50 años sumergidos en la comunidad Pink Floyd

Written by on 22/12/2015

No fue escuchar ‘Animals’ en vinilo, con un equipo de sonido que permitía sentir cada textura ubicada de forma precisa en los surcos; tampoco conmoverse con homenajes  de auténticos fanartist mientras buscaban transmitir su obsesión sonora; ni dejarse llevar por los connaisseurs a través de la historia y el ensayo de sus experiencias, no fue eso lo más fascinante de Pink Floyd el pasado fin de semana en el festival realizado en el Centro Nacional de las Artes, fue la comunidad que se formó entorno a este mundo sonoro fantástico, político y humano dónde todos somos al menos un personaje.

 

Un crisol de fanáticos, entusiastas y descubridores recorrimos cada uno de los espacios sensoriales que se mantuvieron abiertos para todos, en un espacio diseñado para la interacción, el ritual, la introspección sonora y el debate. Cada zona pensada de, forma orgánica, para la interacción con Pink Floyd. Tanto la Plaza de las Artes como la Aula Magna José Vasconcelos fueron los centros neurálgicos que parecieron diseñados ad hoc para dar lugar al Pink Floyd Fest. Cinco décadas escuchando los mismos sonidos y cada uno encontrando diferentes historias.

 

 

El Cenart funcionó como un facilitador para recibir de lleno la experiencia floydiana con una curaduría tan rica y heterogénea como el mismo Pink Floyd lo permite en una experiencia multimedia. Cada uno de los elementos que forman el microcosmos del grupo estuvo presente.

 

Tener contacto directo con quienes han estado del mismo lado histórico de la banda, convivir con quienes conocieron y compartieron el espacio-tiempo de una época en convulsión artística y social nos hace íntimos con Floyd.

 

 

Personajes como el Dr. Caraveo locutor mítico y activo de Radio Alicia, Juan Carlos Colín, Oscar Sarquis, Alex Rubli, David Cortés o Xavier Quirarte compartieron desde la experiencia y la vivencia radial o vinílica un mundo que sonaba diferente y que fuera punto de partida, para muchos, para descubrir nuevos panoramas sonoros.

 

Permitiéndose expandir en anécdotas musicales, biográficas empapadas de referencias oscuras, por ejemplo la sobriedad lisérgica de la mayoría de los miembros o la importancia de Bob Klose para el grupo tienen un impacto real, acercan al mito sonoro para humanizarlo y hacerlo asequible para un público ávido de enchufarse en la textura. O la fotografías inéditas de Fernando Aceves que muestran un Pink Floyd fragmentado por la tecnología y la “Institución Floyd”. Entre el cotilleo de datos curiosos y ejemplos sonoros hicieron la portada perfecta de un festival memorable.

 

 

También las voces jóvenes fueron importantes, herederos de los sonidos patriarcales o de hermanos mayores sienten al grupo cercano. Desde el aspecto musical hasta el literario, desmembrando cada elemento artístico como el concepto de diseño en las portadas, la arquitectura en la composición y construcción de las obras musicales, la importancia y dedicación de cada miembro en la ingeniería de audio y el “concepto” como un conductor de la idea.

 

Escuchar a Glenn Povey fan, clavado musical y biógrafo del grupo (‘In The Flesh’, 1998 y ‘Echoes’, 2010), que ha convivido tanto con el arte como con el objeto de nuestro afecto, que ha recorrido cada surco sonoro y humano puede aportar al público una gama de sensaciones que trascienden el mismo hecho de escuchar a Pink Floyd en vivo -experiencia inigualable- en una intimidad generosa. O la emoción que transmite Roddy Bogawa documentalista de Syd Barret, que sin llegar a revelaciones da cuenta de una visión diferente sobre un personaje del que se ha hablado y cantado mucho, su importancia más allá del mundo Floyd.

 

Cada uno de ellos, cercanos a la historia y que no son “el primo de un amigo de un amigo” fueron guías y gurús en el recorrido de una banda “sin límites técnicos, económicos y creativos”.

 

Lo audiovisual, fue el invitado especial, permitiendo acercarnos a diferentes versiones de Pink Floyd. Una, la más pura, original y sin transformación que sólo puede tenerse en un vinilo reproducido en un aparato cuadrafónico – o Margules mexicano- que permite descubrir todas las texturas que se pierden con la remasterización de la idea. Esto nos permitió (a quienes el acetato no llegó) el descubrimiento de toda una capa de texturas que se ha perdido tras la compresión de los archivos y su trasmutación al plano digital, nos mostró vivo al elemento sonoro y con ello la superpervivencia de la obra.

 

 

Otra en vivo. Las bandas tributo son todo un riesgo. Desde los que imitan con cueros y pelucas –que no pulsan una nota-hasta quienes se creen ungidos por el espíritu que interpretan y pulsan cada sonido con memorización perfecta pero se olvidan del alma musical no son ni serán lo que esperamos escuchar. La Atom Heart Band o Ekos tienen espíritu, y demuestran que Pink Floyd puede ser interpretado y apreciado más allá de los conceptos y los preciosismos. El público no espera más que la interpretación en vivo de una idea musical, que es bien ejecutada y entendida, aplaudimos porque el simple hecho de personificar la música nos acerca al concepto original.


Rock101

Segunda Odisea

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