50 años después

Escrito por: Luis Gerardo Salas

Fecha de publicación: 3 abril, 2018

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Mi teoría es que octubre de 1968 freno la evolución de México. De venir de una economía estable y de una paz relativamente garantizada, un desarrollo social más o menos equilibrado, y una sociedad que crecía culturalmente al ritmo de otras sociedades en el mundo de la posguerra, la reacción gubernamental de 1968 freno de tajo el proceso de nuestra sociedad. En lugar de una reacción constructiva que aprendiera de las demandas estudiantiles que habían hecho suyas la clase media mexicana, el gobierno opto por el autoritarismo y creo entidades, a partir de la libertad de acción militar, que trabajaron en los subsuelos de la cultura policíaca de México desde entonces. La noche de Tlatelolco del 2 de octubre es solo el momento más notorio de las acciones autoritarias encaminadas a detener el libre pensamiento de la sociedad.
En ese mismo 1968 el mundo vivió momentos de desestabilización en el orden que se había impuesto a partir del fin de la segunda guerra mundial. Checoslovaquia, Francia, Inglaterra, y muy importantemente, Estados Unidos, grupos importantes de jóvenes cuestionaron los modelos de orden social, cultural y político que los regían. Si bien hubo reacciones airadas en contra de los movimientos generalizados de protesta, en general se tomaron las experiencias como fuentes de aprendizaje que generaron nuevas formas de entendimiento entre las sociedades. Alguna reacciones brutales, como la represión militar de Praga o Tlatelolco, comparten el espíritu autoritario con otras reacciones menos colectivas, en el sentido de una afectación física multitudinaria, pero igual de determinantes en el espíritu colectivo, como fueron, en Estados Unidos, los asesinatos de Robert Kennedy y Martin Luther King.
El freno que en México comenzó a aplicarse a la sociedad en octubre de 1968 se radicalizo en 1971 y a partir de ahí detuvo completamente las posibilidades del desarrollo critico de nuestra sociedad a lo largo de los próximo 17 años permitiendo, como consecuencia de un control absoluto del poder unipersonal del presidente, manejos económicos totalmente irresponsables de la economía nacional que, en esos años, creo el sistema corrupto de participación financiera descarada que genero nuevas riquezas, nuevas complicidades alrededor del poder político que se convirtieron en ejemplares para la actividad política en los próximos años hasta llegar a nuestro momento actual en donde el abuso del sistema creado en esos años ha creado la generación más corrupta de políticos de la historia reciente. No tanto por el engaño de su conciencia social, sino por los volúmenes de negocio y dinero obtenidos ilegalmente a través de la tentación de un puesto público.
Esa necesidad autoritaria germinada en 1968 cerro las fronteras de México con el mundo a lo largo de 17 años en donde la industria mexicana -en prácticamente todas sus áreas- fue sobre protegida, con lo cual no aprendió a competir, la academia fue acotada, con lo cual no se crearon nuevas mentes con visión de cambio o de posibilidades a futuro, y a sociedad fue alienada a través de los medios de comunicación que enviaron ad nauseam mensajes de pertenencia a ‘grupos selectivos de influencia’ que retomaron los principios de segregación y desprecio de clase.
Esa necesidad de pertenencia a un grupo privilegiado dio como resultado el ‘influyentismo’, epidemia que ha evolucionado hasta nuestros días en la actitud déspota y arrogante de grupos sociales que respaldan de manera poco reflexiva a grupos de poder, tan solo por la idea fantasiosa de pertenecer a esos mismos grupos. Fantasía que satisfacen con desplantes públicos de arrogancia y despotismo. La falta de dialogo con el mundo entero, entre 1970 y 1988 fue sustituida por la construcción de una sociedad introspectiva que giraba alrededor de la figura autoritaria del presidente como eje de la cultura de vida en general rigiendo todos los comportamientos sociales así como las actividades de cada miembro de la sociedad. Desde los que aspiraban a un cargo burocrático importante, hasta los que necesitaban esa interacción servil con el ‘grupo de poder’ para garantizar la supervivencia y la chamba.
En el caso de los Estados Unidos, el sacudimiento que significaron esos dos asesinatos en la segunda mitad de la década de los 60’s en la cúspide del movimiento hippie, de la liberación juvenil a través de la música y la contracultura -Martin Luther King, abril 1968, Robert Kennedy, junio 1968- fue retomado por los grupos intelectuales y académicos que, en una conciencia colectiva, presionaron a los poderes facticos para que se aplicaran las transformaciones que exigía la sociedad civil con relación a los derechos civiles, laborales, políticos. La consecuencia de dos asesinatos que intentaron frenar el avance de los movimientos colectivos de cambio fue el fortalecimiento de los mismos debido, repito, a una sociedad en su conjunto que, en este caso desde la cúpula de poder, comprendió que el autoritarismo no era la alternativa, y que solo la concesión paulatina y controlada de las demandas populares podía despresurizar, sin afectar el desarrollo social, el entorno de estridencia que vivía el país en 1968. Aunque todavía vendrían eventos que confirmarían la necesidad de cambio, a principios de los 70’s, la resistencia a ejecutar acciones de carácter autoritario por parte del presidente, acotado por instituciones sólidas de auténtico contrapeso que ayudaron a orientar el pensamiento político hacia una salida negociada, coadyuvo a que la evolución social continuara su ruta natural, manteniendo el crecimiento económico y creando nuevas generaciones con ideas progresistas con relación a un mejor futuro de bienestar colectivo.
El gran riesgo del actual proceso electoral mexicano es que, por primera vez, realmente las instituciones políticas están en el frente de la prueba de la democracia. El actual proceso electoral mexicano será decidido en su mayoría por una generación participativa entre los 25 y 40 años, la primera generación realmente libre de la alienación partidaria de los setentas y ochentas, en donde el ejercicio democrático de una elección por primera vez está siendo atendida por mentes que revisan, estudian discuten, tienen una voz sin control -las redes sociales-, y que, desencantados por las historias de decadencia estructural del sistema político mexicano, auténticamente no creen en nadie.
Por primera vez en la historia demócrata de México hay una generación que, lejos de los medios convencionales y su potencial envenenamiento ideológico, van a buscar ser convencidos a través del dialogo, la creatividad constructiva, la propuesta creíble y realizable. La oferta honesta que vislumbre un mejor México para su futuro.
Por primera vez en un proceso electoral, un gran sector de la población -que va a ser determinante para el resultado de la elección 2018- va a buscar ser convencido. Sin concesiones.
Tengo la sensación de que ese freno impuesto en 1968, que fue liberado parcialmente en 1988, hoy, 50 años después, se ha roto sin que los detentadores del poder se hayan dado cuenta, sin que los ‘pensadores políticos’ de nuestro País lo comprendan, y el ritmo natural de evolución social retoma su rumbo con una necesidad imperante de actualización por el tiempo perdido.
Esperemos que el autoritarismo, esa tentación que surge cuando el grupo en el poder ve perdidas sus perspectivas de mantener el status quo, sea frenado por la conciencia histórica que exige México en el inicio del siglo XXI.