1 de diciembre del 2018

Escrito por: Luis Gerardo Salas

Fecha de publicación: 30 noviembre, 2018

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El 1 de diciembre comienza efectivamente una nueva era. 5 meses después del día de la elección, en el que predominó el sentimiento de cambio positivo, de respiro esperanzado después de una contienda electoral tensa y divisoria, llega el 1 de diciembre con un ambiente de incertidumbre y pesimismo. Y es que fueron cinco meses en los que el establishment, sin aceptar con madurez el resultado electoral, usó todos sus recursos para denostar, cuestionar y recalcar todos los actos, declaraciones, decisiones y propuestas del nuevo gobierno que, primero “candidato ganador” y posteriormente “presidente electo”, no tenía los recursos jurídicos y formales para tomar las riendas de un País que el gobierno saliente dejó literalmente en el abandono, creando un vacío de poder por el que compitieron los portavoces del establishment y un nuevo gobierno aún no en funciones ni responsabilidades. El viejo régimen esparciendo rumores, adoctrinando a comunicadores, manejando la economía a través de sus aliados financieros, empresarios, industriales, señalando con vehemencia el más mínimo detalle, siempre con un ángulo propagandístico, incrementando la polarización comunitaria. El nuevo gobierno, sin entender que ya no es oposición, manteniendo el discurso ácido e incisivo de campaña, insistiendo en posiciones políticas no negociables que lo hicieron parecer intolerante, improvisado, arrogante, más con la amplificación sin tregua de cada gesto de su dirigente y próximo Presidente de México, de sus colaboradores cercanos y de todos aquellos identificados con su movimiento.

Lo cierto es que quedó claro que cinco meses de transición con un gobierno que claudicó a sus funciones, desde las más básicas administrativas hasta las emergencias por desastres naturales o acciones políticas de trascendencia humanitaria -como las caravanas de migrantes-, resultó ser demasiado tiempo, más si sumamos la notoria incompetencia para comunicar que ha demostrado el Presidente entrante, su equipo y sus aliados.

En un País como México en donde la Bolsa Mexicana de Valores es manejada por un número reducido de inversionistas, por supuesto que es factible que los poderes fácticos manipulen “los mercados”, pero declarar que están “asustando con el petate del muerto” no es la manera de tranquilizar al público en general. En un País en el que la comunicación sigue concentrada en dos o tres articulistas y comunicólogos que informan a conveniencia, y en donde aún no se acomodan las nuevas posiciones de confrontación intelectual -los intelectuales orgánicos actuales funcionan para el viejo régimen y el nuevo aún no forma sus propios cuadros-, el balance conceptual entre oposición y oficialismo, sin haber entrado en funciones el nuevo gobierno, aún no definido, la batalla desatada por el control del vacío de poder provocó una confusión generalizada que hoy hizo más grande la polarización y secuestró el momento histórico del cambio.

Sin embargo no será ya lo mismo a partir del 1 de diciembre. Andrés Manuel López Obrador será investido Presidente de la República Mexicana por instituciones y valores democráticos que representan a un País sólido y poderoso. Hay quienes en esta crisis de comunicación se asustan precisamente por ello, por el poder que ostentará AMLO a partir de su investidura Presidencial. Hay quienes pensamos que será el momento de balancear la política y la economía, y de comenzar a confirmar si el cambio será cierto y eficiente en beneficio del País. El discurso del nuevo gobierno, ahora si en funciones y responsabilidades, tendrá que cambiar. El Presidente gobierna para todos. Para sus simpatizantes y no simpatizantes, y en ese sentido tiene que asumir a toda la población en su proyecto de nación. Dejar a un lado la retórica oposicionista y verdaderamente asumir el papel de Jefe de Estado. Los poderes fácticos tendrán que confirmar ante todos nosotros que efectivamente respetan la investidura del Presidente que eligió una abrumadora mayoría de ciudadanos. Del comportamiento de todos los jugadores en los próximos y decisivos días, dependerá el regreso a la armonía y convivencia social y de la posibilidad de replantear el futuro a partir de un optimismo moderado, pero optimismo al fin, de que ahora si se dé un cambio profundo en el concepto de Estado Mexicano. Las decepciones del siglo XXI que comenzaron con Fox cuando dejó ir la oportunidad única de cambiar la historia, que continuaron con Calderón y un Presidente de la generación ’62 que hundió al País en un clima de muerte y terror y, finalmente, de un Presidente con el nivel más bajo de popularidad rodeado de escándalos de corrupción desmedida y descarada nos llevaron a este lugar en donde la reacción democrática y popular fue estridente. Muy estridente y una gran llamada de atención de que el tiempo se agotó y es hora de que efectivamente todos trabajemos por México, conciliando nuestras posturas ideológicas, tolerando nuestras diferencias, aceptando la posibilidad de una oportunidad al cambio.