Alternancia 2018

Written by on 21/06/2018

Se equivocaron en la presentación de sus campañas. Eso creo. Diseñaron las campañas basados en la destrucción de los otros candidatos, en la denostación de las ideas ajenas más que en el convencimiento de las ideas propias como mejores. Se propusieron demostrar que eran opciones ‘menos perjudiciales’ para el País en lugar de presentarse como mejores opciones. Y en ese acartonamiento diseñado para defender una posición -la destrucción del otro-, en esa imposición de criterios discursivos, atraparon ellos mismo su lenguaje, su proyección y fueron perdiendo el camino del dialogo convincente que, en tiempos de redes sociales y la conversación horizontal, es indispensable para penetrar en la identidad del votante.

Por supuesto que Meade, Anaya, López Obrador, son personas altamente capacitadas, inteligentes. Sería imposible que estuvieran compitiendo por la Presidencia de México si no lo fueran. Pero una vez tomado el escenario de la competencia electoral, el juego es otro. La capacidad técnica pasa a segundo término y se requieren otras virtudes para concursar convincentemente. Un buen administrador, burócrata, funcionario público de cualquier nivel, no garantiza a un buen político. La sensibilidad, cultura de vida, visión social y entendimiento del entorno y la conciencia histórica son indispensables para articular un discurso que diseñe una realidad alternativa basada en principios ideológicos que sean capaces de construir una narrativa factible y convincente que conecte con las necesidades e inquietudes del ‘respetable’. Ese estudio y análisis de la realidad actual de la sociedad mexicana en sus distintas y múltiples facetas, no fue realizado exhaustivamente por todos los candidatos y en consecuencia se diseñaron campañas basadas en principios obsoletos de comunicación e identidad. La falta de integración del discurso  de esos candidatos que no entendieron el nuevo flujo de la información/comunicación en el entorno de la nueva realidad multitask  en el alternativo juego emisor/receptor de la nueva forma de relacionarse con la información por parte de la gran mayoría de participantes en este proceso electoral, disgrego de manera automática una gran parte de los mensajes enviados por los candidatos al no comprender ni la forma y ni el fondo de la conexión semántica contemporánea. Sin embargo, permeo los lados más negativos, en mensajes tanto intencionales -a partir de un mal diseño-, como accidentales -descuidos en tomas, en pronunciamientos, en lapsus- , provocando el derrumbe estructural de la narrativa de campaña.

Si a este fenómeno de desconocimiento del marco semántico de interacción en el nuevo lenguaje de la sociedad contemporánea le agregamos la participación interesada y totalmente disruptiva de los medios convencionales y sus líderes de opinión, más interesados en provocar tensión, incrementar la diatriba y señalar convenientemente los puntos de desentendimiento, agresión y conflicto de cada candidato, de cada partido, buscando beneficios financieros, la entropía del proceso electoral se elevó a un nivel total de saturación en donde el mensaje, a medio camino del proceso electoral, comenzó a desdibujarse y a perderse en el rechazo consciente de los receptores que comenzaron a alejarse de la discusión política. Discusión envenenada precisamente por una media convencional que solo busco crear escenarios de confrontación que alimentaran la necesidad de intervención directa de los postores del intercambio económico ‘por debajo de la mesa’ que ya varias instancias no gubernamentales han documentado como peligrosamente sobresaliente. Miles de millones de pesos que se invierten en los medios para financiar los ataques, las descalificaciones, las exaltaciones de candidatos, partidos, etc, abonando al cansancio intelectual y emocional de la población, siempre con el fin de ahuyentar la atención y entonces poder buscar alternativas a la discusión seria por el poder, como son la coacción o la compra del voto corporativo.

Al cierre del proceso electoral, los intercambios de información son en el sentido de crear conceptos como el ‘voto útil’, o el ‘voto por el segundo lugar’, como mecanismos emergentes de ‘salvación’ frente al poder opresivo -dominante, dictatorial, asfixiante- que promete mantenerse… o ese sería el espíritu histórico del ‘voto útil’. En el caso de México, el pretender llamar a un ‘voto útil’ en contra de un candidato de oposición es precisamente lo contrario al valor del concepto. El llamado al ‘voto útil’ se convierte en un clamor del establishment para mantener las posiciones inamovibles de sectores favorecidos por el sistema. Y en un País, como México, lleno de desigualdades sociales, pareciera ser que la necesidad de pertenencia a esos sectores favorecidos por el sistema, aunque sea por imitación, esparce el concepto de ‘voto útil’ sin reflexión ni razonamiento sensato para la conveniencia individual o del auténtico sector social al que pertenece el repetidor. Sin embargo, la tendencia generalizada, y la proyección del resultado electoral matizan la preocupación de esos mismos sectores. Preocupación justificada por años de trabajo, inversión y productividad en la ruta del establishment hoy amenazado. En un acto de absoluto pragmatismo, esos sectores comienzan a vislumbrar la auténtica posibilidad de la alternancia. Y en este entorno, esos llamados al ‘voto útil’ comienzan a bajar de intensidad y solo a ser repetidos por combatientes orgánicos de filiación partidista, o esos imitadores sociales sin conciencia social propia.

