“Les meábamos en la oreja a todos” (algo de Nick Hornby)

Escrito por: Lilith Masso

Fecha de publicación: 22 abril, 2018

Este es un fragmento de High Fidelity, uno de los libros más populares de Nick Hornby. Seleccionamos este momento del libro porque refleja un poco una era que desapareció, un espacio temporal en el que los empleados de las tiendas servían como nuestro intermediario para nuevos descubrimientos, pero a la vez, esos sujetos eran tan soberbios por su conocimiento musical que creían que podían humillarte al cruzar la puerta. Gracias a iTunes, a Spotify y a internet, este es uno de los males que ya no tenemos que padecer los amantes de la música. 
En esta ciudad, los selectos espacios para comprar cassettes y discos estaban dominados por tipos como Barry. Esos tipos como Barry, que llegaron a ser leyenda en esta ciudad, hoy viven de sus recuerdos, algunos son DJ´s o se sienten artistas, pero el poder que ostentaban, se les acabó. Esto es parte de “Alta Fidelidad”.
 
 
 
Estoy en la trastienda intentando poner un poco de orden, cuando oigo de lejos una conversación entre Barry y un cliente, un hombre de mediana edad a juzgar por la voz. Por lo que dice, no está muy al día que digamos. 
—Estoy buscando un disco para mi hija, para regalárselo por su cumpleaños. “I Just Called to Say I Love You”. ¿Lo tienen? 
—Desde luego —dice Barry—. Desde luego que lo tenemos.
Sé de sobra que el único single de Stevie Wonder que tenemos en estos momentos es “Don’t DriveDrunk”. Lo tenemos desde hace una pila de años. Y nunca hemos podido quitárnoslo de encima, ni siquiera rebajándolo a un dólar. ¿A qué estará jugando? Me acerco al mostrador para ver qué se cuece. Ahí está Barry, de pie, sonriéndole. El señor parece un tanto atarantado. 
—Entonces, ¿me lo puede vender?—, pregunta, esbozando una media sonrisa de alivio, como un niño pequeño que en el último segundo se ha acordado de añadir el por favor de turno. 
—No, lo siento mucho, pero no puedo.
El cliente, que tiene bastantes más años de los que supuse en principio, lleva una gorra de tela impermeabilizada y una gabardina beige bastante sucia. Para empezar, yo no quería entrar en este agujero infernal y ruidoso, se ve lo que está pensando. Para colmo, este tío me va a enredar. 
—¿Por qué no?
—¿Cómo dice?
Barry ha puesto algo de Neil Young, y en este preciso instante le ha dado a Neil la vena eléctrica. 
—¿Por qué no?
—Pues porque es una mierda sentimentaloide, una porquería. Por eso. ¿Me explico? ¿O es que tiene este local pinta de ser una de esas tiendas en las que se venden porquerías como “I JustCalled to Say I Love You”, eh? Ande, lárguese de aquí y no pierda el tiempo.
El viejo se da la vuelta y se larga. Barry se ríe por lo bajo, encantado de la vida. 
—Umillón de gracias, Barry. Eres un imbécil. 
—¿Qué pasa, tío? 
—Que acabas de fastidiar a un puto cliente, eso es lo que pasa. ¿Te parece poco? 
—A ver, a ver, a ver. Un momento: no teníamos lo que quería. Sólo me he reído un poco de él, y además no te cuesto ni un dólar. 
—No se trata de eso. 
—Entonces, ¿de qué coño se trata? 
—Se trata, escúchame bien, de que no quiero volver a oírte hablar así a nadie que entre en la tienda nunca más. ¿Está claro? 
—¿Y por qué no? ¿De veras crees que ese viejo zoquete iba a convertirse en un cliente habitual? 
—No, no es eso… Escúchame, Barry. El negocio no va tan bien como puede parecer. Ya sé que antes les meábamos en la oreja a todos los que venían pidiendo algo que no nos hiciera gracia, pero eso se tiene que acabar. 
—Putamadre, si hubiéramos tenido el disco, se lo habría vendido, y así tendríamos puede que una libra más que ahora, pero sin meada en la oreja, y tampoco le habríamos visto el pelo nunca más. Vaya negocio.
—¿Se puede saber qué te ha hecho ese tío? 
—Sabes muy bien qué me ha hecho. Me ha ofendido con su gusto lamentable. 
—Si el gusto ni siquiera era suyo, hombre; si venía a comprar un disco que le había pedido su hija… 
—Te estás reblandeciendo con los años, Rob. No sé si te acuerdas, pero hubo un tiempo en que lo habrías echado a patadas.