauto para dar el mazazo), un chingoncito (bueno, hasta una chingadera). Pero la pluralidad de significaciones no impide que la idea de agresión -en todos sus grados, desde el simple de incomodar, picar, zaherir, hasta el de violar, desgarrar y matar– se presente siempre como significativo último. El verbo denota violencia, salir de sí mismo y penetrar por la fuerza al otro.”

 

Continúa el poeta, chingar “define gran parte de nuestra vida y califica nuestras relaciones con el resto de nuestros amigos y compatriotas. Para el mexicano la vida es una posibilidad de chingar o de ser chingado (…) esta concepción de la vida social como combate engendra fatalmente la división de la sociedad en fuertes y débiles (…) el servilismo ante los poderosos (…) la adhesión a personas y no a principios (…) en un mundo de chingones, de relaciones duras, presididas por la violencia y el recelo, en el que nadie se abre ni se raja y todos quieren chingar, las ideas y el trabajo cuentan poco. Lo único que vale es la hombría, el valor personal, capaz de imponerse.”

 

Según Paz, el resentimiento reside en el fondo del carácter del chingón, por ello “no es el fundador de un pueblo; no es el patriarca que ejerce la patria potestad; no es el rey, juez, jefe de clan. Es el poder, aislado en su misma potencia, sin relación ni compromiso con el mundo exterior. Es la incomunicación pura, la soledad que se devora a sí misma y devora a lo que toca.” Es el líder vértice, de donde emana la única verdad posible, la ley verdadera y la virtud esencial.

 

Pues bien, debemos a Taibo II la definición de la Cuarta Transformación, que consiste, perdonando la cita, en “metérnosla doblada”.

 

Tal es su concepción de función y cargo públicos, el desiderátum y tono del próximo gobierno, su concepto de política y poder, de relación con los “otros”.

 

Y quiénes son los otros, se pregunta Paz. “Son los ‘hijos de la chingada’: los extranjeros, los malos mexicanos, nuestros enemigos, nuestros rivales. En todo caso, los ‘otros’. Eso es, todos aquellos que no son lo que nosotros somos. Y esos otros no se definen sino en cuanto hijos de una madre tan indeterminada y vaga como ellos mismos”, como la chingada.

 

Los otros, objeto de la penetración doblada, no son un cuerpo definido por sus ideas, clase o filiación, son todos aquellos que los violadores (chingones) determinen casuisticamente.

 

En fiel remembranza del Virrey De la Croix, Taibo nos ha dicho y avisado que, como súbditos del gran monarca, nacimos para callar y obedecer y no para discurrir, ni opinar en los altos asuntos del gobierno, por más que vistan la mona con consultas simuladas. Nacimos para callar y ser penetrados, Congreso de por medio.

 

El mundo que nos deja ver el gran ideólogo de la Cuarta Transformación, Paco Ignacio Taibo II, no es el propio del concierto político, la pluralidad y la democracia; las libertades y los derechos; sino el de guerra sin cuartel, el de chingar y ser chingado, el de meterla doblada y hacer ostentación de ello.

 

Bienvenidos a la Cuarta Transformación.