En esta reflexión que hace posible en escenarios de futuro inmediato la alternancia, los candidatos que optaron por el exceso de llamado a la destrucción de una opción de gobierno, más que apoyar la creación de su propia opción, padecen la consecuencia de ese diseño equivocado de la estrategia de campaña. Si la ruta fue de buscar la eliminación del otro, al no funcionar, poco a poco termina por quedar expuesta la desnudez de la opción propia, y entonces el desencanto se vuelve irreparable.

Diariamente usamos las palabras, los conceptos del lenguaje para relacionarnos con el mundo, con los otros, y pareciera que usamos todos los recursos de comunicación verbal y no verbal sin ser conscientes de la importancia de cada mensaje. Y digo pareciera porque en el fondo sabemos perfectamente que decir para congraciarnos con alguien, o que decir para fastidiar a otro, o que cara poner para coquetear y cual poner para desalentar o humillar. Lo mismo es el arte de la política y la estrategia de campaña: la elección de cada gesto, cada palabra, cada imagen, van ligadas directamente con la identificación que se pretende lograr del candidato con el gran mercado electoral. En el caso de este proceso, la elección de lenguajes combativos partiendo de la descalificación, fue en mucho, las mismas razones de la pérdida de brújula en la dirección de la construcción de una narrativa convincente que empatara con el ánimo actual de la sociedad. Lenguajes que, al entrar en crisis la campaña, se perdieron en los puntos comunes de las reacciones de emergencia. Sin embargo, los principios generados en cada discurso, cada spot televisivo o radial, cada entrevista, por supuesto que quedaron en el inconsciente colectivo con imágenes de candidatos belicosos, ‘bullies’, insistentes y monotemáticos, y, muy importante, destructivos más que propositivos. Al final, los mismos conceptos que se eligieron para mostrar sus campañas, fueron los mismos elementos que definieron a cada candidato en las conclusiones del ‘respetable’. Y si añadimos el fenómeno de la información accesible e intercambiable a la velocidad inmediata de redes e internet, el poder de decisión auténticamente se trasladó al público, al elector, al receptor de los mensajes.

Cuando alguien, con aparente estado de resignación, ya al final de la campaña me pregunta sobre el resultado de la elección y el aparente triunfo de López Obrador como una afrenta, mi respuesta es que al contrario: el triunfo de López Obrador como primera opción, o de Ricardo Anaya como segunda, me parecen una gran noticia para la sociedad mexicana en general. El desgaste de malas ejecuciones de políticas gubernamentales, de abusos documentados en el ejercicio del poder, de falta de consecuencias para delincuentes de cuello blanco reconocidos, el involucramiento de las instancias de seguridad publica en acciones de crimen organizado que han destruido nuestra paz y tranquilidad e incrementado el riesgo de perder la vida o los bienes en cualquier momento, nos han convertido en una sociedad ansiosa, tensa, permanentemente preocupada y sin emociones positivas que nos permitan creer en nosotros, cada uno, como miembros de una comunidad orgullosa. Creo que el triunfo de la alternancia puede ser el momento de regresarnos ese orgullo por nuestra comunidad. Un orgullo que no sea inspirado y resultado de un fenómeno trágico, como fue el 19 de septiembre 2017. Un orgullo, en el mismo sentido de creación de comunidad y reconocimiento del otro, que surja de la emoción y la alegría de sentir el poder individual que construye en conjunto el gran poder colectivo. Nuestra sociedad necesita este oxígeno, esta distención que va a dar la alternancia.

Somos un País con instituciones fuertes, solidas, serias, que no serán eliminadas, ignoradas o manipuladas por la alternancia. En todo caso serán sometidas a la confirmación de su razón de ser por la presión del cambio. Y eso también será una buena noticia para la construcción de nuestro País.

El triunfo de López Obrador como primera opción, o de Ricardo Anaya como segunda, será la mejor noticia para una nueva era de oportunidades que comenzará el 2 de julio.


Rock101

Segunda Odisea

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